4 de febrero – Día Mundial de la Lucha Contra el Cáncer
Pertenencia
Por José Manuel Reñé
Médico MP M02574 – MN 122943
Especialista en Oncología clínica – Cuidados Paliativos
Cuando a Juan se le enfermo su papá pensó que vendrían tiempos difíciles. Pensó en su padre y también en su madre. Pensó en sus hermanos, especialmente los que estaban lejos. Pensó en sus hijos y cómo todos esos seres tan queridos llevarían adelante esos días en los cuales su papá estaría enfermo.
Juan se sentó en el patio de su casa, a la sombra de la parra que con tanto cuidado habían plantado y animado a crecer con su padre. Se preguntó por qué había pensado en todos sus seres queridos cuando salió del consultorio del médico con su papá, quien trataba de disimular su enfermedad con bromas y sonrisas delante de su madre y de él.
Juan, mirando caer la tarde y con el corazón acongojado, se contestó que todos aquellos en quienes había pensado estaban contagiados por la enfermedad de su padre. No la padecerían en su cuerpo, no. Pero cada uno lo haría en su interior y a cada uno le afectaría con mayor o menor virulencia, con mayor o menor dolor, todos sufrirían la enfermedad de su padre y la soledad que les prometía.
Entonces, Juan, se dio cuenta de algo que se le había pasado por alto y nunca había tenido en cuenta. Lo había vivido como un hecho natural. Juan pensó que su papá era de todos. De distintas maneras según cada cual. Eran propietarios de ese ser llamado Gordo por su mamá, papá, papi, viejo, por él y sus hermanos, abuelo, por sus hijos, Cacho le decían los amigos de la peña. Ahora, ese sentido de pertenencia sobre el enfermo los hacía sumar dolores, consuelos, soledades, sociedades. Ahora todos estaban asustados. Todos temían perder un lazo fundamental para sus vidas, en muchos casos el eje de sus días.
El apego, el afecto, el amor que habían gestado y hecho crecer corría riesgo de partir, de dejar de estar presente en los mates y en el vaso de vino, en los abrazos y en los besos, en los consuelos y los festejos. Sería ausencia. Un vacío que ya nada podría llenar.
El padre de Juan llegó hasta la parra. Lo miró a los ojos encapotados y le dijo “Linda noche se viene para hacer un buen asado, prendamos el fuego. Acá traigo un vinito y dos copas. Tenemos que hablar.” Juan se pasó la mano por los ojos y dibujó una sonrisa de amor con miedo, que el padre supo interpretar.
“Mirá hijo, lo que hablamos hace un rato con el médico nos impactó a todos. Está bien que así sea. El cáncer es una enfermedad que asusta. Pero no necesariamente anuncia un final, ya lo dijo el Dr. Tenemos mucho por hacer, no únicamente los tratamientos que nos ofrecieron hoy. Para poder superar esta instancia, es necesario que estemos juntos, que nos encontremos en esta incertidumbre. Que el dolor y la angustia no lo llenen todo, porque, si nos dejamos impregnar por esas sensaciones, caminaremos hacia la derrota. La idea es exactamente la contraria. Caminemos hacia lo que podemos lograr todos juntos, vencer a esta enfermedad y seguir con la vida linda que vivimos”
Juan lo abrazó, lloró y supo que las ausencias y el horizonte aún estaban lejos.