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Canto a la libertad y a la esperanza

miércoles 06 de enero de 2021 | 6:00hs.
Canto a la libertad y a la esperanza

Como inicio del año 2021, quiero evocar un escrito que realicé hace unos años para rendir homenaje a mi ciudad, por su generosa hospitalidad, y a quienes tendieron su mano a tantos hermanos paraguayos exiliados en Posadas, debido a la dictadura de Stroessner.

Escribía: “El río parecía un ancho manto negro que se escurría sigiloso de este a oeste, contribuyendo a no alterar la serenidad del entorno y la quietud de la noche. Solamente se escuchaba el murmullo sutil de la bajante del agua besando las orillas pedregosas, pareciendo al aletear del colibrí. La luna no brillaba, la luna negra no mostraba ningún destello de lucidez como si se hubiera arremangado en su universo para no mostrar un hilo de claridad. Todo el ambiente escenificaba una gran caverna oscura sin principio ni fin y sin estrellas, cuya monotonía solamente alteraba los tenues parpadeos de las lucecitas de las luciérnagas del estío. Por eso, tal vez, el hombre en su laberinto escuchaba el estallido o el retumbo del eco de su corazón en la sien como el martillo golpea al yunque, o como su imaginación le remitía que el remo del remero al hundirse en el agua sonaba a cataclismo. Y es porque el hombre que desesperadamente va en busca de la anhelada libertad sabe muy bien que la negra oscuridad y el silencio de los cementerios son sus aliados. Y sabe también que el sonido salido de una yesca retumbaría como un cañón y su lumbre semejaría al relámpago y, ahí sí, que los esbirros del tirano arrasarían el río con sus potentes lanchas a la caza de la presa que busca escabullirse. Y si por desgracia el perseguido cae en sus garras le esperará la muerte, que es la libertad del alma, o la mazmorra del lóbrego Tacumbú, la cárcel más promiscua y terrorífica de América. Es por eso que el horizonte tan cercano y a la vez tan lejano para el hombre que escapa estando en el medio del río, la pobre luz diseminada de los lánguidos focos de las esquinas posadeñas le parecerá albor de redención, la tierra prometida, el faro de Alejandría de la liberación. Y la canoa salvadora que lo acerca a la orilla de la esperanza, es la misma que lo aleja sin retorno de las luces mortecinas del país de las noches tenebrosas y las siestas engrilladas. Y ese hombre liberado tal vez regresará, alguna vez, cuando haya democracia y libertad manifiesta en su país. Pues solamente los zombis, o los minusválidos cerebrales, o un pueblo resignado soportan el estadio de la esclavitud tranquila, como los sumergidos en la caverna de Platón”.

Así es como don Eligio Arce Miño llegó a Posadas donde ya lo esperaban la esposa y su hijo que semanas antes se adelantaron al destierro. Todos ellos, por tiempo breve, encontraron asilo en el hotel Comercio, solar hospitalario, si los había, donde su propietaria doña Flora Odonne de Farquharson y sus hijas, cual samaritanas, brindaban a estos desarraigados cálida atención que atemperaba la cruel vergüenza del ostracismo obligado.

 Después de unos meses y gradeciendo la cálida atención recibida, los Arce Miño lograron cambiarse a un pequeño departamento ubicado calle la Félix de Azara al lado de la librería del exiliado abogado Caroni, edificio que constaba de dos plantas y en la cual en la alta moraba el también exiliado bioquímico Pedro Plutarco Recalde y su familia, en cuyo frente don Mario otro exiliado paraguayo tenía su carpintería y, previsor, en tiempos de vacas flacas, para engrosar el jornal laboraba de vez en cuando en la fábrica de muebles El Timbó de Renzo Zapelli, ahí nomás a la vuelta de la misma manzana.

Cuentan los que tuvieron que emigrar, que el exilio obligado es de los peores sufrimientos morales del espíritu humano durante el tiempo que dura. Es un desarraigo nunca superado que algunos lo soportan un poco más y otros no tanto, y en la historia de la América Latina muchos hombres tuvieron que elegir ese camino involuntario. Sócrates, sancionado por el senado debió optar entre el destierro o el suicidio y prefirió beber la cicuta. El Dante Alighieri, perseguido por sus ideas políticas huyó de su querida Florencia a la que jamás pudo regresar. Describió como nadie el dolor del destierro y dejó estampadas las famosas frases: “cuán difícil es subir las escaleras de los extraños... Y que horrible es comer de las manos ajenas”.

 En estas circunstancias, Ignacio, el hijo de don Eligio, comenzó a estudiar dactilografía en la Universidad Sarmiento, institución privada que sin ningún tipo de subsidio y a puro coraje fuera creada por el matrimonio formado por don Juan Bordón y doña Teresa Chilabert, pareja que infelizmente vino a refugiarse a la ciudad debido a las habituales persecuciones que sufrían quienes no comulgaban con el pensamiento único, del partido único de los déspotas que gobernaban el Paraguay. La Universidad Sarmiento fue fanal del conocimiento en Misiones, pues por sus aulas pasaron cientos de alumnos, incluidos los del interior, con el propósito de aprender no solo dactilografía, también telegrafía, taquigrafía, teneduría de libros y contabilidad. Ilustraciones estas que abría al que estudiaba, abanico de posibilidades en conseguir trabajo tanto en reparticiones públicas como del sector privado en una provincia alejada del poder central que carecía totalmente de estudios terciarios. Y, por si fuera poco, los Bordón-Chilabert, en afán de ampliar la educación decidieron anexar el designado Instituto Incorporado, estudio de nivel secundario gratuito y laico que agregaba lugares a la insuficiente capacidad receptiva de los colegios, de lo contrario muchachos y muchachas que quisieran estudiar y quedaran sin bancos debían emigrar irremediablemente a otras provincias.

 Y hablando de muchachas, por sus aulas pasó la Negra Villafañe, la reina inolvidable e indiscutible de los estudiantes secundarios, la morena más hermosa que hubo y como dijera Piancho el filósofo positivista de la calle: “En belleza no la igualan, tampoco la superarán”.  

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