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La realidad de Al-Qaeda hoy

sábado 08 de mayo de 2021 | 6:00hs.
La realidad de Al-Qaeda hoy

Ya ha pasado una década de aquel 2 de mayo en el que Barack Obama anunció que Estados Unidos había liquidado a Osama Bin Laden; el líder de Al-Qaeda y por años el hombre más buscado del mundo. Aquel día ya muchos lo olvidan, y la villa pakistaní en la que durante al menos cinco años se estuvo refugiando el terrorista ya tan solo es un solar en estado de abandono sobre el que juegan los niños del lugar. Y como Bin Laden, como la villa convertida en bunker y ahora solar, la idea de una victoria definitiva sobre Al-Qaeda y el terrorismo yihadista, sólo es un vago recuerdo.

Una década después, Al-Qaeda ha aprendido que atacar directamente a Occidente es contraproducente, pero sigue siendo una organización fuerte que ha extendido sus tentáculos por la Península Arábiga, el Subcontinente Indio, el Magreb, el Sahel o el Cáucaso, e incluso dentro de Europa, en Bosnia y Herzegovina. Algunas de sus filiales, como Hayat Tahrir al-Sham en Siria, han logrado que su mensaje cale en ciertos periodistas y ‘think tanks’ occidentales que desde su patetismo intelectual blanquean sin escrúpulo alguno al infame grupo terrorista. Otras filiales, como Al-Shabaab, no necesitan disimular su discurso ni sus intenciones porque –como hacen en el Cuerno de África– tienen una gran capacidad operativa que les permite controlar territorios sin que les tenga que importar la postura internacional.

Una década después y con Al-Qaeda descabezada, se dio paso a un liderazgo mucho menos carismático como es el de Ayman Al-Zawahiri –ahora se cree que muerto–, y con ello, lejos de marcar la victoria global contra el terrorismo, solo se dio pie al surgimiento de nuevos grupos terroristas entre los que no tardó en destacar el Estado Islámico de Abu Bakr Al-Baghdadi. Si bien tras la muerte de Bin Laden Al-Qaeda apostó por un pragmatismo de no agresión a Occidente en sus tierras, el Estado Islámico se decidió a librar una guerra mundial, llevando la violencia y el sadismo de sus métodos a todos los rincones del mundo. Hoy, el Estado Islámico ha quedado descabezado con Baghdadi muerto, ya tampoco controlan territorio estable, y sin embargo, siguen cometiendo matanzas en Irak, en Mali o en Burkina Faso, llegando en algunos territorios a ocupar portadas internacionales con sus operaciones, como sucede en Mozambique.

En Afganistán la situación no ha mejorado tampoco. Los talibán continúan imparables con su ofensiva, capturando al Estado afgano bases y localidades de manera ya sistemática. En ese contexto, el que fuera el mayor bastión seguro de al-Qaeda –junto a Pakistán–, lo sigue y seguirá siendo. De hecho, los militantes de al-Qaeda, que se han diluido entre los Talibán complicando detectarlos y diferenciarlos, han elevado el mensaje prometiendo estos días una guerra contra Estados Unidos en todos los frentes, si no cumplen con su abandono definitivo de Afganistán.

Una década después del asesinato de Osama Bin Laden, Al-Qaeda está muy debilitada. Tras años combatiéndolos, el grupo terrorista cada vez tiene más complicado mantener sus comunicaciones y estructurarse de manera centralizada, dependiendo así más de sus filiales por todo el mundo. Pero la decadencia de Al-Qaeda, que no ha sido capaz de volver a atacar en el corazón de Europa y Estados Unidos, no es consecuencia directa de haber descabezado la serpiente, sino más bien de las divisiones dentro del yihadismo internacional. Es la consecuencia de estrategias fallidas y agendas propias. Es la consecuencia de que habiendo sido derrotados en Siria, por ejemplo, una de sus mayores filiales haya querido alejarse de la matriz. Como es consecuencia de que en Yemen la derrota de sus aliados tácitos frente a los hutíes haya marginalizado y desplazado al desierto a Al-Qaeda en la Península Arábiga. Es la consecuencia del surgimiento del Estado Islámico, que prometiéndose más radical y más violento, con una capacidad bélica que se ha demostrado mayor, que llegó a establecer un califato funcional (el poco tiempo que duró, eso sí), absorbió a una grandísima parte de la militancia terrorista de Al-Qaeda y varias de sus filiales.

Y del mismo modo, una década después de la eliminación de Bin Laden, es complicado hablar de una victoria sobre el terrorismo. Porque las consecuencias han sido simplemente la aparición o adaptación de nuevos tipos de actividad terrorista. Porque los patrocinadores de ‘la base’ nunca han desaparecido. Porque tras ‘dar caza’ a Bin Laden, no tardó ni un lustro en aparecer una figura igual de carismática y peligrosa. Y tras matar a Baghdadi, no tardará en aparecer otro demonio. ¿Por qué? Porque solo se mata al líder; a un líder que la organización asume que terminará muriendo, y si es combatiendo, mejor. Porque se mata al líder pero no se ataca a la raíz del problema.

No se desarticula su red ni se castiga a los jeques, capos y países que patrocinan y comercian con estas organizaciones criminales. Se ignora el caldo de cultivo; porque en Occidente, con el líder muerto, se vive en una quimera de supuesta seguridad donde aparentemente la amenaza ha desaparecido. Y aparentemente la amenaza ha desaparecido, porque ya no ataca París, Londres, Washington, Roma, Madrid… o al menos no ataca de manera tan sangrienta –porque los ataques no han cesado aunque cada vez sean menos y menos letales–. Pero que ha desaparecido es algo solo aparente, porque la ideología sigue existiendo, la base sigue existiendo, y aunque ya no se ataque las capitales europeas, las víctimas se siguen contando por cientos en Níger, en Mali, en Pakistán, en Irak… Sólo en abril, solo en Irak, se han registrado 80 operaciones de Isis. Afganistán, en un único día, ha registrado 164 ataques talibán. Estas son cifras que siguen aumentando cada día.

Por Alberto Rodríguez García
Periodista especializado en Oriente Medio
Para Actualidad.rt.com

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