2026-03-29

El guaraní y la city VIII: hijos de hombres mentirosos y buenas mujeres

Por Estefanía Baranger
Lic. en Letras, doctoranda en Lingüística y docente (UBA)

Carrie Bradshaw irrumpe en la charla de sus amigas al grito de ‘¡Big se muda a París!’, una escena terriblemente verosímil. ¿Cuántas veces hemos sido esa insufrible amiga monotemática, incapaz de hablar de otra cosa que no sea el candidato de turno? Lo que me interesa puntualmente es esto: solo conocemos el nombre de pila del principal interés amoroso de la protagonista de Sex and the city en el último capítulo de la serie; durante seis temporadas jamás es referido más que con ese apodo: el Sr. Grande. ¿Y no es acaso lo que solemos hacer con los intereses amorosos de nuestras amistades? Con el consumo compulsivo de seres humanos que caracteriza al amor en los tiempos de OkCupid, yo me encuentro más frecuentemente preguntando cómo te fue con Córdoba, el trosko o la colo, que cómo te fue con Mauro, Gustavo o Agustina. Porque, en el fondo, los seres humanos tenemos cierta debilidad por meter el mundo en cajitas.

Al respecto, el lingüista alemán Johannes Helmbrecht nos cuenta que, si bien la función principal de los nombres propios es referencial —es decir, hacer referencia a un ser humano específico—, estos, al igual que los sobrenombres, también pueden tener una función clasificatoria, expresando una característica saliente del individuo que nombran. Con esto en mente, hace unos años mi colega Maxime Marasse encontró en el Archivo General de la Provincia de Corrientes unos censos de principios del siglo XIX —anteriores al primer censo nacional de 1869— donde figuran más de mil apellidos guaraníes, en los que aún trabajamos junto a él y Verónica Gómez. El tema es que muchos de estos antropónimos parecen tener una función descriptiva: entre los censados encontramos, por ejemplo, a un tal Cayetano Abayapu —cuyo apellido se compone de la raíz ava ‘hombre’ y el verbo japu ‘mentir’—, y a una tal Ana María Cuñangatu —de kuña ‘mujer’ y ngatu ‘buena’—. Y es que esto de los nombres, los guaraníes se lo toman en serio. Parafraseando al etnólogo alemán Curt Nimuendaju: el guaraní no se llama así o asá, sino que es tal o cual cosa. Tal vez por eso, Curt, nacido bajo el apellido Unckel, al mejor estilo guaraní, no le concede tanta importancia a su nombre cristiano y adopta Nimuendaju —literalmente, ‘el que construye su propia morada’—, nombre que le fue dado por los Apapokúva, con quienes convivió durante dos largos años.

Ahora bien, no es lo mismo hablar de nombres de pila o de sobrenombres que de apellidos: Abayapu y Cuñangatu, en nuestros proto-censos correntinos, nada nos dicen de las aptitudes morales de Cayetano ni de Ana María; apenas remiten a hombres mentirosos y buenas mujeres en algún punto de sus linajes. Similar es lo que ocurre con el apellido Smith en inglés, que designa en sus orígenes una profesión (actualmente blacksmith, ‘herrero’): un sistema de clasificación que aún está vigente cuando agendamos profesionales del hogar en nuestros teléfonos —pensemos que John Smith, en estos términos, no se aleja tanto de Tito Herrero o Martín Plomero—. El tema es que, cuando estos nombres, que en principio describían algún aspecto del individuo, comienzan a heredarse siguiendo el linaje paterno, ya nos dicen poco sobre el nombrado, porque en casa de herrero, así como hay cuchillos de palo, hay hijos y nietos que se rehúsan a seguir el oficio familiar; no obstante, no les queda otra que llevar el apellido Smith.

Actualmente, los guaraníes en nuestra provincia llevan nombres y apellidos occidentales y un segundo nombre —el verdadero— en la lengua indígena. Un claro ejemplo de esta configuración es nada más ni nada menos que Andrés Guacurarí Artigas, donde guasu, además de ‘grande’, es también ‘venado’, y rari, ‘arisco’; pero, por esto de que se escribía con ç, acabamos diciendo guacu y no guasu. Y algo parecido —pero tampoco tanto— hacen los rusos, quienes, además de nombre y apellido, llevan obligatoriamente un patronímico en el medio: Trotsky, por ejemplo, nace bajo el nombre Lev Davidovich Bronstein, donde Davidovich significa ‘hijo de David’. Nuestro querido Lev toma prestado el apellido por el que lo conocemos de uno de sus carceleros al escapar de una prisión en Odesa. Y la historia no termina ahí. Quien tiene el récord de intentos de homicidio organizados contra este último es África de las Heras, espía de la KGB, que supo hacerse llamar María Luisa en Uruguay y María de la Sierra en México. Fue ella quien se hizo íntima de Caridad Mercader, madre de Ramón Mercader, quien finalmente le clava un piolet a Trotsky en la cabeza en el 40. ¿Mi punto? Así como los Smith, los Mercader también terminaron dedicándose a algo bastante distinto del oficio que su apellido sugería.

Pero, al margen de Lev y África, mucho más cercanas en el espacio —aunque lejanas en el tiempo— encontramos otras prácticas ligadas al cambio de nombre. Entre los chiriguanos, guaraníes del Chaco, hasta el siglo XVII, los guerreros vencedores tomaban el nombre de su oponente y así adquirían y acumulaban tantos nuevos nombres como enemigos fallecidos en combate. Por otro lado, entre los guaraníes de Guairá, León Cadogan escribe que, así como un nombre mal elegido puede ser causa de enfermedad, un cambio de nombre, naturalmente, tiene la capacidad de curar a un enfermo. Pero mi anécdota preferida al respecto —lo que sigue no sorprenderá al asiduo lector de esta columna— se sitúa, por supuesto, en el período reduccional. Resulta que hay dos manuscritos de la época, versiones ampliadas del Arte y del Vocabulario de Antonio Ruiz de Montoya, firmados por un misterioso, disque jesuita, Blas Pretovio. El enigma reside en que no hay registro de que un tal Pretovio haya integrado la Compañía de Jesús ni estado en las reducciones del Paraguay, pero se resuelve fácilmente: el nombre es un anagrama perfecto de Pablo Restivo, discípulo y sucesor de Ruiz de Montoya.

Ahora bien, con lo que costaba escribir e imprimir en la colonia, ¿por qué firmaría Restivo con un anagrama? Tal vez prefirió vivir cómodamente a la sombra de su maestro. Tal vez privilegió la fantasía de una autoría colectiva, componiendo otro hipotético jesuita —de hecho, cuando se imprime el Vocabulario lo firma apenas como “otro religioso de la misma Compañía”—. O tal vez estos tipos, que escribían gramáticas, componían neologismos y traducían conceptos teológicos complejísimos a la lengua que estudiaban —es decir, pasaban sus días trabajando sobre y con la lengua—, también tenían cierta inclinación por el juego de las letras y las palabras. A fin de cuentas, la función referencial de los nombres propios termina siendo la menos interesante.

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