2026-04-05

Recibe ayuda y cuenta con una referente del PAE

“En el hogar aprendí lo que es el amor, la empatía y la misericordia”

Edith Núñez (21) entró al hogar Betesda a los 15 por conflictos familiares y vivió allí tres años. Hoy estudia, trabaja y avanza hacia su independencia

A los 15 años, Edith Núñez (21) llegó al Hogar de Niñas Betesda de Posadas -perteneciente a la Fundación Reto a la Vida- en medio de una situación familiar atravesada por la violencia y el dolor. Lo que comenzó como un lugar desconocido, lleno de miedos y resistencia, con el tiempo se convirtió en un espacio clave para reconstruirse. Entre normas, vínculos nuevos y un proceso interno profundo, fue encontrando herramientas para salir adelante. Hoy, ya fuera del hogar, combina estudio y trabajo mientras avanza en su camino con el acompañamiento del Programa de Acompañamiento al Egreso (PAE), que le brinda sostén y orientación en esta etapa.

“Ingresé al Hogar de Niñas Betesda cuando tenía 15 años en el 2020 por problemas familiares; prácticamente me criaba sola, aunque vivíamos todos en una misma casa donde había mucho maltrato y abusos. Un día me escapé, hice una denuncia y pedí no volver más, y ahí una tía mía se hace cargo de mí por seis meses”.

Como su papá le generaba problemas a su tía, pidió en una audiencia ser trasladada a un lugar lejos, donde no conociera a nadie. A partir de eso, el juzgado la vinculó con la Fundación Reto con la intención de internarla en un centro de rehabilitación, pero como no tenía ningún tipo de adicción fue derivada al hogar, adonde llegó y continuó con sus estudios, ya que se encontraba en el tramo final del secundario.

“Empecé cuarto año estando en el hogar, pero me costaba mucho porque estaba muy depresiva, no quería vivir y me dolía levantarme con personas que no conocía. Igual iba al colegio, nos levantábamos temprano y cumplíamos normas, como asistir al devocional, hacer las tareas y mantener el orden; después seguí cursando cuarto año”, contó la joven sobre su llegada al nuevo espacio.

Al año siguiente decidió dejar el colegio por un tiempo para enfocarse en sí misma y trabajar cuestiones personales que sentía que podían afectar a otros. Después retomó sus estudios y continuó en el hogar, donde permaneció tres años hasta cumplir los 18 y egresar. Ese tiempo sin cursar le permitió crecer y cambiar su manera de pensar, aunque la adaptación al lugar fue difícil. También señaló que nunca estuvo en proceso de adopción, ya que era algo que no quería.

En ese momento, Edith no creía en Dios, aunque reconocía su existencia, ya que las situaciones de abuso que había atravesado la llevaron a sentir que nunca había estado presente en su vida. Sus amigas le insistían en que orara y lo buscara, pero no les hacía caso. Al llegar al espacio decidió quedarse el tiempo necesario, aunque sin intención de tener un encuentro con Dios.

Sin embargo, sentía un vacío que intentaba llenar con personas o cosas externas, sin lograrlo, y se percibía sin esperanza. A partir de escuchar los testimonios de otras personas que habían pasado por situaciones similares y que hablaban de un cambio en sus vidas, comenzó a replantearse esa idea y a abrirse a la posibilidad de un cambio.

“Entonces le dije a Dios, ‘si vos existís, cambiá mi corazón y hazme una nueva persona, una nueva criatura’, algo así. Desde ahí hubo un cambio. Esa depresión que tenía se fue y pude aprender en el hogar lo que es el amor, la empatía, la gracia y la misericordia que no había recibido, no un amor egoísta, sino un amor que es amar a pesar de”, sostuvo la joven.

Y agregó: “Me costó un año entender eso en el hogar. Cuando llegué me sentía sucia por las situaciones que habían pasado, defraudada, como un estorbo para mi familia porque no iban a verme; me levantaba con personas que no conocía y sólo quería estar tirada en la cama, llorar, no hacer nada. Quería morir, no quería vivir”.

Dentro del hogar, el proceso no fue sencillo en lo vincular. Le resultaba difícil relacionarse porque era muy cerrada, no expresaba lo que le pasaba y tenía episodios de ira que la llevaban a actuar por impulso; incluso reconoció que “quería golpear, pegar, insultar y hacer sentir mal a los demás”, conductas que también se repetían con las responsables del lugar.

Egreso

Al salir de Betesda, Edith atravesó ese momento con mucho miedo, ante la idea de quedar sola y sin alguien que la acompañara o comprendiera. Sin embargo, ya desde los 17 tenía claro que no iba a quedarse allí, porque quería estudiar, recibirse y experimentar la vida independiente. En ese proceso, el juzgado la vinculó con el programa PAE, un dispositivo de acompañamiento que incluye el apoyo de una referente que cumple un rol similar al de una tutora.

“Empecé a tener contacto con mi referente antes de salir del hogar, meses antes. La conocí en 2022 y en 2023 salí. Para mí, su rol fue estar siempre presente y disponible, acompañando y sosteniendo el vínculo, incluso en momentos en los que ya podía manejarme de forma independiente”.

La referente continúa acompañándola hasta la actualidad, con presencia tanto en momentos difíciles como en los más estables, manteniendo el vínculo y estando disponible según lo que necesite. Hoy tiene 21 años y explicó que el programa la acompaña hasta esa edad en caso de no estudiar, o bien hasta los 25 si continúa con su formación.

Para sostener ese acompañamiento, debe cumplir con ciertos requisitos, como rendir cuentas mensualmente sobre el uso del dinero que recibe y presentar dos veces al año un certificado de alumno regular que acredite que sigue estudiando.

En 2023 terminó el quinto año y completó la secundaria; al año siguiente realizó un curso de peluquería. Luego se incorporó al Ejército y permaneció un tiempo en Buenos Aires, siempre con el acompañamiento de su referente. Más adelante dejó esa experiencia y regresó a Posadas, donde actualmente cursa el primer año de la carrera de acompañante terapéutico. Además, combina el estudio con el trabajo como niñera.

“Mi proyecto de vida es poder recibirme, tener mi título, superarme a mí misma y llegar a personas que no conocen la fe y el amor de Dios. Hoy no tengo contacto con mis progenitores, sólo muy poco con mi papá y nada con mi mamá. En lo personal, creo que estos programas dependen de cómo uno los aprovecha, pero a mí me ayudaron mucho: salí del hogar a los 18 sin nada en mano, sólo con la fe, sin trabajo ni estabilidad, y de a poco fui viendo cómo se me fue dando todo”, expresó.

Por último, contó que hoy vive sola, en alquiler, y que logró tener todo lo necesario para su casa con esfuerzo y ayuda de otras personas. También destacó que ese acompañamiento fue clave en su proceso y que este tipo de programas resultan necesarios para quienes egresan de un hogar sin respaldo familiar, ya que muchas veces deben atravesar esa etapa en soledad y con dificultades económicas.

“Sinceramente estoy muy agradecida de haber llegado al hogar, porque creo que si no hubiese llegado ahí estaría muerta o perdida en las drogas, o con otro tipo de vida distinta a la que llevo hoy. Estoy muy agradecida, porque hacen una obra que hoy en día ya no se ve; mucha gente se maneja por plata o beneficio propio y ahí me enseñaron a manejarme por amor; no un amor humano, sino por amor a Dios, dar esperanza y mostrar que hay algo más”, cerró Edith.

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