2026-04-26

Estrechos

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Cuando el presidente de Estados Unidos decidió bombardear Irán en la madrugada del 28 de febrero pasado, dudo que supiera de la existencia del estrecho de Ormuz y de su relevancia para la economía mundial. Allá fue, pese a todo, impetuoso, decidido, temerario, corajudo. E irresponsable, muy irresponsable. Estrecho.

Cuando Fernando de Magallanes emprendió el viaje para hallar una conexión marítima con Asia por el oriente, desconocía todo, pero se aventuró. Encontró el ansiado paso, pero se cebó, quiso conquistar territorios, audaz, y terminó muerto en batalla. El estrecho llevará su nombre, pero la gloria fue para otros. Estrecho.

Días atrás, el jefe del Servicio de Hidrografía Naval de la Armada Argentina se metió en una polémica con Chile por la soberanía de la boca de ese estrecho de Magallanes. Si hay un reclamo territorial, lo correcto es que se canalice a través de Cancillería, pero a él no le importó. Allí fue, resuelto, y en un podcast dijo lo suyo. Estrecho.

Nada sabían los asiáticos de hace unos 15.000 años sobre el nuevo continente que acabarían por poblar allende ese mar congelado que hoy conocemos como el estrecho de Bering. Allá fueron, quizá por inercia, y se transformaron en la principal corriente migratoria (si no la única) en la América prehispánica. Y hay quienes siguen diciendo que la descubrió Colón. Estrechos.

Defender una idea, sostener las convicciones es algo bueno, pero si la evidencia te demuestra lo contrario y te negás a aceptarlo, alguno lo caracterizará como rigidez cognitiva. Serás un dogmático o incluso un negacionista. Y aquellos que son como vos son estrechos.

Supongamos que yo me creo que lo mejor es dejar libre a la economía -y le pongo “a” porque, en este caso, la considero un ente con vida propia-. Supongamos que estoy seguro de que si las empresas pueden crecer sin restricciones, todo irá mejor. Que la abundancia de los ricos redundará en el bienestar para todos. Y allá me lanzo, impetuoso, decidido, sin dudar, porque dudar es de débiles. Estrecho, sin dudas. Hasta que la realidad me pone en mi lugar. O al menos debería.

Ya por 2008, Gaviola y Anchorena mostraban que el llamado derrame económico, que postula “redistribuir el ingreso a favor de los grupos sociales con mayor propensión al ahorro, esto es, los sectores de mayores ingresos sobre la base de su capacidad de ahorrar e invertir, y, consecuentemente aumentar el ingreso nacional y generar mayor empleo”, no sólo no consigue su objetivo, sino que resulta contraproducente, puesto que tiene “un efecto regresivo sobre la distribución del ingreso de los asalariados no sólo en el corto plazo, sino en el mediano o largo plazo”, con lo cual “las desigualdades se acrecientan en lugar de reducirse”.

Lo dicen los keynesianos, pero también lo advirtió Adam Smith, de quien nuestro presidente dijo ser descendiente: “El interés de los empresarios en cualquier rama concreta del comercio o la industria es siempre en algunos aspectos diferente del interés común, y a veces su opuesto. El interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado pero estrechar la competencia”. Estrechar, ese verbo que a veces es sinónimo de abrazar, aquí aprieta y ahoga, porque si el mercado fuese un dios, sería uno bastante injusto.

Pero supongamos que yo no les creo a ellos ni a otros que dicen algo parecido y sigo sosteniendo que si los de arriba tienen más, los de abajo tienen menos (porque, claro, los que se benefician son los poderosos, pero siempre encuentran a desposeídos que los defiendan). La hipótesis se cae a pedazos en los papeles, pero también en los hechos. Y yo me niego a concederles la razón. ¿Qué soy? Estrecho.

Cuando los de abajo mejoran su poder adquisitivo, los de arriba ganan más, aunque de una manera más razonable. Esto lo sabía hasta Henry Ford. El dinero no se derrama, el dinero circula y sube. Para no ser estrechos de mente es necesario aceptarlo.

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