sábado 16 de octubre de 2021
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Me vinieron a buscar de Independiente

lunes 04 de octubre de 2021 | 6:00hs.
Me vinieron a buscar de Independiente

En un mediodía de septiembre; al regresar de la Escuela 236, me llamó la atención la presencia de un Valiant IV estacionado frente de mi casa.

Dos personas correctamente vestidas hablaban con mi vieja en el patio delantero de la casa.

– ¡Ahí viene! les dijo mi madre.

Yo la noté nerviosa, ni siquiera los invitó a pasar.

– ¡Hola pibe, por vos vinimos!

– ¡Nos dijeron que jugás al fútbol y queremos que juegues en Independiente de Avellaneda!

Uno de los visitantes se llamaba Roberto Albarracín y el otro tenía un apellido raro, pero nos aclaró que era pariente del Chivo Pavoni.

– ¡Somos los buscadores de “nuevos talentos”, y queremos que vayas a Buenos Aires para practicar con las inferiores del club!

– ¡Ya nos contaron que sos un crack, tenés muy buena gambeta y le pegás a la pelota con las dos piernas!

Entre sorprendido y un poco asustado les contesto:

– ¡Jugar juego, pero no puedo decir que soy un crack, hay muchos chicos que juegan mejor que yo!

– ¡Nosotros ya nos informamos, en el club te van a pulir y dentro de cuatro años vas a jugar en primera, con un chico de tu edad, el Bocha Bochini, ¡y la van a romper!

Se metió la Ernestina, que ya había estado en Buenos Aires, y no se encandiló con las luces de colores.

– ¡Mi hijo está en séptimo, es buen alumno y tiene que terminar la escuela!

– ¡No se preocupe doña, ellos se van alojar en el predio que el Club tiene en Villa Domínico, e Independiente se encarga de todo el resto!

– ¡Estamos convencidos que Ramón se va a quedar, pero igual tiene que ir a dar una prueba antes de ser aceptado!

¿Dónde tiene que ir a dar una prueba? les interpeló mi vieja.

– ¡En Buenos Aires, en las canchas de las inferiores, donde trabajan los profes y técnicos!

– ¡Yo no puedo mandar a un chico de doce años solo a Buenos Aires!

– ¡Puede ir un mayor con él para la prueba!

Mi madre no estaba entusiasmada, ni convencida con la propuesta, tampoco le interesaba el beneficio económico de un jugador de fútbol.

Para abonar su hipótesis, les dice a los tipos:

¿Cómo yo voy a confiar en dos personas que no conozco, que dicen representar a un club así porque sí nomás?

El familiar del uruguayo Pavoni le contesta:

– ¡Señora le damos un número de teléfono de Independiente y usted llama para sacarse cualquier duda!

– ¡No, yo no voy hacer una llamada a Buenos Aires porque es muy cara, debe ser como el valor de un mes de mi trabajo!

– ¡Denos entonces un número y le pedimos a la gente que la llame!

– Nosotros no tenemos teléfono, les puedo facilitar el número de Isidro Sotelo, como él es taxista tiene.

– Llamen allí y digan que me avisen, pongan una hora y yo voy a esperar la llamada.

– ¡Chau pibe, acordate lo que te digo, en unos años vas a salir en la tapa de El Gráfico! Y me palmearon la espalda.

Quedaron en eso, mi vieja se calmó, porque iba a tener tiempo para tomar una decisión difícil.

Cuando se fueron los porteños me preguntó si yo quería jugar al fútbol o estudiar.

De paso cañazo agrega:

¿Estos tipos no serán esos que andan secuestrando niños para sacarle la sangre y llevarle al presidente de un país hermano?

Ese rumor circulaba por el pueblo.

– ¡A mí me parecen que estos están ligados al fútbol, parecen conocer el tema que abordaron! agregué.

Dormí muy poco durante la noche, pensaba si era cierto lo que ocurrió, o era solamente un sueño.

Cuando conté lo que pasó en la escuela al día siguiente nadie me creía.

– ¡Debe ser Independiente de la Liga Local, pero vos no tenés edad todavía!

– ¡No le jodés a nadie, la única vez que jugaste “mas o menos” fue con aquella pelota de plástico que ganamos en el Colegio Gentilini, cuando fuimos con la camioneta de Casimiro Tarnowski!

Medio pichado, le contesté al que me cargaba:

¿A vos te vinieron a buscar?

No hablé más del tema y esperaba el desenlace.

Un lunes a la tardecita le avisaron a mi vieja desde lo de Isidro, que llamaron preguntando por ella desde Buenos Aires, y que a las 21 llamarían de nuevo.

Era uno de los tipos que estuvieron en casa.

– Mire doña, le pedimos disculpas, no era a su hijo a quien teníamos que buscar; ¡era otro con el mismo apellido, pero no era él!

Ella se sintió aliviada porque no quería que me fuese.

Yo la entendí, era mi madre.

Pero pensando en los tipos, me dije para adentro:

– ¡Al final cualquiera juega con la ilusión de un niño!

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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