Alfabetización mediática

domingo 01 de febrero de 2026 | 6:00hs.

Durante mucho tiempo dimos por sentado que saber leer y escribir era suficiente para desenvolverse en la vida pública. Hoy ya no lo es. En una época atravesada por la sobreabundancia de información, la velocidad de las redes y la manipulación deliberada de contenidos, la comunicación se ha convertido en una competencia básica de ciudadanía. Y como toda competencia esencial, debería enseñarse desde la escuela primaria.

La idea de escribir sobre esta cuestión venía dando vueltas desde hace rato. Sobre todo, por cómo la comunidad europea abordó el tema de las redes sociales y el auge de las nuevas tecnologías. Acá se dejó hacer, allá se observó y cuando hubo que regular, se reguló. Días pasados de hecho la empresa Meta (Facebook, Instagram) fue condenada a pagar 500 millones de euros a medios de comunicación europeos por competencia desleal.

Y fue justamente una noticia publicada por un medio europeo la que terminó de cerrar la idea de esta columna. “Finlandia enseña a detectar noticias falsas desde los 3 años para frenar la desinformación”, era el título de la nota.

Resulta que, en Finlandia, desde hace décadas, la alfabetización mediática forma parte del sistema educativo. Los niños aprenden a distinguir hechos de opiniones, a detectar información falsa y, más recientemente, a reconocer contenidos manipulados mediante inteligencia artificial, como los deepfakes. No buscan formar pequeños especialistas en tecnología, sino desarrollar una disposición crítica frente a lo que se consume todos los días. La premisa es sencilla: una democracia necesita ciudadanos capaces de interpretar el mundo que les habla.

La relevancia de esta experiencia se vuelve evidente cuando se observa el impacto político y social de las fake news. La desinformación no solo engaña: fragmenta. Rompe el piso común de la realidad compartida. Allí donde antes existían desacuerdos sobre interpretaciones, hoy conviven versiones incompatibles de los hechos. Esto se experimenta todos los días en las redes sociales. Cuando cada grupo habita su propio ecosistema informativo, el diálogo se vuelve difícil y la política se transforma en una suma de monólogos enfrentados.

En nuestro ecosistema político social esta fragmentación se vive con particular intensidad. Se está de un lado o del otro, hay odios y amores, se perdió la capacidad de razonar, dominan las emociones.

Especialistas en comunicación política vienen señalando esto desde hace rato, ya no se permite pensar a la ciudadanía como un cuerpo homogéneo. Las audiencias están dispersas, segmentadas, encapsuladas en burbujas que refuerzan creencias previas y desconfían de toda fuente externa. La comunicación dejó de ordenar el espacio público y pasó a amplificar la dispersión.

No hace tanto tiempo, las sociedades tenían una agenda común, fijaban ciertos hechos como indiscutibles (hoy hay gente que duda de la eficacia de las vacunas, los mismos que dicen que la tierra es plana) y ofrecían un marco compartido para el debate político.

El sociólogo Giuliano da Empoli, desde una mirada más global, advierte que la política contemporánea se mueve en un territorio donde la tecnología ha desbordado a las instituciones. Los liderazgos actuales no necesitan convencer a mayorías estables: les basta con activar minorías intensas, emocionales, hiperinformadas -o desinformadas- que circulan por canales propios. En ese esquema, la verdad se vuelve secundaria frente a la eficacia del mensaje. Frente a este panorama, aquí vuelve el modelo de Finlandia, la enseñanza básica aparece como un espacio clave para reconstruir algo de lo que se ha perdido.

Puede sonar repetitivo y hasta básico, pero enseñar comunicación no es solo señalar la diferencia entre noticias y opinión. Es enseñar a escuchar, a contrastar fuentes, a reconocer intenciones, a comprender cómo se construyen los relatos que circulan en la sociedad. Es adquirir herramientas para convivir en un espacio público atravesado por conflictos sin caer en la lógica del enemigo permanente. El modelo de Finlandia es una alternativa válida en la búsqueda de recuperar una sociedad menos vulnerable a la manipulación, ciudadanos con autonomía para tomar sus propias decisiones más allá de las emociones, y capaces de sostener discusiones sin romper el lazo social.

No se trata de modelos educativos. Lo que está viendo el mundo, en este caso Europa, es que está en peligro una forma de vida, un sistema. La democracia, con virtudes y defectos, es lo mejor que hay, en contraste con la consolidación de autoritarismos y movimientos extremistas.

En tiempos de fragmentación extrema, enseñar a comunicarse es, quizás, una de las formas más discretas y eficaces de cuidar la democracia.

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