El silencio
Inés salió de su casa con calma, tomó su vieja gorra militar y echo un vistazo al interior, su madre estaba detrás de él.
-¿Vas de nuevo con esa mujer? - lo interrogó su madre.
-Claro, tengo ganas de platicar un rato- respondió Inés mientras estiraba los brazos en señal de aburrimiento.
-Como si te lo agradeciera… No te tardes, porque no quiero que esta noche estés ausente. No me importa si no sabes rezar o eres lo que seas, hoy es una fecha para estar con tu familia.
-Sí madre. Voy a volver pronto- cerró la puerta despacio, como no queriendo hacer ruido.
Las calles del pueblo estaban repletas de niños quemando cohetes; chispas y luces iluminaban el camino. Por doquier se escuchaban las explosiones o los silbidos producidos por la pirotecnia. Un grupo de pastoras iba de casa en casa cantando villancicos y canciones de cuna para arrullar al niño dios en casa de los vecinos, antes de que se acostara al Niño Dios en la iglesia. Ahí las madrinas del recién nacido agasajarían a los asistentes con pozole, los niños se divertirían con las piñatas después de rezar muy ordenaditos y en silencio, las aves marías en la última posada.
Aun con el ruido callejero -mezcla extraña de canticos, gritos y risas- llegó ante aquella puerta de madera. Las tablas picadas por los comejenes se resistían a soltarse de las paredes de adobe. Empujó la puerta con cuidado, tratando de no tirarla.
-¿Quién? - gritó desde el fondo una voz de anciana, ronca y profunda.
-Soy yo, tu enamorado- respondió Inés.
-Vete al carajo- tosió la anciana.
Inés caminó hasta la cama donde estaba postrada la mujer, envuelta en sábanas y con un suéter sucio. Se sentó en la orilla.
-¿Qué quieres?- preguntó con enojo la mujer.
-Quiero platicar es todo, me aburrí en mi casa.
-¿Por qué se te ocurre venir hoy? No me vengas con tus caridades ni limosnas.
-No, que voy a andar con esas cosas, sabes que soy ateo, yo no celebro navidad; por eso estoy aburrido en casa. Voy a fumar ¿No te molesta verdad? - sin esperar respuesta encendió un cigarro, la mujer escupió.
-Tu y tu humo… ya vete y deja de estarme molestando, quiero estar sola.
-Yo también.
La mujer comenzó a toser, salpicando de saliva a Inés, que ni se molestó en limpiarse o hacerse a un lado.
-Ese humo, me va a matar.
-¿Qué no es lo que quieres?
-Quiero estar sola.
-Yo también ¿Sabes que la mejor forma de estar solo es acompañado?
-Te dije que no quiero lecciones de amor y paz.
-“Las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada”… escribió Sabines. Y el silencio es paz. Así que callémonos los dos.
El silencio reinó en la habitación, solo llegaban las risas y el sonido de los cohetes quemándose.
-Así se reían mis nietos- rompió el silencio la mujer- eran tan lindos.
-¿Y que pasó con ellos?- preguntó Inés.
-Los perdí cuando me enfermé.
Inés la miró de pies a cabeza. Su cuerpo devastado por años de luchar contra la tuberculosis estaba destruido; sus huesos asomaban por sus pobres carnes. Sus ojos hundidos, su pelo canoso, como la nieve de la que tanto había leído en las obras de Gorki o Hemingway. Sola desde hacía años: su esposo había muerto de la misma enfermedad y sus hijos, prefirieron irse, antes de que sus familias corrieran con la misma suerte. Él había sido su único amigo y ella su única amiga, desde que su novia lo dejó por el ganadero más acaudalado del pueblo.
-Sabes, tú y yo somos iguales, vieja. Siempre he creído que moriré como tú; solo y enfermo, no tengo miedo; a veces es mejor estar solo. También hay que aprender a perder y rendirse cuando sea necesario.
Se miraron fijamente durante un tiempo, ninguno bajaba la mirada.
-No tengas miedo. A veces es mejor quedarse con los buenos recuerdos, con nuestra historia, sin importar como termine. No renegar, aceptar nuestro destino.
La mujer parecía nunca entender las palabras rebuscadas que pronunciaba, a veces le recitaba poesía o simplemente le hablaba sobre los libros que había leído, tal y como lo hacía con su amada. Pero en ese momento, sonrió.
-Pásame una pastilla para el dolor que tengo en ese cajón.
Inés se levantó, abrió el cajón del ropero, encontró un frasco con una sola pastilla. Iba a sacarla del frasco para dársela, pero la anciana se lo impidió.
-¿No quieres agua para tomarla?
-No se necesita agua.
-Acuérdate que estamos en la Costa y hace mucho calor, quítate un poco de ropa y vete como las grandes.
Se acercó para darle un beso en la frente, pero la mujer lo apartó con un manotazo.
-Vete con tus cuentos a otro lado.
-Gracias por tu tiempo, un día nos veremos de nuevo.
-Que voy a quererte estar viéndote. Dijo enfadada la anciana.
Inés le apretó la mano y la dejó sola.
Caminó de regreso a su casa, ahora tendría algo que rememorar en Navidad, en silencio, sin platicarlo con nadie, solo para él.
Segunda Mención Especial del Jurado del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.
Eurípides Rendón es de Florencio Villareal, México.