jueves 03 de diciembre de 2020
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La colocación de una toalla

domingo 15 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Santiago Morales
La colocación de una toalla

Aquí aseguramos que nuestros huéspedes van a sentirse cómodos, al menos hasta que la crisis nos obligue a cerrar y tengan que ir a buscar comodidad en la abundancia de nuestros vecinos. Todavía tenemos una ventaja: existe cierta simpatía por las cosas más pequeñas, o por la desventaja, que tal vez sea parte de una tendencia general al equilibrio.

Lo cierto es que por más afecto recibido o calidez que brindemos, los gigantes edificios están ahí y nos roban la mayoría de los clientes. No entiendo realmente cómo subsistimos todavía, recibimos tan pocas personas que suelen quedar impresos la mayoría en nuestra memoria. Hay uno a quien más recuerdo, un hombre muy serio, de mirada cansada y andar decaído. Empezó a sorprenderme desde su primer día aquí cuando, siguiendo la política de nuestro servicio, aproveché que había salido y fui a tender sus sábanas, pero no pude hacerlo, la cama ya estaba plana sin una arruga y lo más sorprendente era que sobre ella había algo que a primera impresión parecía un conejo. Al acercarme pude confirmar que indudablemente era un conejo, con sus orejas  y todo, pero completamente hecho de toallas. De toallas del baño ingeniosamente colocadas para engañar a cualquiera. El meticuloso trabajo para lograr una forma tan compleja y tan simpática me dio ganas de sacar una foto. En seguida me conmovió la actitud de aquel hombre que había dedicado un tiempo de su vida a esto. Más allá de la satisfacción que pudiera darle el simple hecho de construir tal figura, tenía que haber un destinatario, una esperanza, tenía que importarle que alguien encontrara ese regalo. Me senté en el borde de la cama, sorprendida. Usualmente recibimos alguna propina, pero casi siempre nos quieren llenar de cosas que ya no les sirven, porque somos personas que no participan de su vida más que en el tiempo transitorio y exacto de un viaje. Nosotras enseguida imaginamos cómo sería la vida de cada huésped de acuerdo a lo que nos piden y lo que nos dan. Estaba un poco aburrida y decidí responderle con alguna modesta creación. Responderle con la misma moneda, sobretodo porque es una tarea barata. Me acordé de la clase de manualidades en la escuela y armé un firulete que pretendía ser un corazón convexo y felpudo. Así empezamos una correspondencia escultural. Él hizo un cisne con las fundas de la almohada, yo le dibujé una sonrisa con jabones y chocolates; él retorció las cortinas hasta lograr la imagen de un abrazo; yo cambié los muebles de lugar, pinté mensajes en el espejo con pintura de labios, le puse focos de distintos colores; él armó increíbles instalaciones con lo que había, cables, zapatos, perchas o papel higiénico. Lamenté que nuestras habitaciones fueran tan vacías y desprovistas de material para nuestro juego. Deseé trabajar en uno de los gigantes del barrio. Somos tres chicas las encargadas de las habitaciones. Él seguramente nos habrá visto a todas, pero no sabía cuál era yo, cuando lo veía pasar actuaba con indiferencia. Tal vez me descubrió pero también se hizo el distraído.  Curiosa por saber si tenía ganas de develar tal misteriosa situación pregunté a mis compañeras si se había acercado a preguntarles algo pero efectivamente no había roto las reglas del juego discreto y a ciegas. Después de varios días llegué a pensar que extendía su estadía en el hotel para proseguir el juego. Charlé con los administradores acerca del huésped ocultando mi relación con él, pregunté hasta cuándo había reservado, de donde venía y todas esas cosas, no me supieron decir nada y se tensionaron. Mis inquietudes habían revelado un error, no se había registrado más que con el nombre Olson, sin otros datos. Y eso era peligroso e ilegal, por lo tanto ese mismo día se iniciaron averiguaciones que terminaron en la decisión de que el ingenioso era un sospechoso. 

Desde una ventana esperé hasta verlo doblar la esquina, me abocó

el impulso de correr, detenerlo y hablar, darle un beso o estrecharle la mano.

Era una escena que habré visto en alguna o varias películas, y por un momento pensé en imitarla, pero enseguida sentí que debía aceptar la realidad, olvidar todo y seguir la rutina diaria de limpieza.

Por el pasillo escuché rumores sobre un huésped acusado de haber manipulado un control sanitario.   Desinfecté la habitación toda la tarde pensando que todo Origami exige manipular el pedazo de tela, manoseo que transgrede el protocolo del aseo; cayendo en cuenta de que la interrupción de nuestro intercambio escultórico, diversión nimia, había provocado en mí un enorme vacío mayor que la psicosis colectiva.

Terminé pensando, mientras fregaba, que el hedor o sabor que nace de la rutina no depende de las profesiones, ni de las esquinas que se doblan cada día, de ninguna repetición ni de lo que uno pueda escribir, amar o tolerar, sino de la agilidad del ojo. La rutina depende de la retina. Reí y barrí mil veces más, aunque nada fuese a quedar limpio para siempre y hubiese que volver a barrer y volver a barrer y volver a barrer. 

Santiago Morales, reciente ganador del primer premio en el concurso de poesía “posadas 150 años” organizado por la Secretaría de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Posadas  

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