Un canto a la libertad
El río parecía un ancho manto negro que se escurría sigiloso de este a oeste, contribuyendo a no alterar la serenidad del entorno y la quietud de la noche. Solamente se escuchaba el murmullo sutil de la bajante del agua besando las orillas pedregosas, pareciendo al aletear del colibrí. La luna no brillaba, la luna negra no mostraba ningún destello de lucidez como si se hubiera arremangado en su universo para no mostrar un hilo de claridad. Todo el ambiente escenificaba una gran caverna oscura sin principio ni fin y sin estrellas, cuya monotonía solamente alteraba los tenues parpadeos de las lucecitas de las luciérnagas del estío. Por eso, tal vez, el hombre en su laberinto escuchaba el estallido o el retumbo del eco de su corazón en la sien como el martillo golpea al yunque, o como su imaginación le remitía que los remos del remero al hundirse en el agua, sonaba a cataclismos. Y es porque el hombre que va. Desesperadamente, en busca de la anhelada libertad sabe muy bien que la negra oscuridad y el silencio de los cementerios son sus aliados. Y sabe también que el sonido salido de una yesca retumbaría como un cañón y su lumbre semejaría al relámpago, y ahí sí que los esbirros del tirano arrasarían el río con sus potentes lanchas a la caza de la presa que busca escabullirse. Y si por desgracia el perseguido cae en sus garras le esperará la muerte, que es la libertad del alma, o la mazmorra del lóbrego Tacumbú, la cárcel más promiscua y terrorífica de América.
Es por eso que el horizonte tan cercano y a la vez tan lejano para el hombre que escapa estando en el medio del río, las pobres luces diseminadas de los lánguidos focos de las esquinas posadeñas, le parecerá albor de redención, la tierra prometida, el faro de Alejandría de la liberación. Y la canoa salvadora que lo acerca a la orilla de la esperanza, es la misma que lo aleja sin retorno de las luces mortecinas del país de las noches tenebrosas y las siestas engrilladas. Y ese hombre liberado tal vez regresará, alguna vez, cuando haya democracia y libertad manifiesta en su país. Pues solamente los zombis, o los minusválidos cerebrales, o un pueblo resignado soportan el estadio de la esclavitud tranquila, como los sumergidos en la caverna de Platón.
Así es como don Eligio Arce Miño llegó a Posadas donde ya lo esperaban la esposa y su hijo que semanas antes se adelantaron al destierro. Todos ellos por tiempo breve encontraron asilo en el hotel Comercio, solar hospitalario si los había, donde su propietaria doña Flora Odonne de Farquharson y sus hijas, cual samaritanas, brindaban a estos desarraigados cálida atención que atemperaba la cruel vergüenza del ostracismo obligado.
Después de unos meses y agradeciendo la cálida atención recibida, los Arce Miño lograron cambiarse al pequeño departamento ubicado al fondo de un pasillo sobre calle Félix de Azara al lado de la librería del exiliado abogado Caroni, edificio que constaba de dos plantas y en la cual en la planta alta moraba el también exiliado bioquímico Pedro Plutarco Recalde y su familia, en cuyo frente, don Mario, otro exiliado paraguayo tenía su carpintería y, previsor, en tiempos de vacas flacas para engrosar el jornal laboraba de vez en cuando en la fábrica de muebles “El Timbó” de Renzo Zapelli, ahí nomás a la vuelta de la misma manzana.
Don Eligio, en su Coronel Bogado natal, atendía el botiquín farmacéutico de su propiedad, regenteado por sus conocimientos aprendidos en los primeros tramos de la carrera de farmacia que cursara y tuvo que abandonar por falta de medios. Esa idoneidad le permitió trabajar por un tiempo en la farmacia de Don Aurelio Vicario, pero debido a la severa artrosis de caderas que se agarró en los años de cautiverio en las frías cárceles del Paraguay, no podía mantenerse mucho tiempo parado y tuvo que renunciar. Anduvo de aquí para allá buscando conchabo para ganarse algún salario, hasta que un buen día entró a comprar algunas vituallas en la despensa San Martín, justo en el momento en que un marchante entró portando cajas de jabón para la venta, por lo cual don Juan Garmendia, uno de los propietarios, pagó al contado.
¡Albricias! se dijo a sí mismo Eligio cuando el jabonero recibió el pago. -si yo sé fabricar todo tipo de lejías artesanales y de potasa.
Ahí nomás le encaró a don Juan y le propuso venderle la cantidad que quisiera, lo cual éste aceptó gustoso con la condición que el producto fuera bueno. Unos días después Eligio estaba elaborando jabones de distintos tamaños y colores en el fondo del pasillo mediante el método de procesar en frío. Y en su desgracia, agradecía a Dios por esta oportunidad que le permitía ganarse el sustento con el sudor de la frente, como mandaba el Creador en Génesis 3.
Cuentan los que tuvieron que emigrar que el exilio obligado es de los peores sufrimientos morales del espíritu humano durante el tiempo que dura. Es un desarraigo nunca superado que algunos lo soportan un poco más y otros no tanto, y en la historia de la América Latina muchos hombres tuvieron que elegir ese camino involuntario. Sócrates, sancionado por el senado debió optar entre el destierro o el suicidio y prefirió beber la cicuta. El Dante Alighieri, perseguido por sus ideas políticas huyó de su querida Florencia a la que jamás pudo regresar. Describió como nadie el dolor del destierro y dejó estampadas las famosas frases: “cuán difícil es subir las escaleras de los extraños... Y qué horrible es comer de las manos ajenas”.