Informe de Domingo
El sacrificado desafío de ser universitario
Ir a la universidad o a un instituto terciario, seguir estudiando después de concluir la secundaria no es sólo elegir una carrera. Para miles de jóvenes, especialmente los que llegan desde pueblos pequeños o familias con economías frágiles, estudiar implica mudarse, aprender a vivir con otros, administrar lo poco, extrañar, trabajar y, aun así, seguir apostando al futuro.
La vida universitaria es un territorio nuevo porque cambian los vínculos, cambian los ritmos y también las certezas y, en muchas ocasiones, cambia la ciudad. En ese tránsito, el acompañamiento familiar, las políticas públicas y las redes que se tejen entre pares suelen marcar la diferencia entre continuar o abandonar.
Este informe dominical reúne historias de estudiantes que hacen -e hicieron- ese recorrido. Relatos de esfuerzos silenciosos, de decisiones pensadas durante años, de sacrificios cotidianos que no siempre se ven, pero que sostienen el derecho a estudiar. Es que detrás de cada joven que llega a un aula hay una trama más amplia: familias que empujan, universidades, municipios que tratan de contener y contextos económicos que muchas veces ponen a prueba la permanencia.
Desde la Universidad Nacional de Misiones (Unam), esa realidad es parte del trabajo diario. “Nuestro gran desafío es tratar de llegar a todos los estudiantes en primera instancia, sobre todo a los chicos y chicas que están en pueblos alejados y que por ahí no saben que la universidad es gratuita o que existen políticas de bienestar estudiantil”, explicó Alexis Janssen, secretario general de Asuntos Estudiantiles. Pero captar estudiantes es sólo el primer paso: “Una vez que logramos que lleguen, el desafío es retenerlos”.
El contexto actual complejiza ese objetivo; el desfinanciamiento que atraviesa a las universidades públicas impacta de lleno en áreas clave como albergues y comedores. En Misiones, la Unam cuenta con alrededor de 1.000 plazas en albergues distribuidos en distintos puntos de la provincia, una herramienta decisiva para quienes no podrían estudiar de otro modo. “Sostener los albergues en buenas condiciones se nos complica en momentos como este. Hay mucha demanda y en algunos casos el cupo no alcanza. Un chico que no consigue albergue muchas veces no puede continuar sus estudios”, advirtió Janssen.
A esa dificultad se suma la presión económica cotidiana. Alquileres, transporte, apuntes, comida: cada gasto se convierte en una preocupación constante. “Cuando una persona no está bien económicamente. tiene que elegir si saca fotocopias, si viaja o si come. Todo eso afecta psicológicamente al estudiante”, señaló.
Muchos terminan trabajando más horas, descuidan el estudio y alargan sus trayectorias académicas. No es casual, explicó, que en las universidades públicas los tiempos de graduación sean más extensos dado que “hay muchos chicos que tienen que trabajar para poder estudiar”. Por supuesto, esto también es cotidiano en centros educativos privados.
Un ejemplo de ello es Fernando Rivero (27), de Montecarlo, que logró recibirse el año pasado de profe de Educación Física sosteniendo no sólo el estudio, sino hasta tres trabajos. “Son decisiones difíciles que uno tiene que tomar si se tiene un objetivo. A veces llegar exhausto, sin ganas de nada, queriendo dejar, renunciar preguntándome si valía la pena, pero era llegar, llorar, secarme las lágrimas, otro día levantarse para seguir con la misma rutina. La carrera era de cuatro años, pero por mis excesivos horarios laborales se me complicó con algunas materias y se extendió a seis. Pero lo logré”, se alegró.
Otro caso de sacrificio es la de Raúl Añais y Lorena Fernández, ambos docentes sampedrinos y padres de tres hijos que estudian en Posadas. El matrimonio relató cómo los números apenas cierran. “A nosotros más del 60% de los ingresos que tenemos con nuestros sueldos de docentes se va destinado a los chicos allá”, indicó Raúl. Pero, entienden, vale la pena.
En ese escenario, las becas, los comedores y el acompañamiento integral cumplen un rol central. En este contexto, la pérdida de comedores en algunas facultades golpeó fuerte, no sólo por el costo de una vianda, sino también por la dimensión nutricional. “De alguna forma te asegurás de que el chico coma. Cuando tiene que arreglarse solo, muchas veces come lo que puede, no lo que necesita”, resumió.
“El primer desafío es incorporarse a la universidad: vienen de otro lugar, no conocen a nadie, el nivel es distinto a la secundaria. A muchos les cuesta sentirse parte”, reconoció Janssen. Por eso, desde Bienestar Estudiantil se impulsan actividades deportivas y espacios de encuentro. “Un grupo te ayuda a seguir, te empuja a estudiar. Cuando un chico queda solo, le cuesta más”, insistió.
Las historias que componen este informe muestran que estudiar hoy es un proceso colectivo, sostenido por familias, compañeros, docentes y políticas que, aun con limitaciones, buscan garantizar que el derecho a la educación no dependa únicamente del bolsillo.
Entre mudanzas, trabajos, apuntes compartidos y redes que se construyen lejos de casa, hacer una carrera universitaria o terciaria sigue siendo, para muchos, una apuesta al futuro posible.
Informe de domingo
- Estudiar lejos de casa: cuando aprender también es resistir
- Ingresos extra para que el sueño del título no quede truncado
- El reto de estudiar en tiempos de crisis: “No pienso rendirme”
- Con esfuerzo y apoyo de sus padres ansía llegar a la meta
- Eldorado: el desafío de sostener las trayectorias
- Tres trabajos, una carrera y el sueño cumplido
- Albergues y becas de los municipios como puente al futuro
- Posadas recibe unos 8.000 ingresantes por año
- La mitad de los que estudian debe trabajar para sostener su alquiler