2026-06-07

La mentira como arma

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Hoy se recuerda el Día del Periodista en Argentina, pero hay muy poco que celebrar. Como nunca antes en la historia reciente, el periodismo es blanco de un ataque sostenido de parte del poder, en este caso, encarnado por el gobierno nacional.

La punta de lanza es el presidente de la Nación, Javier Milei, que embiste diariamente desde sus redes sociales y en cuanto atril se le ofrece, con descalificaciones falaces, en la mayor parte de las veces, a lo que él llama “el 95 por ciento de los periodistas”.

Le sigue en la misma sintonía parte del gabinete y el obediente y sumiso ejército de troll que repite los agravios seguido de la consigna No odiamos lo suficiente a los periodistas.

Desde gran parte de la prensa no se le dio la relevancia adecuada a la situación de por sí. Con las explicaciones complacientes de que es parte del folklore o el gobierno se inventa un enemigo -en la prensa- porque no tiene oposición.

Sin embargo, esto es un error, y grave. No porque el periodismo no tenga espaldas para soportar los agravios, sino por lo que significa este ataque en continuado y el objetivo que persigue: deslegitimar a un sector clave del sistema democrático, con el fin último de dinamitar a la misma democracia.

Esta afirmación no es azarosa ni antojadiza.

Un estudio de Törnberg y Chueri, publicado en The International Journal of Press/Politics, analizó 32 millones de tuits de funcionarios políticos en 26 países durante los últimos seis años. La conclusión es precisa y no deja margen para grises ni disculpas autocomplacientes.

El objetivo es la destrucción planificada de los medios periodísticos (que son los guardianes de la información correcta, de la búsqueda de la verdad por su misma naturaleza) para instrumentar finalmente el reino de la mentira.

“Si la prensa miente (si la gente cree finalmente que la prensa miente), cualquier hecho incómodo puede ser descartado como fabricación del enemigo. La desinformación no es el ruido, es su arquitectura”, escribió esta semana sobre las conclusiones de este estudio Lara Goyburú, consultora y experta en Ciencias Políticas de la UBA.

“El mecanismo funciona en tres pasos que se retroalimentan. Primero, se construyen ecosistemas mediáticos alternativos: plataformas, canales y cuentas que producen contenido sin las restricciones del periodismo convencional. Segundo, se ataca sistemáticamente la credibilidad de los medios establecidos, acusándolos de estar cooptados por élites o por intereses contrarios al pueblo. Tercero, se difunden narrativas que solo resultan verosímiles si se acepta que los medios mienten; el suelo fue preparado para recibirlas”, dice la experta.

El estudio demuestra que la metodología de ataque se repite en democracias muy distintas: Suecia, Australia, Polonia y Estados Unidos. Lo que confirma que no es una genialidad comunicativa creada en el laboratorio de El Mago del Kremlin, sino un diseño de comunicación política exportable que tiene como único objetivo la deslegitimación.

Y como ya se sabe la desinformación no funciona porque convence a todos, sino porque consolida, fanatiza por usar un término más apropiado, a los propios, al núcleo duro, a la incubadora de termos, por usar un término de redes sociales.

Nada de esto significa que el periodismo esté exento de responsabilidades. La crisis de credibilidad que atraviesa al sector es real. Pero una sociedad puede sobrevivir a periodistas malos, mediocres o sesgados. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la destrucción deliberada de los mecanismos que permiten distinguir entre un hecho y una ficción o fake news.

La discusión de fondo no es entonces la simpatía o la antipatía que pueda despertar un medio. Lo que está en juego es algo más elemental: la existencia de un terreno común donde los desacuerdos puedan discutirse/debatirse en espacios compartidos.

Cuando la mentira deja de ser un recurso ocasional para transformarse en método y arma, la víctima no es sólo el periodismo. Lo que se erosiona es la verdad, fundamento esencial de las instituciones y, por extensión, de la democracia.

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