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Las hormigas carnívoras

domingo 12 de junio de 2022 | 6:00hs.
Las hormigas carnívoras

Un viajero metropolitano y dos peones del país que una noche acampaban al raso de la selva de Misiones, fueron despertados a las tres de la mañana por insoportables picaduras que como alfilerazos candentes les aguijoneaban el cuerpo entero. En el primer momento el viajero no supo a qué atribuir eso, pero la voz de los peones lo libraron muy pronto de dudas.

-¡La corrección, che patrón... Añamenby!

Los dos paraguayos se quitaban de encima camisa y pantalón, trepando a un tronco quemado. El viajero hizo lo mismo, desde luego con mucha menor rapidez para su mal, y tirando lejos la ropa, trepó a su vez al tronco con sus compañeros, que con velocidad increíble se restregaban todo el cuerpo, para arrancarse -literalmente, las hormigas prendidas a su piel.

Por su propia cuenta el viajero ejecutaba igual maniobra, hasta que libres por fin de ese tormento, quedaron de pie, inmóviles.

Abajo, entretanto, las pequeñas hormigas que llaman allí en Misiones “corrección” o “correzón” según los brasileños, acaso con más acierto, proseguían corriendo en filas apretadas, tan densas y veloces que semejaban ríos negros.

Son éstos en sí bonitos; lo malo es que cada hormiguita de las que componen el río, es esencialmente carnívora y muerde con increíble violencia, muy parecida al aguijonazo de una avispa. El dolor de la mordedura sufre dos o tres exacerbaciones agudas como nuevas punzadas. Suele durar todo diez minutos; raras veces más. Pero cuando las temibles hormiguitas que se han insinuado bajo la ropa son decenas o centenas, se comprende bien el estado de rabiosa locura que provocan.

Felizmente los tres viajeros habían sentido sobre sí la vanguardia de la corrección; y ahora, mientras esperaban estoicamente que el ardor del cuerpo entero cesara, los densos ríos de hormigas pasaban y pasaban velozmente por bajo el tronco.

Aunque era verano, las altas noches son en Misiones sumamente frescas. De modo que a la figura ya un tanto rara de los tres hombres desnudos sobre el árbol de miedo de las hormigas, se agregó el frío haciéndolos tiritar... ¿Pero con qué abrigarse, si seguramente todo servía de camino acolchado al río de hormigas?

Hasta que, al rayar el día, un peón, poniendo un pie prudente en la hojarasca, a modo de anzuelo, pudo constatar que la corrección había pasado por fin, con lo cual los tres hombres, helados de frío, bajaron y se vistieron con una velocidad bien comprensible. Pero apenas el viajero se había puesto los calzoncillos, cuando lanzando un ¡añamembrú! mal pronunciado, pero no menos terrible de energía, se arrancó los calzoncillos en dos pedazos, y saltó como un mono al árbol.

Los paraguayos se rieron. Ellos avezados a esas chanzas, habían tenido la precaución de arrojar su ropa sobre unas ramas, de modo que las hormigas, después de explorar arduamente aquello, habían descendido. El viajero, en cambio, había tirado su ropa al suelo, y bajo ella -en plena hojarasca familiar a sus hábitos-, la corrección se había retardado algo.

A semejanza de las demás familias de hormigas, en la corrección se hallan individuos de talla mucho mayor, seguramente los jefes del ejército. Son, como sus súbditos, de color negro brillante, y como ellos sumamente veloces. Esta velocidad es la característica de las tales hormigas. Marchan en zig-zag rapidísimas, llenas de inquietud y frenética urgencia, dando la impresión más bien que de cacería, de aterrorizada fuga. Aparecen de pronto en la huerta, en la casa, sin que se sepa en verdad de dónde vienen. Pero la persona que al recorrer un vivero o unos cuadros de verdura, nota de pronto gran agitación entre sus habituales grillos y langostitas, y los ve saltar y huir apresurados de un determinado lugar, puede estar seguro de que la corrección ha entrado allí. En efecto, los ríos negros comienzan su cacería. En el más insignificante agujero del suelo, las hormiguitas se precipitan literalmente dentro, con un valor -cuando se trata de una cueva grande- realmente admirable. En los pequeños agujeros hay grillos, grillos-topos, langostas, arañas, escolopendras, alacranes. En las tinieblas comienza entonces la lucha. La primera hormiguita que desciende se lanza ciega sobre el sombrío refugiado y clava los dientes. Si el animalucho es un inofensivo grillo, todo marcha bien. Si es un alacrán, la hormiguita sucumbe, como la segunda, como la tercera, como la cuarta. Pero por las paredes del antro las hormiguitas siguen precipitándose, y pronto la bestia se debate enloquecida, desgarrada, sujeta de las patas por el millón de diminutas fieras que logran por fin inmovilizar a la víctima. Las hormigas que continúan llegando se lanzan entonces contra la presa impotente, y la devoran viva.

A veces, sin embargo, la lucha es mucho más seria. El agujero que la corrección ha tallado indica claramente por su tamaño, redondez y lisura de paredes, que se trata de una cueva de víbora - comprendiendo entre éstas a la cascabel o yarará, que alcanzan a 1.80 metros con el grueso de una botella de cerveza. No importa: el río de hormigas se precipita sin titubear en el insondable abismo, y sólo Dios sabe lo que pasa allá. La cueva sirve a la serpiente de tumba a su arrollado esqueleto, o bien el animal sale afuera, y si la suerte está con ella se salva. Este coraje de las pequeñas fieras se extiende a cuanto ser vivo se halla a su paso, y no parece sino que el tamaño del enemigo acrecentara su hostilidad. Desde la lombriz de tierra al tigre, todo ser portador de carne o sucumbe o cede el terreno a los incontrastables ríos negros. Así, cuando la corrección invade una casa, se oye cacarear a las gallinas, aullar a los perros atados, mugir a las vacas en el corral. La fuga es la única salvación posible, y un buey sería devorado vivo hasta el blanco de los huesos en un lapso de tiempo no superior a cuatro días. Por ventura no es común que los animales estén sujetos, y no siempre los ríos de corrección son suficientemente densos y numerosos para producir tales catástrofes. Sin embargo, estos ríos se desbordan a veces hasta unirse con otros y entonces es un verdadero mar negro de cinco o diez metros de ancho que avanza. Y como las hormigas son muy lustrosas, y sus movimientos rapidísimos y zigzagueantes, todo eso produce sensación de viboreo que absolutamente nada de agradable tiene.

Su guarida habitual parece ser el monte y salen en invierno, comúnmente las tardes en que ha llovido. Al llegar la noche están en plena campaña de caza, y esto tiene para los pobladores un grave inconveniente. En efecto, cuando el aseo de la casa que visita la corrección no es excesivo -y en este caso se hallan casi todos los ranchos, las hormiguitas encuentran mucho que devorar: desde arañas, piques, vinchucas y demás, hasta los desperdicios que inundan la casa y la propia ropa de los habitantes. En estos bienaventurados lugares, la corrección se instala por tres o cuatro días, hasta que el más insignificante animalucho y despojo carnívoro ha sido devorado.

La casa queda así perfectamente limpia, y por eso los peones del territorio veneran a la corrección. El inconveniente apuntado consiste en que si la invasión es numerosa, es menester abandonar el rancho a las hormigas y acampar afuera bajo heladas de 5 y 6 grados bajo cero. Y todos, hombres, mujeres, chicos, entregan la plaza al enemigo a trueque de ser también devorados vivos. Cuando la corrección se va por fin, hay seguridad de que el rancho está limpio. Pero si no se han tomado precauciones, junto con los piques, vinchucas, ha desaparecido también la grasa del más desprovisto peón.

Por lo general, el habitante se da cuenta del ataque cuando la corrección está dentro, y desde el catre ve, tras un brusco salto, que un río negro corre por la paja. Los peones aseguran que la terrible fierecilla es suficientemente maligna para trepar a la paja y desde allí dejarse caer sobre el infeliz durmiente a fin de devorarlo. Otros, en cambio, afirman que la corrección sólo ataca a los seres vivos que se mueven; basta hacerse el muerto para librarse de sus dientes. Quien haya puesto la mano inerte al paso de un río negro para verificar el dicho, adquiere hondas convicciones al respecto.

En resumen, tanto como es la contrariedad de la familia arrojada en tres saltos fuera del rancho y obligada a lanzarse al agua si el ataque es formidable, es grande la dicha del chacarero que ve su huerta invadida por la corrección, pues es sabido que la langostita indígena, “tucura”, ocasiona tantos perjuicios como la hormiga “cortadera”, que no es poco decir. Si el chacarero es feliz poseedor de un almácigo de yerba, tanta mayor felicidad: del grillo y grillo-topo, no quedará sino el agujero solitario donde vivieron. Mas si el mismo chacarero tuvo un colmenar próspero, con marcos bien nutridos de crías, de toda esperanza sólo restarán los alvéolos huecos, si es que la misma cera no es devorada como se ha observado una vez. Todo lo cual dice que sumando contrariedades y beneficios, la alegría que proporciona la corrección es bastante aleatoria.

Ahora, como medida de defensa, parece que el agua sola basta. La acaroína en solución de cinco por ciento es absolutamente eficaz, y una regadera basta a preservar la casa y la propia piel de un malón monstruo.

Horacio Quiroga

Del libro La vida en Misiones. Quiroga vivió varios años en San Ignacio. Algunos de los libros publicados: Historia de un amor turbio; Cuentos de amor locura y muerte; Cuentos de la selva y El desierto

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