Custodiar lo humano: "Magnifica Humanitas", la escuela y la educación digital
La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, surge en un momento histórico atravesado por transformaciones de un ancho, profundidad y velocidad sin precedentes. Vivimos en una época de enorme desarrollo técnico y tecnológico, en medio de conflictos armados persistentes, crisis climática, debilitamiento de las instituciones y pérdida de confianza, cambio de valores y desgaste del cuidado de las personas y los vínculos. Todo esto en el marco de una vida cotidiana cada vez más mediada por lo digital, en la que la inteligencia artificial irrumpió y se instaló como una de las expresiones más significativas del cambio de época: promete ampliar capacidades y acelerar procesos, pero también plantea interrogantes sobre la libertad, el pensamiento, el trabajo, la verdad pública y la vida democrática.
Aquí, el corazón de la reflexión de León XIV, quien reconoce la magnitud de estas transformaciones, pero centra su reflexión en las condiciones culturales, éticas, políticas y educativas necesarias para orientar ese poder hacia la dignidad humana y el bien común. Las tecnologías no solo son herramientas: configuran formas de pensar, vincularnos y construir realidad. Por eso, la pregunta central es qué tipo de humanidad se está gestando. Así como León XIII abordó la revolución industrial desde la dignidad del trabajo, León XIV mira la revolución digital desde la centralidad de la persona, ampliando los escenarios tradicionales para alcanzar dimensiones inéditas vinculadas a los datos privados -singulares y de masas-, huellas digitales, algoritmos, plataformas digitales, redes sociales, y su influencia en la construcción de identidades, posicionamientos, intereses, toma de decisiones y proyectos de vida.
Para pensar este tiempo, propone dos imágenes: Babel, que simboliza la uniformidad y la pretensión de control total, y Jerusalén, que expresa reconstrucción colectiva y responsabilidad compartida. En esa tensión, la escuela y la educación digital, en el zoom que proponemos en este sencillo artículo, ocupan un lugar clave.
La dignidad humana como criterio. El núcleo del documento es la dignidad de la persona, anterior a su productividad, su utilidad y cualquier tipo de medición. Esa afirmación cobra fuerza singular en un contexto que tiende a convertir la vida en dato, la presencia en visibilidad, la comunicación en impacto y el aprendizaje en respuesta eficiente. Los principios que León XIV recupera en Magnifica Humanitas dialogan con la perspectiva de la Educación Digital que consideramos urgente en estos tiempos, aquella que debe desplegarse en los ambientes donde niñas, niños y adolescentes pasan su tiempo, aprenden y se desarrollan. Así, cobra fuerza el latido de la Doctrina Social, la que procura que la innovación mejore efectivamente la vida de todos, que la corresponsabilidad -como deber- se haga efectiva en la participación activa de escuelas, universidades, familias e instituciones públicas, y que la justicia social y la equidad fuerce a mirar con atención especial a quienes quedan más expuestos a riesgo, vigilados, manipulados o condicionados por sistemas opacos.
En este punto, el texto de León converge con una convicción fundamental de la educación digital: la respuesta educativa no puede reducirse a la prohibición o regulación del uso de dispositivos digitales ni a la enseñanza de habilidades técnicas; lo que debe ponerse en juego es la formación de personas capaces de comprender las lógicas que operan detrás de las tecnologías e interpretar sus impactos para aprender a habitar los entornos digitales con libertad, responsabilidad y conciencia crítica.
Verdad y libertad: las tensiones de fondo. Uno de los pasajes más exigentes del documento se detiene en la verdad, allí donde la cultura digital deja ver una de sus tensiones más profundas. La velocidad con la que circulan los contenidos, la mezcla casi indivisible entre hechos y opiniones, la producción de narrativas sesgadas, el sesgo de confirmación y la amplificación algorítmica de aquello que genera reacciones emocionales inmediatas configuran un escenario donde la Verdad -así, con mayúscula- queda amenazada de muerte.
El punto es que la verdad -como figura de lo real- es un concepto fundamental, no en el campo de la Filosofía, sino en la calle, allí donde andamos las personas comunes. Porque es esa verdad en la que una comunidad se reconoce en los hechos compartidos, se alimenta la confianza y se afirma la convivencia. Una profunda preocupación de León XIV se ubica en este plano: poco a poco, se está perdiendo la capacidad de construir sentido y, sobre todo, que este norte tenga un carácter colectivo.
Es la escuela -sí, nuevamente- la institución que toma en este nudo una relevancia singular. En una época que acelera los intercambios y multiplica los estímulos, conserva la posibilidad de ofrecer algo cada vez más escaso: tiempo para detenerse. Tiempo para leer más allá de un título, para sostener una pregunta cuando la respuesta inmediata parece estar al alcance de la mano, para relacionar ideas, confrontar perspectivas y descubrir que el conocimiento se construye en un diálogo permanente con los otros y con la realidad, aquella que vive más allá de cualquier pantalla.
La escuela como bastión de lo humano. La preocupación que atraviesa Magnifica Humanitas es la misma que hoy recorre muchas conversaciones educativas. ¿Cómo acompañar a las nuevas generaciones en un mundo que cambia a una velocidad inédita sin perder aquello que nos vuelve profundamente humanos? La encíclica vuelve una y otra vez sobre esta pregunta, y encuentra algunas puntas para responder en la necesidad de hacer la pausa, andar más lento, escuchar con atención, dialogar, debatir y generar acuerdos. La escuela es quizás la última institución de alcance universal -todos pasan por allí- que se anima a tanto, aquella que se sostiene como bastión de lo humano.
La imagen de Jerusalén que recupera León XIV nos resulta muy oportuna para cerrar esta reflexión: la ciudad se reconstruye cuando cada familia asume una parte de la tarea común: la vida compartida se sostiene gracias a una responsabilidad distribuida que une esfuerzos distintos detrás de un mismo horizonte. Algo semejante ocurre con la educación y, en particular, con la educación digital como los autores de esta reflexión la conciben: no se trata de ir en contra de la tecnología, ni de operar a través del temor que generan los riesgos a los que están expuestos niñas, niños y adolescentes de estos tiempos, reaccionando de forma automática con espasmos prohibitivos de distinto calibre.
Lo que verdaderamente nos desafía es educar para que las personas aprendamos a cuidar aquello que tiene valor y construir una sociedad en la que el desarrollo técnico vaya a favor de las personas, y no en contra. Familias, docentes e instituciones, conscientes y comprometidos, participando de la construcción del mundo que queremos dejar, porque la salida, siempre, es colectiva.
Dr. Lucas Raspall
Dr. Carlos Vigo