2025-12-07

El mundo está loco… loco… loco... (XXXIII)

Por Roberto Carlos Abínzano Profesor Emérito Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales Universidad Nacional de Misiones

Las relaciones entre EE.UU. y América Latina comenzaron a ser problemáticas, como ya hemos señalado, desde los orígenes de nuestros estados. Y hoy continúan cronificadas en una situación de tensión, conflicto o crisis que no parece conducir a una estabilidad basada en la equidad y el respeto por las soberanías. Ya en esos inicios de nuestras vinculaciones chocamos con una geopolítica invariable de dominación y expansión territorial, primero, e injerencia, mediante métodos diversos de influencia, luego. EE.UU. se mostró muy interesado en los acontecimientos revolucionarios de la América Hispana. Así lo demuestran las numerosas referencias en documentos, publicaciones y declaraciones oficiales, que, en su mayoría, son ignoradas por nuestra historiografía, incluyendo declaraciones de los presidentes y ministros. También hubo períodos de aislamiento de EE.UU. que expresaban dos tendencias internas opuestas. Por ejemplo, Franklin Roosevelt se resistió mucho a entrar en la Segunda Guerra Mundial, por tener una oposición importante. Y también, por fuertes sectores antisemitas, que luego desaparecieron de la luz pública. Y, posiblemente, por especulaciones políticas y económicas ante el derrumbe de los imperios coloniales existentes. Pero, en relación a América Latina, con mayor o menor intensidad, la convicción de que poseían derechos incuestionables sobre nuestros destinos fue permanente y explícita. Y lo siguen siendo. En un célebre poema, muy famoso, Rubén Darío, el iniciador del modernismo poético, envía un claro mensaje al presidente Theodor Roosevelt. Luego de alabar y reconocer la grandeza de EE.UU., reflexiona sobre su relación con la “otra América” y dice lo siguiente.

(fragmento)

“Mas la América nuestra, que tenía poetas

desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,

que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,

que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;

que consultó los astros, que conoció la Atlántida,

cuyo nombre nos llega resonando en Platón,

que desde los remotos momentos de su vida

vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,

la América del gran Moctezuma, del Inca,

la América fragante de Cristóbal Colón,

la América católica, la América española,

la América en que dijo el noble Guatemoc:

«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América

que tiembla de huracanes y que vive de Amor,

hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.

Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.

Tened cuidado. ¡Vive la América española!

hay mil cachorros sueltos del león español.”

EE.UU. se opuso siempre a toda forma de integración o alianza de los países de América Latina. Desde el Congreso de Panamá, a los proyectos más modernos, como: Mercosur, Unasur, Celac, etcétera, poniendo, a cambio, grandes asociaciones donde ellos tuvieran alguna hegemonía, como la OEA, Alianza para el Progreso, Escuela de las Américas, TIAR, el Alca, el Plan Cóndor y muchos otros.

Los servicios de inteligencia de EE.UU. (hay más de uno conocido) fueron pasando de la inteligencia a la acción, incluso, a la ejecución selectiva de personas y la construcción de sofisticadas operaciones, para provocar diferentes formas de intervención e injerencia, sobre todo, la CIA. Eso, que parece misterioso, es mostrado hasta el cansancio en películas y series.

Aquellos espías románticos de antaño, como Leopold Trepper o Richard Sorge, que cumplieron un importante rol en la Segunda Guerra Mundial, ya no existen. Ahora las nuevas tecnologías convirtieron a los servicios de inteligencia, de todas las potencias, en obras de ingeniería electrónica. Mucho menos existen los James Bond y héroes producidos por la fantasía. Hoy la inteligencia militar y social es ejercida por una complejísima red de instancias diferentes que incluyen militares, políticos, comunicadores, empresarios y, sobre todo, científicos y tecnólogos. Y su incidencia en la geopolítica es crucial. El espionaje permite adelantarse a las intenciones del contrario, como en el ajedrez, donde es fundamental prever las próximas jugadas, algo que es notable en los grandes jugadores, pero que, en este caso, las posibilidades son infinitamente mayores, porque ya no hay reglas. Pudimos ver por televisión, sentados cómodamente en nuestras casas, cómo, poco a poco, se identificó la casa donde se escondía Bin Laden en Pakistán. Y cómo se montó una guardia permanente, desde una enorme distancia, para luego poder intervenir y capturar al prófugo. Cómo sería posible si no atacar desde la altura a una persona o una vivienda y destruirla con una precisión matemática. Esta relación entre la información y la acción de manera tan inmediata era inimaginable en otros tiempos. Los expertos Julian Assange y Edward Snowden, como una opción ideológica, se convirtieron en “espías” sin serlo, a partir de la revelación de información clasificada de muchos gobiernos. No estaban al servicio de nadie y sus publicaciones, muy difundidas, buscaban “destapar ollas”. Esa información, que obviamente se oculta, luego se convierte en un arma geopolítica.

EE.UU., desde el inicio de su vida independiente, desarrolló políticas de dominación en América Española, primero, e independiente, después. Veamos algunas de las manifestaciones explícitas y públicas del gobierno y de algunos intelectuales.

El crecimiento de una sociedad, hasta convertirse en una potencia hegemónica, es un proceso que se torna inevitable, a partir de una etapa de desarrollo que implica el dominio de territorios, recursos, mercados y fuerza de trabajo. Se trata de expansiones inevitables, como lo demuestran todos los imperios de la historia. Y esa dominación necesita justificaciones, causas, ideologías específicas, excusas, etcétera. En el caso que analizamos, EE.UU. pensaba a comienzos del siglo XIX que la América Hispana era muy débil y desorganizada como para resistir las posibles invasiones de otras potencias. Ellos veían a nuestros países sumergidos en el caos, guerras civiles, contrabando generalizado y presencia inglesa importante. También los guiaba un fuerte componente racista y oposición a la iglesia católica, totalmente dominante al sur del Río Bravo. En EE.UU. el mestizaje con la población aborigen fue casi nulo y mucho menos con los africanos esclavos. España, en este sentido, fue pródiga en mezclas de todo tipo, con zambos, mulatos, mestizos, cuarterones, lobunos, etcétera, lo que se convirtió en un débil pero presente sistema de castas. Eso fue inadmisible en el Norte americano hasta tiempos muy recientes y se refleja traumáticamente ante el mestizaje de los actuales migrantes del sur. En el próximo artículo veremos con más detalles la perspectiva de los EE.UU. sobre “su patio trasero”.

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