2026-05-17

Milei y la caja de herramientas de los que pierden el apoyo popular

Hay una tradición en la política argentina que es tan vieja como el peronismo o el radicalismo y tan nueva como los libertarios. Consiste en explicar las propias dificultades políticas como el resultado de una megaconspiración mediática maligna.

Esta semana, Javier Milei la revivió con una afirmación que hubiera podido salir perfectamente de un discurso de Cristina Fernández de Kirchner durante sus peleas con el Grupo Clarín, cuando hablaba de “maniobras destituyentes” por parte del “partido de los medios”. Era el 2013, Cristina pasaba por entonces el peor momento desde su llegada a la casa Rosada y el fantasma de la derrota electoral en 2015 estaba a la vista.

Lo mismo cuando en 2023, desde el Salón Azul del Senado de la Nación, durante un acto de homenaje a las Abuelas de Plaza de Mayo, afirmó que “hoy hay otras formas más solapadas y más sutiles de clausurar los sueños de aquellos que piensan que un país y un mundo diferente puede ser posible. Lo clausuran bajo formas mucho más sutiles, ya no son tanques, por ahí pasan en los Tribunales.” Y agregó: “Esa complicidad de los medios de comunicación no ha cambiado.” En ese entonces, el gobierno de Alberto Fernández ya iba camino al fracaso.

O de Fernando De la Rúa, cuando apuntó a las caricaturizaciones de Marcelo Tinelli como el inicio de los problemas de imagen de su gobierno. En diálogo con Radio Mitre en diciembre de 2003, el expresidente había afirmado que después de un recordado furcio de salida en un programa de Tinelli “empezó la crisis de mi gobierno”, y sostuvo que el programa Videomatch “fue decisivo en la desestabilización de mi gobierno, pero no exclusivo”.

No son ni cerca del mismo partido ni tampoco del mismo signo ideológico. Pero los tres sacan la misma estrategia de la misma caja de herramientas retóricas. Explicar como producto de un complot, y no de malas decisiones de un gobierno, el inicio de la caída del apoyo social a una gestión.

Este jueves 14 de mayo, en una entrevista en el canal de streaming Neura, el presidente afirmó que “los medios jugaron en contra del programa económico y también cargaron la calle con malas intenciones. Hubo claramente un intento de golpe de Estado”.

La acusación llega en el momento preciso en que su gobierno acumula un jefe de Gabinete bajo investigación judicial, una indagatoria pedida en la causa $Libra que lo alcanza a él mismo y a su hermana, escándalos en la Agencia Nacional de Discapacidad y encuestas que lo ubican en el piso histórico del 35% de aprobación. Todo eso llenando pantallas de medios digitales, redes sociales y programas de televisión a toda hora.

Así, decir que los medios intentaron un golpe le funciona como una especie de escudo retórico para responder con agresión lo que no puede contestar con pruebas convincentes ante la opinión pública.

La acusación tiene un fundamento histórico: los medios argentinos no son inocentes en la historia del país. La complicidad de una parte ínfima de la prensa de los setenta con la dictadura del 76, el silencio ante el terrorismo de Estado, el uso del poder mediático para condicionar gobiernos: todo eso existe en el registro histórico de Argentina.

Pero una cosa es la historia y otra el presente. Lo que Milei llama “golpe” fue la cobertura de una aceleración inflacionaria real, de un escándalo de criptomonedas con pruebas periciales y de investigaciones judiciales a sus propios funcionarios, a los que no les cierra el relato. Que esa cobertura haya coincidido con el aumento de la desaprobación no prueba conspiración: prueba que cuando la realidad es mala, informarla tiene consecuencias. Eso es la democracia funcionando.

Lo más revelador no es lo que Milei dijo, sino el ecosistema desde el que lo construyó. Un informe reciente de la consultora AdHoc, publicado por Letra P, documenta el mundo informativo en el que vive el presidente. En los primeros 12 días de mayo pasó al menos 1948 minutos en Twitter, compartió 2144 posteos y el 30% eran mensajes en los que él mismo aparecía mencionado de forma positiva.

Los analistas digitales lo llaman el “algoritmo de Yrigoyen”: un sistema en el que el líder termina consumiendo información producida por su propio círculo como si fuera la voz de toda la sociedad. “Milei actúa como un replicador, no como un emisor original. Es un circuito cerrado”, señala el informe. Un presidente que vive en esa burbuja, donde el 34% de aprobación se amplifica como si fuera el 100%, termina creyendo que los medios críticos fabrican la realidad. Y desde ahí diagnostica golpes donde hay periodismo.

Gobernar desde esa burbuja tiene consecuencias prácticas. Quien cree que sus problemas los generan los medios no los resuelve, sólo los explica. En Argentina lo sabemos bien, porque los presidentes que más acusaron a la prensa de querer voltearlos fueron, invariablemente, los que menos se esforzaron por entender por qué la gente los estaba dejando de apoyar.

Te puede interesar