A la Justicia misionera: que vuelva a florecer la República
Hay momentos en la vida de los pueblos en los que la historia parece detenerse por un instante, como si esperara de sus instituciones una respuesta.
Misiones atraviesa uno de esos momentos.
Durante demasiado tiempo, una concepción hegemónica del poder fue ocupando espacios, construyendo silencios, confundiendo la necesaria continuidad de las políticas de Estado con la permanencia de estructuras de poder y haciendo que, poco a poco, algunos hombres y mujeres públicos olvidaran que, por encima de cualquier conducción política, de cualquier partido y de cualquier circunstancia, existe algo que nos pertenece a todos: La Provincia, la República y el Estado de Derecho.
Pero los tiempos cambian.
Y cuando los tiempos cambian, también las conciencias pueden despertar.
Hoy comienzan a escucharse voces que hablan de recuperar la identidad misionera, de volver a poner en el centro la honestidad, la transparencia, la ética pública y la vocación de servicio. Son voces que recuerdan algo elemental, pero que nunca debimos olvidar: ningún dirigente es dueño de Misiones; somos todos responsables de ella.
En este nuevo escenario, hay una institución cuya responsabilidad adquiere una dimensión todavía mayor: la Justicia.
A ella no le pedimos que acompañe un gobierno. Tampoco que se enfrente a él. No le pedimos que sea oficialista ni opositora. Le pedimos algo mucho más grande y mucho más difícil. Que sea justicia.
Que su única obediencia sea a la Constitución, a las Leyes y a su propia conciencia.
Que pueda soltar definitivamente cualquier ancla que la haya mantenido demasiado cerca del poder de turno y recuperar, con plena dignidad, la libertad que la República necesita de sus Jueces, Fiscales y Magistrados.
Porque una Justicia verdaderamente independiente no necesita levantar la voz para demostrar su fortaleza.
Se parece a un árbol.
Primero están sus raíces, profundas, invisibles, firmemente hundidas en la tierra de la dignidad, de la independencia, de la conciencia y de la responsabilidad institucional. Nadie ve cuanto de un árbol esta debajo de la tierra, pero de esa profundidad depende que pueda mantenerse de pie cuando llegan los vientos.
Así debe ser la Justicia.
Sus raíces deben alimentarse de la Constitución, de las Leyes, de la ética y de la convicción intima de que ningún poder humano está por encima de las instituciones de la República.
Después está el fuste. Recto. Firme. Altivo.
Sin inclinarse ante quien gobierna, ni quebrarse ante quien amenaza.
Un fuste que no se dobla ante el poder, pero tampoco se endurece por resentimientos; que permanece erguido porque sabe que su fortaleza no proviene de los hombres, sino de la institución que representa.
Ese es el Juez que necesita una sociedad democrática.
El magistrado que puede mirar a cualquier ciudadano sea humilde o poderoso, y decide, con la seriedad que solamente proporciona la independencia: “Ante la ley, somos iguales”.
Y finalmente está la copa. Frondosa, abierta, generosa.
Una copa que no pertenece a ningún gobierno, porque pertenece al pueblo.
Y allí debe estar la Constitución y las leyes de la República, protegiendo con su sombra a todos los misioneros, sin distinciones, sin privilegios y sin temor.
Una Justicia así no es enemiga del poder. Es su límite. No es enemiga de la política. Es la garantía de que la política permanece dentro de la ley. No es enemiga de los gobernantes. Es la institución que les recuerda que gobernar no significa disponer de todo, sino ejercer una responsabilidad temporal, limitada y sometida al orden constitucional.
Por eso, en este tiempo de transformaciones, sería hermoso que la Justicia misionera también pudiera iniciar su propio camino de innovación.
No una innovación partidaria. No una innovación de nombres. Una innovación moral e institucional.
Que cada integrante del Poder Judicial encuentre dentro de si la libertad suficiente para recuperar aquella antigua y noble certeza de que la dignidad de un magistrado no se mide por su cercanía al poder, sino por su capacidad de permanecer de pie cuando el poder pretende acercarse demasiado.
Quizás durante años muchos ciudadanos hayan sentido que sus voces no encontraban respuesta.
Quizás algunos hayan aprendido a callar para no tener consecuencias. Quizás otros hayan perdido la confianza.
Pero no podemos perder la esperanza. Porque los pueblos pueden cansarse, pueden decepcionarse, pueden equivocarse, pero mientras conserven la esperanza, la República nunca esta derrotada.
Hoy no escribo desde la impotencia por no haber podido contribuir.
Tampoco desde el reproche.
Y mucho menos desde una herida personal.
Escribo desde la esperanza.
La esperanza de que Misiones pueda mirar hacia adelante y descubrir que sus instituciones son más fuertes que cualquier liderazgo, que sus leyes son más importantes que cualquier conveniencia y que su pueblo merece una Justicia capaz de ejercer su función sin miedo, sin sometimiento y sin compromisos que no sean aquellos que nacen de la Constitución y de la ley.
Porque quizás haya llegado el momento de comprender que la verdadera independencia de la Justicia no se proclama, se demuestra.
Se demuestra cuando un expediente llega a sus manos y el nombre del poderoso no modifica su decisión.
Se demuestra cuando el ciudadano común encuentra en los tribunales la misma dignidad que encuentra quien tiene influencia.
Se demuestra cuando un Juez puede decir “si” a la ley, aunque el poder diga “no”.
Y también cuando puede decir “no” al poder, aunque todos alrededor esperan que diga “si”.
Ese día, las raíces estarán firmes. El fuste permanecerá recto. Y la copa constitucional volverá a dar sombra a todos.
Entonces quizás podamos mirar a nuestros hijos y a nuestros nietos y decirles que Misiones no es solamente una tierra de hombres y mujeres que trabajaron para construirla, sino también una tierra de ciudadanos que, en un momento decisivo de su historia, se animaron a recuperar la República.
No sabemos que nombres recordará la historia.
Pero si sabemos que principios deberían sobrevivirnos. La libertad, la honestidad, la igualdad ante la ley, la independencia de los poderes y el Estado de Derecho.
Ese es el verdadero patrimonio que debemos dejar.
Y por eso, a quienes tienen hoy en sus manos la enorme responsabilidad de administrar justicia en nuestra Provincia, les digo con respeto, pero también con firmeza. No tengan mido de ser libres. La sociedad Misionera necesita una Justicia independiente, necesita Jueces dignos, necesita instituciones capaces de controlarlo cuando corresponda y garantizarlo cuando actúe conforme a la ley.
Porque el poder pasa, los gobiernos pasan, los dirigentes pasan, las mayorías pasan, pero la Constitución debe permanecer.
Y cuando todo lo demás haya pasado, cuando nuestros nombres sean apenas una línea perdida en alguna página de la historia, todavía debería permanecer en pie aquel árbol que representa la República:
con sus raíces profundas en la dignidad,
con su fuste recto en la independencia,
y con su copa frondosa bajo la cual todos los misioneros podamos vivir,
finalmente, a la sombra protectora de la Constitución y las leyes.
Que así sea. Por Misiones. Por Nuestros Hijos, Por nuestros nietos.
Y por una República que todavía espera, paciente y esperanzada, que sus instituciones estén a la altura de su pueblo.
“Solo los hombres nobles sufren el improperio de la injusticia, porque quien no tiene principios puede acomodarse a ella; pero quien conserva la dignidad, la conciencia y el honor debe soportar el costo de enfrentarse a lo injusto.”
Por Miguel Ángel Alba Posse
Exfuncionario y exdiputado