El final de la sociedad humana (o algo así)
En la última escena de ‘Escape de Los Ángeles’, el personaje de Kurt Russell utiliza un dispositivo electrónico para “apagar el mundo”, mira a la cámara, sopla un fósforo y, desde la más completa oscuridad, susurra: “Bienvenidos a la raza humana”. La película es de 1996 y está ambientada en un 2013 posapocalíptico. Ahora imagínese un mundo sin internet, que seguramente de eso se trataría en caso de hacerse en estos días. Las consecuencias serían catastróficas, pero, vamos, que no hacer algo sobre esta omnipresente red también lo es. Veamos por qué.
Las comunicaciones hoy son infinitamente mejores, los trámites se pueden hacer a distancia, consultamos nuestras cuentas bancarias, pagamos nuestros servicios, accedemos a millones de libros, películas y casi todo lo que la industria cultural nos puede ofrecer, algo impensado 30 años atrás. Pero le hemos dado demasiado poder, nos hemos vuelto esclavos de los caprichos con los que nosotros mismos la hemos moldeado y ahora la red (o los poderosos que están detrás de ella) nos controlan.
Dice Fernando Checa García en The Conversation que “las redes ‘sociales’ están muertas: ahora son sólo trampas de atención”, porque ya no buscan “la conexión entre personas, sino la retención de la atención ante un espectáculo interminable”. Un cambio de orientación que no es ajeno a miles de empresas a lo largo de la historia. El problema es que no parece que queramos darnos cuenta.
Ojo: todavía siguen siendo escenario de denuncias, de visibilización de conflictos que de otra manera quedarían ocultos o tardarían más en mostrarse. Pero este rol lo van perdiendo cada vez más. No obstante ello, el ruido de las redes tiene un papel predominante en la toma de decisiones. Es entonces cuando no matizar sus alcances resulta peligroso.
¿Se acuerdan de la “caricia significativa proveniente de Hurlingham” en la campaña electoral 2019? Pues bien, análisis muestran que más del 50% de las interacciones en “redes” provienen de bots, esto es, cuentas automatizadas o, perdóneme la crudeza, “cosas” más sofisticadas que quizá ni usted ni yo entendamos. Lo que importa es que no es gente real, pero hacemos de cuenta que sí.
Basta ver la foto del interior de la improvisada sala de situaciones estadounidense durante el ataque a Venezuela, con el cuadro de búsqueda de Twitter en pantalla gigante. ¿Cuántos gobiernos del mundo hacen eso? Yo conozco al menos uno. Usted también, no diga que no.
Tanto allá como acá, dice Ricardo Biazzi, “estamos frente a un modelo que busca un poder hegemónico basado en algoritmos y corporaciones. Buscan una manipulación sobre la sociedad donde los valores de creatividad y solidaridad desaparecen”.
No soy un experto, pero estoy seguro de que algunas las caricias significativas de este tiempo se fabrican con inteligencia artificial. Tantas cosas buenas da este conjunto de avances tecnológicos, pero también es responsable de tanta basura viral que se hace pasar por verdadera. Y ni hablar de temas más serios, como la vigilancia que pretende el gobierno de Estados Unidos recibir de las empresas que proveen de este servicio (perdón que insista con la gran potencia del Norte, pero en un país que no arregla ni sus rutas, qué nos vamos a preguntar por la IA). Cuántas operaciones, cuántos bombardeos, cuántos ataques se pueden producir basados en datos que, está demostrado, presentan muchas fallas. Parece que algunos de los errores en Irán vienen por este lado. ¿Y a quién se le va a echar la culpa cuando esto suceda?
Tal vez sea más prudente escuchar ese ruido de las redes con algún tipo de filtro que permita separar la paja del trigo. Más conveniente aún, reducir las decisiones pour la galerie de los gobiernos, sobre todo las que se toman para contentar a ese submundo artifical en el que cada vez es más difícil decir “bienvenidos a la sociedad humana”.