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Francisco y la China

domingo 10 de septiembre de 2023 | 4:00hs.
Francisco y la China

Recién el domingo pasado se entendieron un poco más las razones del Papa para visitar Mongolia. Las que ya conocíamos son las mismas que le están haciendo retrasar su visita a la Argentina, que no tienen nada que ver con la que la inmensa mayoría de los argentinos supone. A Francisco le interesan de verdad las periferias geográficas y existenciales de este mundo. Prefiere mil veces ir a donde no hay católicos que a donde son mayoría. Prefiere los presos a los libres. Prefiere los pobres a los ricos. Prefiere los enfermos a los sanos. Prefiere los desheredados a los poderosos. Prefiere los gobernados a los gobernantes.

Mongolia está tan en la periferia del mundo que nos cuesta ubicarla en el mapa. Ni siquiera fue visitada por Juan Pablo II y eso ya es mucho decir. Aunque es bastante grande, casi todo su territorio es una estepa desértica. Tiene poco más de tres millones de habitantes, de los que la mitad viven en la capital, Ulan-Bator. Tuvo su época de gloria y expansión en el siglo XIII, cuando con Gengis Kan, el imperio mongol se extendió desde el Pacífico hasta los Urales.

Si los habitantes de Mongolia caben en la ciudad de Buenos Aires, los católicos caben en la catedral de Posadas. Hace apenas 30 años que unos misioneros coreanos empezaron a instalarse en Ulan-Bator y pacíficamente fueron convirtiendo al cristianismo a los primeros mongoles. A esos cristianos fue a visitar el Papa la semana pasada en un viaje tan largo como venir a la Argentina. Pero... ¿qué se le perdió a Jorge Bergoglio en Mongolia?

Como si fuéramos los dueños de la voluntad y del pensamiento del Papa, los argentinos perdemos el tiempo debatiendo si debía ir a Ulan-Bator o venir a Buenos Aires; si debió dedicarle más segundos de sonrisa a un funcionario que a otro; si tiene que regalar rosarios a nuestros amigos y no regalárselos a nuestros adversarios; si debe o no debe nombrar a algún argentino en una comisión del Vaticano... Nos parece que el Papa está todo el tiempo preocupado por lo que pasa en la Argentina y también que debería pensar como nosotros, cuando probablemente no le dedique ni un segundo a estas elucubraciones ombliguistas nacionales.

Aquí tiene un tema que sí le preocupa a Francisco y en el que está poniendo un empeño sobrehumano. Mongolia no solo es una periferia: está enclavada entre Rusia y China, pero mucho más cerca de Pekín que de Moscú. Y en términos culturales y religiosos está mucho más cerca también de la China pagana que la Rusia cristiana, y para colmo en China vive un quinto de la población mundial.

El Papa, jesuita al fin y al cabo, quiere mostrar a China lo que otros jesuitas –encabezados por Mateo Ricci– intentaron entre los siglos XVI y XVII: que el cristianismo no es un obstáculo para la cultura, la política y el progreso de sus pueblos. Que se puede ser mongol, chino, japonés o esquimal y a la vez cristiano. Y esto es lo que fue a hacer a Mongolia, y lo hizo mirando a China todo el tiempo.

Hay un dato interesante y muy actual sobre el padre Mateo Ricci. Era un personaje fascinante, un genio del Renacimiento italiano, que largó todo, se hizo jesuita y se fue a la China. Francisco está impulsando su proceso de canonización con ganas evidentes de declararlo santo cuanto antes. Ricci sufrió en vida, y todavía más después de muerto, la persecución de los cristianos occidentales –sobre todo de los miembros de una orden religiosa– que no entendieron su inculturación en la China y la consideraron más un acto sacrílego que una misión para cristianizarlos. Después de cuatro siglos, Francisco está remediando esa persecución y ese aparente fracaso.

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