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Sobre la brevedad de la vida

martes 31 de enero de 2023 | 6:00hs.
Sobre la brevedad de la vida

Por Kostas Vrachnos Doctor en Filosofía - Para Ethic

¡Alma tonta! ¿Qué Acto de Legislatura hubo para que fueras feliz? Hace un rato no tenías siquiera derecho a ser. Thomas Carlyle.


¿Qué valor tendrían el oro o el diamante si a cada paso tropezáramos con una veta o un yacimiento? En su rareza y su escasez están las principales razones de su preciosidad. Análogamente (y por ingenuo que suene), basta con sospechar la contingencia ontológica de la existencia del mundo o, si se prefiere, la improbabilidad cósmica de la Tierra y de la presencia del hombre sobre ella. El mundo podría tranquilamente no brillar, al igual que nosotros podríamos no haber tenido la inmensa oportunidad de ver su luz, aunque dure un abrir y cerrar de ojos. La brevedad es la condición de la belleza y el precio que se paga por ella.

En efecto, en absoluto estamos autorizados para emitir juicios o hablar de estadísticas a ese nivel, pues el cosmos tiene el aspecto, el contenido y el funcionamiento que tiene, y huelga decir que nos parecería igualmente arbitrario, absurdo, admirable, milagroso, tremendo, misterioso, sobrenatural o –al fin y al cabo– natural, en el caso de que fuera totalmente distinto. Siempre nos veremos condenados a asumir lo metafísico como normal y a contentarnos con titubear enunciados en el fondo tautológicos.

La naturaleza, en su cara accesible, con sus leyes y sus límites, no es ni una cárcel ni una camisa de fuerza, sino la única posibilidad realizada y por realizar del mundo, la propia manera de ser del ser. Los entes son (y son como son) gracias a ella. No hay o, al menos, no conocemos hasta hoy ningún otro campo de aparición y acción que este extraordinario planeta (de ocho mil millones de almas) con sus características y sus infraestructuras, cuyos finitos elementos y fenómenos representan y reproducen la infinita misteriosidad del existir.

Una de las propiedades fundamentales de la vida –que recuerda con su invariabilidad las constantes universales, como por ejemplo, la gravitación– es la finitud temporal de los entes vivos, incluida en el esquema completo “nacimiento-evolución-declive-muerte”, que se despliega siempre dentro de un determinado plazo, según las especificaciones de la especie, y que no puede superar unos cuantos años (el promedio máximo de vida roza los 80, mientras que el techo de pervivencia se ha registrado a los 122).

Lo singular de los seres humanos radica en que tienen plena conciencia de dicha finitud objetiva e inescapable, la cual, sin embargo, experimentan subjetivamente como brevedad, irreversibilidad y mortalidad, en líneas generales a disgusto, como una injusticia que denuncian y combaten. No obstante, se rebelan contra aquello que precisamente hace de su vida a la par posible y preciosa: olvidan que la fugacidad y la caducidad les compele a fomentar la elaboración de un sentido, un valor y un plan para su estancia o paso.

Ante semejante limitación ontológica e imperfectibilidad antropológica, el hombre se ve obligado a refugiarse a y contentarse con compensaciones (cultura, ciencia, tecnología) que, según el filósofo Odo Marquard, contrarrestan las carencias físicas mediante rendimientos sustitutivos o restituciones. Pero, se sabe bien que “quien quiere algo más que las compensaciones, aviva en el campo de la finitud humana la ilusión de la absolutidad, es decir, el delirio de la grandeza”.

Véase aquí la paranoia transhumanista, originada en la preocupación desmesurada por el yo, que se focaliza en el máximo placer y la preservación a toda costa del individuo, sin darse cuenta de que esta egolatría crea un perfecto círculo vicioso en el que –como convienen todas las tradiciones espirituales– quedan excluidas tanto las posibilidades de sentido y de felicidad como las de paz interior y de salvación. El yo tampoco se percata de que el excesivo cuidado por la dicha socava los intentos de alcanzarla y que la agonía de la muerte aumenta de acuerdo con el grado de la individualización.

Resulta que aquello a lo que antes se aspiraba mediante el milagro y la intervención divina, o se soñaba para el más allá (la eterna juventud, la inmortalidad), se pretende conseguir ya en su disfraz secular (la lozanía, la duración indefinida) mediante los avances de la ciencia. Menuda ingenuidad. «La vida eterna sería tan enigmática como la presente», advirtió Wittgenstein. Es ingenuo quien cree que el adelanto tecnológico traerá la resolución de las penas y las ansias existenciales que aquejan al ser humano.

Cada uno envejece como ha llevado su propio proceso existencial, y es muy raro que una juventud ingrata conduzca a una vejez grata (lo que no quita el deber de la sociedad y la obligación del Estado de asegurar que las personas podamos envejecer y morir en las mejores condiciones). Quien no sabe apreciar el tesoro de una vida efímera y perecedera ¿cómo va a hacerlo en su versión duradera y perpetua? Así que nada cambia con simplemente añadir años a la vida.

Lo crucial es añadir vida a los años, sean cuantos sean. Que el breve tiempo que separa el nacimiento de la disolución (Marco Aurelio) puede ser bastante si se sabe aprovechar (Séneca). Suficiente no será nunca. Pero algo es algo, y más vale adoptar una actitud de agradecimiento por haber nacido, aunque sea para morir en un santiamén. Conviene recordar y cambiar contexto a las palabras de Baltasar Gracián: «Lo breve, si bueno, dos veces bueno». Ahora bien, para quienes no estiman particularmente la vida también hay consuelo, pues “lo malo, si poco, no tan malo”.

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