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Error 404

domingo 12 de marzo de 2023 | 4:32hs.
Error 404

Súbitamente, lo inimaginable irrumpe violentamente en nuestra cotidianeidad digital y frágil: No internet connection, y el cuerpo se me paralizó y devino un susto seco, como un torrente, y el silencio ensordecedor al mismo tiempo que aterrador porque la música que estuvo sonando hace más de 23 años se paró de repente. Los vecinos del frente que vivían de crear contenidos soltaron un grito de horror y enfurecimiento. De pronto, cada una de las voces a las que estábamos acostumbrados por la reproducción constante y simultánea de contenido, series, películas, música, youtubers, todo se enmudeció, lo que no sabíamos era que ese silencio de la incertidumbre no haría más que expandirse.

Sentía la abstinencia de un adicto, frenético, si no tenía ese portal, el acceso a mi mundo, el resto no existía, y yo tampoco. Me temblaban las manos, y para este punto empecé a pensar en todo a lo que ya no tenía acceso. El timing corría, me estaba perdiendo el live session de una de las artistas de Washington que me había contratado hace unos meses para que sea su pseudo manager, sin internet no existo.

Unos cuantos días más tarde me encontré caminando desesperada y con un apuro sin explicación por los pasillos de la casa sin saber qué hacer. El silencio era absoluto, ningún vecino en el edificio reproducía música, estábamos solos, sin saber qué pasaba del otro lado, si es que algo pasaba. La única que podría saber al respecto era la mujer de 40 años que vivía en el 8vo, una de las pocas personas que seguía leyendo y que consumía los diarios de papel porque trabajaba en uno, como si ese fuese un discurso de fiar, me reí. Subí las escaleras porque temía que el ascensor también parase, llamé a su puerta deseando que atienda y que cálidamente me cuente qué estaba ocurriendo, hacerme creer, en realidad.

La mujer atendió vestida en ropas muy cómodas, tenía sus gafas puestas, abrió casi en piloto automático, ni siquiera me miró, solo me hizo pasar con cierta indiferencia, estaba completamente concentrada leyendo el diario local.

Ensimismamiento, pánico, ansiedad, paranoia, caos. Anotó con puño y letra prolijamente a pesar del apuro en una hoja blanca y gruesa, escuché el trazo de la birome negra, acto que me pareció arcaico. Asumo que venís con todas tus preguntas y lógicamente esperas respuestas, no las tengo. Aún estamos trabajando en eso. Nadie sabe si el Internet volverá, al parecer hubo una especie de ruptura y es probable que deje de existir, sonrió fríamente al mismo tiempo que fijó su ojos penetrantes y vidriosos en mis pupilas, y sentí un escalofríos que no tardó en helarme el cuerpo de golpe.

Voy a prestarte unos discos, libros, revistas, cuadernos, biromes, lo que quieras para que puedas habitar este espacio, y señaló mi cuerpo. El timing seguía corriendo, de pronto me vi bajando las escaleras con varias cajas pesadas de contenido “cultural” como lo llamó la del 8vo.

Empezaron a surgir todo tipo de ideas, intenté aprovechar el cuaderno y la birome, pero me encontré con un cuaderno repleto de hojas ya usadas, la birome estaba seca, como yo lo estaría pronto si mi persona deja de existir en ese otro mundo llamado virtual, si allá no estoy, acá tampoco. Llanto desenfrenado y temblor corporal. Y ahí, de golpe, el silencio es penetrado por la voz de aquellos que lloraban el duelo de perderse en la era más digital de la historia.
El problema de esta Era es que el cuerpo deja de ser tuyo, dijo Hernán, sentado en su balcón que también daba al mío. El punto es que todo es tan virtual, como si las experiencias de y a través del Internet fuesen nuestras, cuando en realidad el cuerpo aparece sumiso, y lo único presente es nuestro yo inconsciente que cree vivir esas experiencias.

Tengo miedo de olvidar los artistas que escucho, de no tener más acceso a todo ese campo cultural, tengo miedo de desaparecer, Hernán, Interrumpí del otro lado del balcón, no tardó en responderme mientras disfrutaba la calada de su cigarro la pregunta se difumina, ¿soy?: Error Not Found, y yo tampoco, continuó diciendo hasta que de nuevo el silencio.

Los meses pasaron, el Internet no volvió. El tema era de una incertidumbre a nivel universal, no sabíamos qué pasaba en Rusia por ejemplo, pero sí teníamos la certeza de que era algo que nos pasaba a nivel internacional. Recibimos mensajes de textos: Momentáneamente no precisamos tus servicios, éxitos en la nueva búsqueda laboral, equipo empresarial. Claro, nos habíamos quedado sin puestos de trabajo porque no había materia prima. Los influencers y creadores de contenidos perdieron todo, esos sí que dejaron de existir, y en un par de semanas la gente los olvidó. Como si no hubieran existido. Había que inventar una nueva moda, perseguir algo en conjunto: se les ocurrió pintar grafitis en las ciudades vírgenes de paredes blancas o grisáceas, pulcras. Decían que era un gesto de antaño, cuando en realidad era de acá no más. Entonces, de pronto, veíamos las paredes grafiteadas, y ellos creyendo inventar algo nuevo, el hombre se repite constantemente, pensé.

Las bibliotecas volvieron a abrir, y de a poco la gente se encontraba leyendo la palabra escrita, permanente y fijada a través de la historia, entonces surgió una nueva ola de fascinación: todos a leer, duró muy poco, cosa de no más de dos semanas porque los “lectores de la nueva ola” no tenían la paciencia que se requiere para emprender semejante acto intelectual.
Las casas de computadoras, celulares y dispositivos, que antes eran novedosos, tuvieron que cerrar porque ya no había demanda, el comercio estaba parado hacía casi 12 meses. Hubo una ola de suicidios masivos. Vivimos el terror en conjunto, experimentamos la carne del cuerpo, yo empecé a escribir. Nos mudamos juntos con Hernán, descubrimos el diálogo humanístico y queríamos explorarlo.

De pronto, después de un apagón, las computadoras dejaron de funcionar, hubo un ataque masivo a todas las placas madres activas. Volvimos a atravesar lo que para nosotros era una catástrofe, lo impensado estaba ocurriendo, y con eso nosotros nuevamente dejábamos de ser, nos difuminamos con la era electrónica que algún día fue y duró poco. Muchos del barrio se dejaron morir, no sabemos si a modo de protesta, depresión, hambre o locura, pudo haber sido todo eso. Sospecho que es la tecnología vengándose de la raza humana por hacer que todo sea tan superficial. Le dimos poder a algo que es mucho más poderoso que nosotros. Hernán anotaba sus ideas porque se le estaba ocurriendo un ensayo.

Es como si no existiéramos. Perdimos todo, los archivos, los registros de cosas, el contenido, nuestro trabajo. Yo me perdí. Decía una señora que hablaba con otra en la vereda de enfrente, el silencio era tal que podíamos oír la respiraciones de los otros: sofocante y desesperante. Los supermercados y comercios tuvieron que volver a hacer sus registros a mano, era una catástrofe hacer las cuentas con las calculadoras y los tickets manualmente. Muchos de aquellos influencers consiguieron trabajo como Ayudantes de Escrituras y Cuentas, crearon un sindicato para este sector, hasta resultó cómico. Otros decidieron irse por completo, dejaron sus cosas y desaparecieron. Creo que eso era lo más digno.

Es más digno desaparecer que reinventarse, repetía una señora que esperaba el colectivo, mientras leía las noticias del nuevo diario de papel que se había inventado, bajo un sol que ardía y nos dejaba colorados. La única luz que mi generación conocía era la de la pantalla. Aparecieron más casos de melanoma, un cáncer que hasta ese momento había desaparecido hacía al menos 20 años. La gente salía nuevamente a las afueras, y el sol directamente los enfermaba sin darle demasiada chance de ganar la batalla, habrán muerto más de 15.000 personas por melanoma en las últimas 4 semanas.

Sin saber, nos convertimos en la generación más torpe que había existido, lo único inteligente era la tecnología que había creado el ser humano, pero hasta eso nos ganaba ahora. Hubo un club de Los Pobres Idiotas que organizaba muertes comunitarias para dejar de ser, porque para muchos esto ya era insoportable, difícil de asimilar y atravesar, lo admito. Pero la muerte inducida me parecía una exageración. Cada vez éramos menos, no sabíamos qué pasaba del otro lado del río. Nuestra especie se resumía en simples mortales estúpidos, ignorantes, ordinarios. La tragedia griega terminaba siendo comedia en comparación a esta realidad, el horror era tal que yo no podía ni siquiera llorar.

Con el Error 404 también nos hemos perdido nosotros, yo nunca supe quién soy, ahora tampoco. Hernán estaba sumido en una filosofía extraña, mezclaba historia, física cuántica, y existencialismo. Tenía anotaciones de ideas por doquier: La caída del imperio Internetoso / con Internet: ¿soy o no soy? / La Caída del Internet: Era de los Idiotas. Se reía cada vez que intentaba husmear, pues yo no lo comprendía, él estaba solo, en su abismo. Pero cada quien atravesó esto como pudo.

Muchos perdimos también el contacto con nuestras familias, no podíamos viajar en aviones porque en el último tiempo - antes que caiga Internet- los aeropuertos y naves se conducían de manera digital. Varias veces pensé en llamar a la vieja línea de casa, pero no sabía los números ni tampoco tenía acceso a un teléfono fijo, hacía años que los públicos no se usaban y los celulares ya no recibían llamadas, únicamente funcionaban para enviar mensajes de textos acotados de no más de 100 caracteres.

¿Existe algo más terrible que saberse solo, desorientado, borroneado? conservaba algunas fotografías, y las miraba de vez en cuando para no olvidarme de sus rostros, apenas si recordaba la cadencia de sus voces y el sonido de sus risas en tiempos alegres. Mis amigos ya no estaban, se habían caído con el Error Not Found, apenas lograba el contacto con Hernán que estaba cada vez más ido entre sus ideas, libros, y juegos del lenguaje.

Lo terrible es esperar, señorita. ¿Usted sabe hace cuánto espero que Internet se recomponga?, ¿sabe todo lo que perdí?, ¿sabe usted que el Internet era mi vida, es decir, que para ser yo necesitaba Internet?, ahora no sé quién soy, si todo lo que fui ya no soy. Caí con el Internet, y no soy el único eh, a todos mis amigos les pasa, a mi generación. Era terrible trabajar en Asistencia al Consumidor de Internet; había conseguido un trabajo de medio tiempo en el área de telefonía porque era el sector con más demanda, después de Ayudantes de Escrituras y Cuentas o Acompañante Terapéutico a los Sin Psiquis -que era la enfermedad que se había generado desde la caída de la era digital-.

Debo admitir que me resultaba nefasto escuchar cada uno de los 120 casos que tenía que atender por día, realmente abrumador, si bien cada uno duraba no más de 5 minutos, era desgastante. Cada vez que me ponía en línea, temía que uno de mis familiares estuviera del otro lado, quizás postulé para esto buscándolos, quién sabe. El trasfondo es que yo sabía que era una especie de curro porque para poder acceder a estas llamadas increíblemente breves e inútiles -porque no les servíamos del todo a esas pobres almas desesperadas- ellos tenían que adquirir un dispositivo especial que sólo se conseguía en la Casa de Telefonía Espectacular que se dedicaba a construir estos elementos carísimos, los que no podían costearse terminaban o en uno de esos talleres que eran más accesibles, o bien divagando en calles desnudos y tirados a su suerte.

El tiempo seguía avanzando y con ello, las calles tenían más papeles pegados en las paredes, los grafitis estaban siendo tapados, enmudecidos por estos anuncios de la nueva tendencia, había de todo tipo, de talleres sobre cómo aprender a leer e interpretar textos, jugar ajedrez, escribir coherentemente y cohesivamente, arreglar electrodomésticos, y fabricar Enciclopedias, esta última era la más cara. Hernán se anotó en todas y se lo veía más feliz y racional, ese estado duró por un tiempo porque volvió a caer hasta que le diagnosticaron Sin Psiquis. Ahí volví a sentir el terror porque los pocos médicos que quedaban en la zona eran inexpertos, los casos que surgían eran todos distintos y se utilizaban como métodos de ensayo, les hacían toda clase de estudios para determinar el causante y la posible cura -si es que lo había-.

Llegó el punto donde Hernán había perdido completamente el habla, sus ojos ennegrecidos como un par de pozos profundos miraban cualquier punto y no volvía de sí, apenas si podía comer sin asistencia, tuve que dejarlo en la clínica de área. Los médicos habían creado El Laboratorio Para Sin Psiquis, aparentemente se había formado una nueva carrera que duraba solo meses y que les enseñaba a obtener la psiquis y “arreglarla”, todo esto me parecía poco creíble, pero en algo había que creer. Como no teníamos acceso a la información más allá de la que circulaba en los diarios de papel, y en las enciclopedias, nada sabíamos.

También se fundó el comité de Científicos que intentó crear nuevas computadoras, pero como no se tenían las viejas como ejemplo, -porque ninguna funcionaba hacía más de 5 años-, todo intento por acercarse a la tecnología fue fallido.

Siguieron apareciendo más casos de melanoma, y Sin Psiquis, a nadie le interesaba realmente socializar porque cada uno se sentía una isla, eso aprendí en un curso de Cómo Sentir lo que Siento, que duró no más de 4 clases y me aburrió porque era redundante y estúpido, seguía sintiéndome tonta. Sin querer adopté la hora del llanto como rutina antes de dormir. El cuerpo empezaba a temblarme más seguido y tenía que hacer un esfuerzo enorme para sentir que mi yo no se escurría.

El silencio se volvió desmesurado, hacía años que ya nadie oía música, ni videos, tampoco se podía consumir material cultural audiovisual de ningún tipo. El único acceso a la música que yo tenía -en secreto- eran los discos de la señora del 8vo que me dio antes de morirse. Pero nunca pude oírlos porque no tenía el reproductor de cds, ni cuadernos con hojas blancas, ni biromes con tinta, todo intento con el arte, más allá de los tallercitos, era fallido. Empezaba a entender a Hernán en su isla, el ensimismamiento como un intento de acercamiento a un más allá, como hacíamos con la Era del Internet que ahora era parte del pasado y nosotros éramos los restos de eso que fue y ya no es, y probablemente nunca vuelva a ser.

Emprendí la búsqueda de una Casa De Libros, después de la tendencia masiva de lectura de que duró menos que un estornudo, en los últimos 17 años la gente dejó de leer obras en físico porque era mucho más cómodo leerlos en línea. Recorrí la ciudad que ahora permanecía toda grafiteada y embadurnada en anuncios cada vez más estúpidos y llena de gente sin rumbo, desconectados de su propio cuerpo, como si su psiquis estuviese en otro lugar, un espacio que fue destruido. Encontré la Casa de los Libros, un señor no muy viejo atendió mis preguntas que yo trataba como urgentes, conseguí lo que se llamaba La Guía Telefónica, artefacto de antaño que desconocía hasta esa tarde febril y amarillenta de enero. El viejo también me brindó información útil sobre donde conseguir teléfonos fijos, dada mi prisa, vio que necesitaba uno, elemento que conseguí a dos cuadras y que tardé en aprender a usar porque las teclas parecen sencillas a simple vista, pero la marcación de los códigos era otro cantar.

Me vi sentada en el suelo fresco y semidesnuda intentando descifrar el funcionamiento y la lógica de la Guía Telefónica que contenía -según el viejo- todos los números de los teléfonos fijos que se habían fabricado hasta el 2003, después de eso dejaron de usarse. El sonido de lo que me pareció una melodía de guitarra me distrajo, permanecí atenta como esperando oír más, pero quizás era mi imaginación. Retomé la concentración y busqué minuciosamente por zona, hasta que encontré Argentina - Misiones -, y di con el viejo número de la casa de mis padres. Todavía sigo marcando, aún no me atiende nadie.

A través de las ventanas abiertas ingresaba el calor febril entremezclado con la luz de un atardecer débil, y el sonido de una guitarra o un acordeón a lo lejos, y un canto tan suave que apenas si se oía entre el silencio ensordecedor y la humedad agobiante. Me apresuré por encontrar de dónde provenía esa sonoridad tan dulce, y de pronto un silbido claro como si el músico estuviese ahí no más. Y de nuevo la melodía de la guitarra, y ahora la voz de alguien que canta prolijo y casi divinamente, me vi sonriendo después de años. Vio todo lo que hace la música, dijo alguien que sigo buscando entre los pocos vivos que quedan porque en algo hay que perderse, pensé, y silbé bajito en un intento de hallar al cómplice que todavía espero mientras a veces creo oír aquella melodía que se borronea entre la brisa caliente y mi perpetua espera que deviene en olvido.

Mara Luft

Inédito. Luft es profesora de Letras, egresada de la UNaM.

Blog de la autora: Rizoma.

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