domingo 14 de abril de 2024
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Ricardo Raymondo nació en Montevideo, Uruguay, en la librería de sus padres

“Para vender un libro nuevo no debés saber; sí para un usado”

Se radicó en Misiones en los 90. Siempre con los libros como destino, hoy Fundación La Palma se erige como refugio para los melancólicos de las letras y por la lucha contra la incultura

miércoles 14 de febrero de 2024 | 6:05hs.
“Para vender un libro nuevo no debés saber; sí para un usado”
En sus manos sostiene un ejemplar restaurado de ‘Platero y yo’, el primer libro que lo marcó de niño y hoy es uno de sus recomendados. Fotos: Marcelo Rodríguez
En sus manos sostiene un ejemplar restaurado de ‘Platero y yo’, el primer libro que lo marcó de niño y hoy es uno de sus recomendados. Fotos: Marcelo Rodríguez

En la esquina -casi- de Buenos Aires y Bolívar hay un pasaje hacia el conocimiento, un umbral hacia historias ya conocidas y otras jamás contadas, un recorrido por piezas exquisitas del pasado. Ni bien uno llega, a lo lejos se asoma entre los estantes de libros una cabellera ya blanca, pero a la que le quedan atisbos de aquella que supo brillar rojiza como el terruño que tiene sobre los pies el hombre que la porta.

De la tierra de Mario Benedetti, de José Mujica, de Eduardo Galeano y de tantos otras personalidades que pusieron a Uruguay en la mirada del mundo, Ricardo “Colo” Raymondo (69) llegó a la Argentina -un poco contrariado por su padre- cuando apenas era un adolescente de 17 años.  

En Misiones tiene desde hace más de tres décadas su oficio de librero y en Posadas La Palma es su refugio desde hace ya bastante tiempo. Canje, compra-venta, ejemplares gratis y otros casi regalados, discos, antigüedades y mucho más se pueden encontrar entre sus recovecos.

Los libros son el norte y el sur de Ricardo desde el nacimiento, podría decirse. Es que llegó a este mundo en la librería familiar. Sí, su padre ya acunaba el oficio y tanto él como sus cuatro hermanos menores mamaron esa pasión casi sin darse cuenta.

La vida de Ricardo transcurre desde siempre entre los libros, tiene más de 50 mil en sus más de 60 estantes repletos.

“Toda mi infancia estuvo rodeada de libros y de otras cosas porque papá era un loco del ajedrez, así que yo tenía seis años y ya sabía jugarlo, cosa que para la época era bastante avanzado. Siempre fui bastante precoz, de hecho también por otras cosas, después ya te vas a enterar”, comentó, divertido el Colo en este mano a mano con El Territorio.

Con lo de precoz hacía referencia al cigarrillo, al que adoptó a los 11 años y hasta hoy lo acompaña como una parte ya inherente de su cuerpo; también esa premura lo llevó a casarse a los 17 años para poder, finalmente, irse de su Montevideo natal.

“Quería venir a la Argentina, era como ir a Nueva York para mí. Desde los 11 años ya me quería ir de Uruguay porque todo lo que yo sabía de Buenos Aires era fantástico, culturalmente Buenos Aires siempre fue como un faro, por lo menos en la parte intelectual mía”, reconoció.

El librero ya histórico de la tierra colorada abordará en esta entrevista su llegada a Buenos Aires en los tumultuosos 70, la permanencia del legado, la lectura y los imperdibles que a su parecer deben leerse al menos una vez en la vida. Entre más de 50 mil libros, revistas y fascículos que se distribuyen en unas 60 estanterías, nos sumergimos en su mundo.

 ¿Buenos Aires fue lo que esperabas?

Llenaba mis expectativas en lo social, en lo cultural, en lo artístico. Buenos Aires era avanzada, las ferias de libros eran fantásticas; todo eso me deslumbró.

Llegué y a los tres días ya estaba trabajando, algo increíble para mí. Tenía una visa de turista por tres meses y después podías renovar por otros tres meses. Es lo que hice casi durante dos años hasta que me otorgaron la residencia.

Trabajé como escultor en madera tallando muebles de estilo español, pero el libro era el libro y me tiraba más. Así fue que empecé en el Parque Rivadavia, que era el lugar más famoso que tenía Buenos Aires donde se reunían todos los que ahora son libreros grandes: Hernández, Edipo. Esa era como la cuna.

Después de ahí puse dos librerías muy lindas con diferencia de un año. La Cueva, en Sarmiento y Rodríguez Peña, creo que era. Después puse Rayuela, sobre Medrano y Díaz Vélez; ahí estuve tres o cuatro años hasta que decidí venir a Misiones.

¿Cómo fue cómo apareció Misiones en el radar de un uruguayo?

Trabajé un tiempo en una carpintería, llegaban los camiones de Misiones con cancharana, una madera muy roja. Venían los camiones con los troncos en sándwiches y los helechos entre medio, me fue enamorando eso, yo los sacaba y los poníamos en la carpintería, era muy pintoresco y así se me fue metiendo Misiones adentro.

Después tuve la posibilidad de hacer una gira turística y recorrer la provincia en familia. Vinimos primero a Posadas pero no me gustaba el calor así que seguimos viaje hasta Iguazú y después volvimos por Bernardo Irigoyen y llegué a Oberá, que me encantó porque a la noche refrescaba fantástico. Y dije ‘acá se puede respirar’, efectivamente me quedé, estuve 10 años, puse la librería que se llamó Encuentros.

Fue más o menos en el 94 que Ricardo, ya con dos hijos misioneros -otro par, fruto de su primer matrimonio, se había quedado en Uruguay- le perdió el miedo al sofocante calor de Posadas y se asentó en la capital. Ese año abrió Difusora Literaria (Jujuy y Sarmiento), junto a un amigo. Al año siguiente se mudó al local al lado de la Catedral donde antiguamente funcionaba la confitería La Palma, de la que conservó el nombre a modo de homenaje y respeto.

Estuvo ahí por tres años y luego comenzó el trajín de mudanzas: “Primero fue San Lorenzo y Salta, luego a Colón entre Belgrano y Alvear que fue teatro con cafetería y biblioteca, ese fue precioso, pasaron varios músicos por ese lugar”. En la sede de Buenos Aires permanece su refugio desde hace ya once años.

Lugares como este que concentren la mística, la historia, que no se aboquen únicamente a los libros nuevos casi no quedan en la ciudad...

Esto es lo que siempre me atrapó, no el libro nuevo. El libro nuevo lo podés comprar en cualquier lado, no tenés que saber para vender un libro nuevo, para vender libros usados sí tenés que saber. Me parece que eso es fundamental, eso es lo que más me atrapó. Acá tenés que dedicarte sí o sí, no puede haber improvisaciones, más allá de que a veces hay porque no conocemos todo y aprendo mucho de los mismos clientes.

Desde el lado del lector, los libros usados tienen algo mágico, a veces uno se encuentra con dedicatorias que son verdaderas historias...

Te encontrás tantas cosas, he encontrado cosas importantísimas en los libros que llegan: cartas de amor, dedicatorias de amor, de odio, dinero muchísimas veces porque es como una costumbre guardarlos dentro de los libros. También plumas secas, flores. Es muy bello.

Me encontré una vez una carta de Perón a un ingeniero misionero que le había mandado el libro a Perón y él en agradecimiento le mandó una carta.

¿Cuál fue el primer libro que recuerdes que te haya marcado?

Hubo muchos libros antes porque me leía mi padre, eso me acuerdo, pero ninguno que yo pueda registrar exacto. Entonces el primero fue Platero y yo, fue el primero que agarré papel y lo dibujé, por eso me quedó tan grabado.

“Ella es la librera que va a seguir”, comentó interrumpiendo su relato del libro de Juan Ramón Jiménez, cuando su hija Diana -una de sus tres retoños en Posadas-  lo despidió al salir.

“En Misiones éramos ocho libreros cuando yo vine acá, librerías con esta temática de nuevo, usado, compra-venta, canje; y lamentablemente se fueron muriendo y no prepararon a nadie para que siguiera. Aunque parezca mentira desaparecieron para siempre siete stocks de libros, siete bibliotecas que fueron armadas por libreros”, lamentó.

Y siguió: “Hace poco falleció Valerín, el anterior fue Linares y quedé yo solo, nadie preparó a alguien para que continuara, entonces como vi que pasó eso más aposté a una hija para que continúe”.

¿Cómo ves hoy la relación de la gente con la lectura?

Es todo un tema, lo que veo es que en la infancia no se está incentivando la lectura, creo que esa es la gran falla, de ahí parte todo. Si vos tenés una infancia rodeada del hábito de la lectura, tenés muchísimas posibilidades de ganar la batalla contra la incultura.

El problema es que lo tienen que entender los padres, seguro que es mucho más cómodo darles un celular que dejar de hacer lo que están haciendo y dedicarle aunque sea una hora a la lectura compartida con tu hijo, creo que ahí está el gran motivador.

Y por otro lado en la docencia también veo una baja en la calidad, porque siempre me guié mucho por la opinión de los docentes. Este es un local al que venían mucho los docentes, investigaban mucho, y ese es un fenómeno que no está sucediendo en estos últimos 10 años.

Tengo materias dormidas, como por ejemplo psicopedagogía; tengo un sector especial para (Jean) Piaget y no me piden un libro suyo hace cinco años.

¿Puede ser porque Internet vino a hacer lo suyo y quizás todo está nada más que a un click de distancia?

Para mí internet es una herramienta, tengo que tener bien claro eso y utilizarlo como tal, entonces me sirve para rápidamente solucionar una duda, no en profundidad pero sí en velocidad.

Si uno adquiere el hábito de la lectura de niño, ¿se queda para siempre?

Si hay retroalimentación dedicada seguro que no se pierde, el problema es que muchas veces no continuamos la dedicación, hay que acompañar.

Amo el PDF, amo los resúmenes, amo la compu porque me acercan a un contenido al que quizás no puedo acceder; las dos cosas están para quedarse. El libro va a seguir existiendo, pero quizás en otro material.


Los imperdibles

Los libros que para Ricardo hay que leer al menos una vez:

  • Platero y yo, Juan Ramón Jiménez (1914)
  • Cuentos de la Selva, Horacio Quiroga (1918)
  • El Principito, Antoine de Saint-Exupéry (1943)
  • Juan Salvador Gaviota, Richard Bach (1970)
  • La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne (1872)

 

Perfil

Ricardo Raymondo
(Librero)
Nació en 1955 en Montevideo, Uruguay, literalmente en la librería de sus padres. Llegó a la Argentina con apenas 17 años. Buenos Aires lo sedujo desde pequeño y fue allí que emprendió sus primeras librerías.
En la tierra colorada se asentó en los 90 y en Posadas lleva adelante Fundación La Palma. 

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