viernes 17 de septiembre de 2021
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Orbius tertius mbaretate

domingo 12 de septiembre de 2021 | 6:00hs.
Orbius tertius mbaretate

Los hermanos profesores, uno jubilado y el otro en vías de serlo (tramitando con indecisa emoción) deciden dejar la rutina de sus departamentos céntricos y alquilar durante veinte días una quinta en Candelaria.

El casco era exactamente igual que como lo ofrecía la agencia por Internet, no mintieron con las fotos, pero lo que les causó verdadera sorpresa (en verdad buscaban encontrarse alguna, y no iban a parar hasta encontrar algo) fue una colección de libros en un breve y elevado estante de incienso.

-Libros de papel- dijo uno de ellos, como diciendo qué antigüedad.

Se empezaron a preguntar si debían revisarla, debatieron subiendo el tono, y tal vez eso era lo que buscaban y no iban a parar hasta hacerlo, una excusa para discutir, te digo que no, te digo que sí, de ninguna manera se puede, un dilema que los sacara o postergara el destino de posar veinte días al sol. ¿Incluiría acaso el alquiler tocar los objetos?

-Yo no lo permitiría

-Yo sí, es más, me ofendería si a los huéspedes la atracción no les condujera nerviosamente a la investigación de mi papelerío.

-¿Investigación?- largó la misma carcajada que a los catorce- eso se llama invasión!- Sabían que al final la decisión iba a ser husmear, curiosear, utilizar todo lo incluido dentro de los límites de la propiedad sin verificar contratos ni obtener permiso. Una biblioteca, dijo uno, es una parte del cuerpo de una casa, indivisible. Pero cuál es el número indispensable para constituir una.

Después de examinar los lomos y los títulos se sentaron a tomar café y se rieron recordando anécdotas de primos de la infancia, retorciéndose de risa, con algunas carcajadas sonoramente fieles a las originales y otras nuevas, adquiridas con el resoplo, la tos y la costumbre a la soledad.

-Se ve que eran leídos, comentó el otro acomodando la horizontalidad de sus lentes.

-Leído, leído, ¿una persona que leyó mucho es un bien leído? Un escritor cuyos libros fueron muy leídos, un best seller. Leído, siguió repitiendo como para sí mismo, una persona, un niño que escucha un cuento en la voz de su abuela, un niño a quien le leen, es leído. ¿Te acordás de nuestra niñera?

-La que nos traducía kirirí cururú como silencio ranas.

Sí! Kirirí cururú  nos decía, no había dos palabras que sonaran mejor juntas: ki-ri-rí-cu-ru-ru

-Pero no había mil palabras que nos hicieran callar. Sarcásticamente le pedíamos que nos diera clases. “La Y gutural, suena en la faringe, solo secundariamente en la boca” repetía.

-Y así casi sonó una vez que vos simulaste tener hipo y agotamos la paciencia de la enseñadora ensoñadora pobre mujer que llorando salió sin volver más-

Las risas se entretejían, los hermanos se mecían de comedia

-Nunca pudimos demostrarle, a pesar de las burlas, todo lo que aprendimos.

-¿El lector precoz se hace más fuerte para afrontar los embates de la vida?

-Uf! Qué se yo- empezó a levantarse lentamente del sillón –Nunca me acostumbré al uso de “leído” en el sentido de interpretado. Ajá, asintió el otro y volvieron, atraídos por el polvo,  alternando empinamientos y puntas de pie, sacándose y poniéndose los lentes, a pispear la colección de libros, cuando vieron casi al mismo tiempo que se colaba en la parte central del anaquel el Breve diccionario del argentino exquisito de Bioy Casares.

-Mirá qué bien cuidado está este.

-Si no recuerdo mal tiene una entrada en la cual dice que “progre” era partidario de China o Rusia -.

Se ríen, se divierten en los disonantes tonos de la risa que equivalen a una empatía. Se entienden sin hablar, sin mirarse. Revisan en la letra P, de padre, de Poe, de pareja, de parque, de ponenda (que sí figura), revisan todo el libro (que no es largo), lo vuelven a mirar detenidamente pero no hay nada. No faltan páginas, no hay errores ni signos de mutilación. -Muy gracioso pero…Progre no está-.

Discuten. -El olvido es así, condición fundamental de la edad-.

¿Edad? Yo todavía no me jubilé- impulsó un hermano generando un silencio incómodo.

¡No! Te juro que estaba en la edición que yo tengo en casa, soy capaz de ir a buscarla.

Le dijo que se fijara en Internet o esperara un poco, que faltaban veinte días para el fin de las vacaciones, volver a su casa y poder sacarse la duda. Pero la intención del otro era seria. Voy y vengo.

Vos no sabes manejar, es de noche y hay autopista.

Eso es mucho mejor, por fin la construyeron.

No, es peor, más velocidad, más carteles más autos, más cemento.  No sabrías ni cómo mirar por el espejo.

¿Querés un whisky? Yo sigo con el café. Hablando de espejos ¿viste el que está al final de la galería? Imperceptible.

-Ah justo en mi edificio quieren poner uno en el ascensor y me niego. No tolero verme, ver el paso del tiempo.

-¡Sería claustrofóbico! Los espejos son para reproducir, como la cópula.

-La cópula no es para eso.

No le dijo vos qué sabés, pero se entendió. Hubo un silencio tenso y calor en las miradas. Tembló un vidrio. Sos la persona más fuerte que conozco, yo jamás podría haber aguantado. Se entendían y adivinaban. Para mantener presente su fortaleza cambió de tema: -Mi verdadera debilidad son los enigmas, y más si tienen que ver con bibliotecas. Voy a llamar a motomandados, le doy mi llave, y que me traiga el libro, no tengo nada que perder, nada de valor para que me robe.

-Ah, tus cosas no te importan ahora. Dijo irónico.

-Son de inmenso valor afectivo para mí, pero de escaso valor para el mensajero, te diría nulo.

-¡Eso no lo sabés! ¿Cómo sabés lo que valora? Además puede robarte todo  sin valorar, manotear por manotear, o llevarse todo por las dudas.

-¡Tengo un motomandados de confianza!- Gritó enmudeciendo al otro, y ya más relajado: -Es un alumno-.

Para calmar las aguas fue al baño, al volver no encontró de entrada a su hermano revisando los libros y casi se atraganta, pero enseguida lo vio afuera, insuflando aire frente a ese espejo ovalado de marco de mimbre.

-¿Y vendría hasta acá?

-Quién

-Tu amigo, el motoquero, el delivery de libros de tu propia casa

-Claro ¿por qué no?

-Digo, por la ruta, es lejos. Hay autopista pero seguimos en el tercer mundo.

Olvidémonos de los libros un rato, relajate y disfrutá la naturaleza, no vayamos a arruinar nuestras vacaciones

-¿Vacaciones? ¡Estas no son vacaciones! Ni siquiera puedo hacer lo que quiero, se me antoja resolver el misterio del Bioy pero me mantenés encarcelado, como siempre. ¿Vacaciones? Pero si estamos a quince minutos de casa-

-¡Esto es un oasis! -Le respondió eufórico- al cual me pregunto para qué viniste.

Meditaron cada uno por su lado como en un duelo, con las manos cruzadas en la espalda, como encarcelados, regulando por la galería de piso de ajedrecistas, por el pasto húmedo de hoja gruesa, por la casa vieja. Yo soñaba tener un jardín florido, pensó uno de ellos, y cada lamento tenía la cara de su hermano el hombre más odiado y querido del lugar. Las lechuzas ya espoleaban cuando uno, el dueño del auto, decide volver antes de tiempo, interrumpir la estadía esa misma noche. El otro obra el impulso de quedarse, y vuelve a tomar el libro de Bioy, examinándolo página por página, lamentándose no haber podido decirle el verdadero motivo del verano juntos, solos, como en los tiempos de veredas, y decretando el defecto cruel de los espejos, que reproducen solo lo que está presente.

Texto inédito. Morales tiene publicado los libros La devedeteca de Babel y Papeles de recienvencido.

Santiago Morales

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