2026-03-08

Ontología del anonimato: la dilución del ser en la praxis colectiva

En un escenario contemporáneo donde la movilización social parece haber sustituido el argumento razonado por la mística del ruido y la efervescencia del momento, resulta imperativo rescatar la mirada lúcida de José Ortega y Gasset. Este artículo no es sólo una crítica a la superficie de la protesta, sino una invitación profunda a reflexionar sobre el fenómeno del hombre-masa y la alarmante renuncia al juicio crítico en favor de una adrenalina colectiva. Esta fuerza centrípeta, lejos de liberar al individuo en una causa noble, lo termina convirtiendo en un engranaje más de voluntades ajenas, despojándolo de su condición de sujeto para transformarlo en objeto de una ingeniería social.

I. El Concepto de Ortega y Gasset y la Renuncia a la Individualidad

José Ortega y Gasset, en su obra capital La rebelión de las masas, describe al “hombre-masa” no como una clase social, sino como una tipología psicológica: es aquel individuo que se siente “como todo el mundo” y que, lejos de angustiarse por esa falta de distinción, se refugia con beneplácito en la identidad colectiva. Para el filósofo español, este sujeto carece de un proyecto propio de vida y, por ende, se deja arrastrar por la corriente de las circunstancias. Su intervención en la vida pública suele ignorar las normas de la razón y el debate, imponiendo sus deseos mediante lo que Ortega define como “acción directa”. Esta no es otra cosa que el ejercicio del derecho a no tener razón, una renuncia voluntaria a la lógica para abrazar la fuerza o la imposición numérica como único criterio de verdad. En este estado, el individuo deja de ser una unidad pensante para volverse parte de una fuerza colectiva donde el resultado siempre es la anulación del “yo” por el de “nosotros”.

II. La Realidad de la Movilización Social: Psicología del Contagio

Esta visión orteguiana guarda una correlación directa y preocupante con ciertos fenómenos de movilización en la Argentina actual, donde la protesta parece haber mutado de ser un medio para alcanzar un fin, a transformarse en un fin en sí mismo. Este comportamiento se sustenta en procesos psicológicos clave que anulan la autonomía del ser. Primero, el contagio emocional, que propaga la adrenalina de la rebeldía por encima del análisis racional, creando una atmósfera donde la emoción dicta la conducta. Segundo, el anonimato y la desinhibición, que actúan como un velo protector donde la responsabilidad individual se diluye en la masa; el sujeto siente que, al ser “todos”, nadie es realmente responsable. Finalmente, la simplificación del mensaje reduce reclamos técnicos o sociales complejos a consignas vacías y dicotómicas, diseñadas específicamente para facilitar una adhesión ciega y visceral que no requiere esfuerzo intelectual.

III. El Sacrificio del Juicio Crítico y la Desvinculación Moral

Al igual que en el análisis orteguiano, el manifestante contemporáneo a menudo renuncia a su juicio crítico en favor de un sentido de pertenencia que otorga validación inmediata. Aquí entra en juego lo que Albert Bandura denominó la desvinculación moral: el individuo, al estar inmerso en el grupo, justifica acciones que en soledad consideraría reprobables. La recuperación de la identidad dentro de estos movimientos no es sólo un ejercicio intelectual, sino un imperativo de integridad ética. Si los ciudadanos son incapaces de explicar con sus propias palabras su presencia, sus motivos y sus objetivos reales en el espacio público, dejan de ser actores sociales con agencia para convertirse en autómatas gobernados por directrices externas. La masa no dialoga, la masa resuena; y en ese eco, la verdad se pierde en favor de la sonoridad.

IV. De la Euforia a la Tragedia: La Jauría Humana

Este fenómeno de dilución del ser trasciende la arena política y se manifiesta en la violencia grupal más cruda y desgarradora. Un ejemplo paradigmático en nuestra sociedad es el trágico caso de los rugbiers en Villa Gesell. Allí se observó la cara más oscura y abyecta de la mentalidad de masa: jóvenes que, amparados en la fuerza del grupo y la euforia colectiva, cruzaron límites morales y humanos que probablemente jamás habrían traspasado de manera individual. En ese ataque feroz, la conciencia individual se extinguió por completo; el ser humano desapareció para dar paso a una jauría donde la responsabilidad se fragmenta hasta volverse imperceptible para los perpetradores. El crimen se comete aquí como una forma de reafirmación grupal, una “prueba de sangre” que sella la pertenencia al clan a costa de la vida del otro. Es la deshumanización del “yo” en favor de un “nosotros” violento y vacío.

V. El Vacío Existencial y la Adrenalina como Sustituto

Es necesario preguntarnos, siguiendo la estela de Viktor Frankl, por la raíz ontológica de esta conducta: ¿Es nuestra existencia actual tan vacía que buscamos sentirnos vivos únicamente a través de una descarga de adrenalina violenta o transgresora? El acto de lanzar piedras, destruir el espacio público que nos pertenece a todos o agredir ferozmente al prójimo se convierte en un sustituto patológico de la realización personal. Estas acciones delatan una profunda crisis de sentido; el individuo, al no encontrar un propósito que trascienda su propia inmediatez, escapa de una existencia sin norte encontrando en el caos y el daño la única forma de mitigar el tedio del ser. La violencia es el grito de quien no tiene nada que decir, el refugio de quien teme encontrarse a solas con su propia vacuidad y prefiere el estruendo de la destrucción al silencio de la reflexión.

VI. Interpelación Colectiva: ¿Quién es el Dueño de tu Voz?

Llegados a este punto de la reflexión, cabe plantear una interrogante fundamental para cada ciudadano que se asoma a estas líneas: ¿Realmente desearíamos ser gobernados por la inercia ciega de la masa, perdiendo nuestra voz y nuestra identidad en el estruendo ajeno? ¿Estamos dispuestos a ceder nuestra voluntad a líderes o consignas sin ser nosotros mismos los dueños absolutos de nuestras convicciones? La verdadera libertad no reside en la fuerza del número ni en el volumen del grito en la plaza, sino en la capacidad heroica de sostener un criterio propio frente a la marea de la uniformidad. Ser persona implica el coraje de la singularidad y la aceptación de la responsabilidad individual por cada acto realizado. Solo cuando el individuo recupera su capacidad de decir “yo” con plena conciencia, puede aspirar a construir un “nosotros” que no sea una masa amorfa, sino una comunidad de seres íntegros y libres.

Por Juan Carlos Encina
Profesor en Filosofía

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