El guaraní y la city X: crónicas de un litoral marciano
En 2016 doce naves aterrizaron en Hollywood con un indescifrable mensaje. Nuestra protagonista, Louise Banks, lingüista interpretada por Amy Adams, lleva a cabo la ardua tarea de aprender la lengua de los heptápodos, codificada en manchas circulares que brotan de sus tentáculos. A diferencia de la escritura de las lenguas humanas, estos signos no se despliegan linealmente —no tienen principio ni fin—, sino que se cierran sobre sí mismos, y es justo esa propiedad la que altera la percepción temporal de Louise, quien comienza a recordar el futuro. El hecho es que la ciencia ficción lleva décadas sospechando que el verdadero problema del primer contacto no será estrictamente tecnológico sino más bien lingüístico. Después de todo, ¿no son las gramáticas las tecnologías cognitivas más sofisticadas jamás creadas por nuestra civilización?
La película además revive una hipótesis clásica —tan fascinante como discutida—: que las lenguas moldean nuestra manera de percibir el mundo. Aprender otra lengua, entonces, podría alterar el modo en que pensamos, dándonos nuevas maneras de organizar viejas ideas. Mientras estudiaba lenguas indígenas norteamericanas en los años treinta, Benjamin Whorf, una de las figuras más asociadas a esta idea, no logró viajar en el tiempo, pero sí llegó a sugerir que los hopi de Arizona, cuyos verbos no distinguen presente, pasado y futuro, difícilmente pensarían el devenir en términos lineales —esa ilusión que nosotros tan obstinadamente mantenemos—. En 1983, Ekkehart Malotki le respondió con Hopi Time: casi seiscientas controversiales páginas sobre gramática y vocabulario hopi para la expresión de relaciones temporales—la versión académica de dedicarle un disco entero a tu ex, pero en este contexto tu ex está muerto hace cuarenta años—. Al parecer, uno de los problemas es que Whorf redujo la temporalidad a la morfología verbal, como si el tiempo no pudiera infiltrarse en la lengua por caminos insospechados.
Los nivaclé del Gran Chaco, por ejemplo, tampoco conjugan los verbos en tiempo, pero, si hablan de mirar un río —towok—, pueden referirse a un xa towok; un río ausente, lejano, fuera de la vista; o un na towok, un río presente, cercano y visible. Y aunque estos determinantes —xa y na— describan, en principio, solamente al río, también activan inferencias temporales: un río presente es uno que estoy mirando, un río ausente es uno que miré en el pasado. Es que el tiempo atraviesa nuestra experiencia sensible del mundo, pero no podemos verlo, tocarlo ni detenerlo. Apenas pensarlo. A la hora de representar algo tan abstracto, entonces, nuestros cerebros recurren a dominios más concretos. Convertimos momentos en lugares y recurrimos a verbos de desplazamiento aún cuando permanecemos inmóviles: navegamos tiempos turbulentos, atravesamos situaciones difíciles. El tiempo vuela en español y huye en latín. Después de todo, tal vez la metáfora no sea puro lujo poético sino evidencia de una limitación cognitiva: hay ciertas cosas que no podemos comprender más que comparándolas con otras —de hecho, George Lakoff y Mark Johnson hicieron carrera defendiendo exactamente eso—. Pero el universo es demasiado grande: de estar nosotros solos, sería un desperdicio espantoso. En un estudio del 2006, Rafael Núñez y Eve Sweetser observaron que entre los aymara en Perú el pasado se ubica metafóricamente delante del individuo y el futuro detrás. Así, un adverbio como nayrapacha “antiguamente” se compone de pacha “tiempo” y nayra “frente” —algo así como “el tiempo por delante”—, mientras que un día futuro sería un qhipüru, literalmente “un día detrás”. La explicación es tan simple que hace parecer desquiciada cualquier otra configuración: el pasado es lo que el individuo ya conoce y, por ende, se ubica delante de él, frente a sus ojos, mientras que el futuro, desconocido, a sus espaldas.
Quizá el problema sea que seguimos imaginando las lenguas alienígenas como manchas circulares expulsadas por pulpos interestelares, cuando convivimos hace siglos con gramáticas que a un europeo monolingüe le sonarían a ciencia ficción. En guaraní, por ejemplo, los sustantivos pueden proyectarse hacia el futuro. Si mi casa está en proceso de construcción no es simplemente “mi casa” —che roga—: es che rogarã, “la que será mi casa”. Si estoy yendo de compras en busca de una camisa, ésta es aún mi kamisarã, “la que será mi camisa”, dado que técnicamente todavía no me pertenece. Y es esta construcción la que se calca en nuestro castellano fronterizo —ese español con mutaciones guaraníes que horroriza a los puristas y fascina a los lingüistas— con ayuda de la preposición para, que expresa este valor prospectivo en frases como “fue a comprar para su camisa”.
Y aunque a la gramática del guaraní el tiempo no parezca importarle demasiado, hay una categoría que sí le resulta sumamente relevante, y a las lenguas europeas no tanto: la evidencialidad, es decir, la fuente de la información que se transmite. Si agrego ndaje —je, en mbya—, estoy contando algo que escuché por ahí, un poco como nuestro dicen que. Si agrego ko, lo vi con mis propios ojos. Como si la lengua sospechara, desde hace siglos, que los humanos somos máquinas bastante defectuosas para distinguir hechos de rumores —y en tiempos de bots y mandatarios que tuitean teorías conspirativas a las tres de la mañana, cuesta no sentir cierta envidia—. Mi preferida es ra’e: marca que el narrador descubre el hecho a posteriori y agrega, además, un matiz de sorpresa. En nuestro español echamos mano del pretérito pluscuamperfecto para expresar algo parecido: había sido que algo de guaraní teníamos los misioneros incluso cuando hablábamos castellano. Es que el contacto ya ocurrió. Solo que no vino acompañado de mensajes en códigos binarios como imaginaba Carl Sagan, sino de construcciones gramaticales que nos hacen parecer marcianos a los ojos de un gallego o un porteño aunque, en rigor, hablemos la misma lengua.
En algún universo paralelo, un académico guaraní publica un paper sobre las exóticas lenguas europeas. Le resulta llamativo que, en estas primitivas civilizaciones, la fuente de información sea tan poco relevante que incluso hayan acuñado los términos fake news y posverdad. La peli se guiona sola: incapaces de decir “no lo sé”, terminaron fabricando máquinas a su imagen y semejanza: inteligencias artificiales capaces de escribir poemas, diagnosticar enfermedades y alucinar evidencia con la misma eficiencia. Una civilización entera organizada alrededor de la gramática de opinar primero y chequear después.
Por Estefanía Baranger
Lic. en Letras, doctoranda en Lingüística y docente (UBA)