La Navidad de los invisibles
La ciudad se siente vibrante, llena de energía a pesar del calor sofocante que la envuelve, las hojas de los árboles adornadas con lucecitas se mecen suavemente en la brisa cálida y cantan con alegría las primeras chicharras. La gente camina de prisa, las bocinas de los autos retumban como sirenas, la cercanía de la Navidad resuena en el centro de la ciudad, los locales comerciales compiten con ofertas y resplandecen con decoraciones doradas, rojas y verdes mientras el olor a comida callejera como el caburé y la garrapiñada embriagan el aire.
En una esquina del centro, cerca del shopping, está Raúl, un campesino de la zona de Andresito de 65 años que abandonó su terruño tras haber perdido a su mujer y a su bebé en un incendio doméstico ocasionado por un brasero, su única pertenencia es una guitarra con cuerdas desafinadas a las que acaricia suavemente mitigando su dolor. A su lado se sienta María, a quien los chicos del colegio la apodaron “la loca” pues recita poemas en voz alta y entona canciones de cuna mirando siempre el horizonte, como tratando de descifrar por qué su único hijo se quitó la vida tomando veneno para ratas.
Y más allá, sobre cartones, tacuaras y hojas de pindó, una mujer aborigen mbya guaraní llamada Juana sostiene en sus brazos un bebé de seis meses; junto a ella su hijo Luis, de once años, quien ayuda a su madre y a su hermanito a sobrevivir vendiendo con orgullo los canastos tejidos que representan la tradición ancestral de su pueblo. A ellos se sumó “Esperanza”, bautizada por Raúl, una perrita sin hogar que se acuesta de panza para que el bebé recueste su cabecita y sea un poquito más confortable que las baldosas ásperas y desniveladas.
Las campanas de la Catedral repican invitando a los feligreses a participar de la Misa de Gallo antes de la tradicional cena de Navidad, Raúl toca su guitarra con vigor y alegría mientras María entona los clásicos villancicos, pero la gente no los ve, caminan alegres cargados con bolsas de regalos, apurados, ansiosos.
Luis, el niño mbya, extiende su mano ofreciendo una estrella hecha con hebras de palma y su madre exhibe con mirada de súplica los canastos tejidos que, por la festividad, adornó con unas guirnaldas descoloridas que encontró en un basurero. Pero nadie los ve, son invisibles… Y el sombrero de dádivas continúa vacío. Se acerca la medianoche, las calles continúan iluminadas pero solo se ve las sombras de los cinco, mejor dicho de los seis incluyendo a “Esperanza”. Miran el cielo, la luna llena los atrapa y, tomados de la mano, cada uno expresa una oración de Fe, de amor.
-Amigos, hermanos de esta ruta, gracias por estar conmigo en esta nochebuena, la soledad me ahoga, me lastima, me consume. Gracias Señor por haberlos cruzado en mi camino- expresó Raúl con voz entrecortada, haciendo la señal de la cruz.
María, mirando la luna con los brazos extendidos al cielo, pronunció: “estás en mi corazón hijo mío”, estallando en un llanto por esa llaga que no deja de rasguñar sus entrañas.
Luis se arrodilló mirando la luna llena y exclamó: “Jasy Sagrado Guía ñande rekove” y repitió en español, “sagrada Luna guía nuestra vida”.
Juana tomó el sonajero de juguete y danzó en círculo cantando entre dientes, mientras su bebé dormía acostadito sobre “Esperanza”.
Los doce toques de la campana de la Catedral anunciaron la Navidad despertando al bebé, María sacó de una bolsa de tela un pan dulce que le habían dado en una parroquia y cortó en porciones para compartir, Raúl destapó la gaseosa y una botella de sidra que había comprado con un ahorro que tenía para gastar en ocasiones especiales, Juana sirvió, en un pedazo de cartón, sopa paraguaya que le había regalado una vendedora de la placita paraguaya y Luis compartió unos confites y caramelos que había cambiado por un canastito tejido.
La mesa callejera estaba servida, no había manteles, platos ni copas de cristal, solo una vela común, blanca, que iluminaba el menú sencillo y escaso que tenían. –Feliz Navidad- dijo Raúl, y brindaron en vasitos de plástico. Muy temprano, el sol desplegó sus rayos sobre los cuerpos de esos seres sin techo, las calles estaban vacías, reinando el silencio. Luis tomó un pedazo de cartón, dibujó un corazón gigante y escribió en letra mayúscula imprenta “ESTA NAVIDAD SOLO DESEO QUE NOS VEAN”.
Lentamente, la ciudad comenzó a cobrar vida, una señora con imagen de docente jubilada se detuvo a leer el cartel de Luis y su mirada fue dirigiéndose a cada uno de ellos, incluida “Esperanza”, exclamando luego.
– Vengan, vengan a leer el cartel que escribió este niño.
- En segundos, varios transeúntes se agruparon en semicírculo leyendo con asombro el cartel de Luis y mirando a sus acompañantes. Raúl, María, Luis, Juana y su bebé sintieron las miradas mientras una brisa de esperanza acariciaba sus rostros.
La autora es de Posadas, Misiones. Cuarta Mención Especial del Jurado del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.