A seguidores por la moral, pero a los líderes por la ley

Días atrás, a un presidente de un país muy importante le preguntaron si algo podía hacerlo frenar sus planes de ataques internacionales. La respuesta, “mi moral” (entendida como “mis valores morales”), resultaría inaceptable en cualquier gobernante del mundo, pero más aún en la boca de alguien que toda su vida ha hecho ostentación de su impunidad.
domingo 25 de enero de 2026 | 2:30hs.
Imagen reaizada con IA
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Días atrás, a un presidente de un país muy importante le preguntaron si algo podía hacerlo frenar sus planes de ataques internacionales. La respuesta, “mi moral” (entendida como “mis valores morales”), resultaría inaceptable en cualquier gobernante del mundo, pero más aún en la boca de alguien que toda su vida ha hecho ostentación de su impunidad (y de su inmoralidad, ya que estamos).

Sería un hecho curioso más, una de las tantas noticias que recibimos de las potencias mundiales y sus líderes -y de las que opinamos como quien se pone a mirar si aquella estrella de Hollywood hizo bien en cambiar de yate o en redecorar su mansión, y al mismo tiempo hojea los catálogos para ver qué supermercado vende más baratos los fideos-, pero sucede que su accionar, sus modos y las consecuencias que de ellos emanan no le son exclusivos. Más bien parecen responder a un revival (no Creedence Clearwater) de autoritarios y autócratas que ya no necesitan escudarse en los resultados electorales (que los obtienen, eso sí), sino que cuentan con un enorme séquito de aduladores y lacayos dispuestos a llevar sus deseos a los hechos.

Algún rédito sacarán estos últimos, económicos en muchos casos (de algo hay que vivir). El problema es otro. Es el efusivo beneplácito del que ve cumplido su sueño de someter al más débil. Es la justificación automática a todo lo que haga o diga el que manda, así se contradiga segundo a segundo. Es el silenciamiento sin culpa de la voz interior que dice “che, esto no está bien, no es en lo que creemos”. Tragarse sapos es una cosa, verles cara de faisán y sentirles gusto a caviar es otra muy distinta.

Este texto que encontré en internet lo dice más claro: "... personas que aceptaban y seguían una ideología que les creía que eran mejores que los demás, una ideología que racionalizaba y promovía el odio y el mal. Esta ideología se convirtió en parte de su vida cotidiana y de su entorno. No eran monstruos. Eran personas: padres y madres, esposos y esposas, hijos e hijas. Eran agricultores, médicos, panaderos, banqueros, arquitectos o carpinteros. Tenían sus alegrías y problemas. familiares, postres o canciones favoritas, pasatiempos o miedos eran personas como nosotros. Pero también perpetraron actos horribles y monstruosos en nombre de la ideología en la que creían. No debemos ni podemos deshumanizarlos, ya que su historia y sus decisiones son la advertencia para todos nosotros.

¿Cuántas personas así conoces a ti? ¿Cuántos políticos, comunicadores, vecinos pueden identificar? Ojo, no es una caza de brujas, más bien es un llamado a la reflexión: somos nosotros los que tenemos que guiarnos por nuestros valores, por lo que realmente pensamos sobre el rumbo que tiene que tomar el mundo, y no adaptamos nuestras convicciones a lo que dice y hace el líder de turno en el que, por alguna razón, hemos depositado nuestra confianza. Apoyo crítico, si quiere así llamarlo. De lo contrario, saquémonos las caretas y admitamos que sólo nos importa que esté en el poder la persona o el grupo de personas que queremos.

De los presidentes, de los gobernantes en general, preocupémonos por su moral antes de elegirlos, que una vez en el cargo deben ser juzgados por su grado de apego a la ley. A los nazis (jerarcas o de a pie) no se los condenó por falta de ética, sino por sus crímenes. Manchados quedaron (y deben quedar) quienes avalaron su comportamiento. A la cita textual de más arriba le falta el comienzo. “Esta es una de las advertencias más duras, pero también una de las más importantes, de la historia de Auschwitz que nos llega hoy”. Firma la cuenta oficial del museo que funciona donde se producen esos horrores. Y como la Ley de Goodwin dice que cada vez que se alude a Hitler, se termina la conversación, esta columna llega a su fin. Ojalá sirva para algo.

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