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El pacto de la selva

viernes 18 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
El pacto de la selva

Hasta la década de 1870 el centro-norte misionero, hasta inmediaciones de San Pedro, estaba en manos de guaraníes tupíes; aunque parezca increíble, “los blancos” no habían podido posicionarse en esa zona donde los manchones de yerba mate silvestre abundaban. Se conocía la zona como la Campiña de Américo, y más al este, Campo Eré, en territorio brasileño

Finalizada la Guerra Grande, el proceso inmigratorio tomó impulso y una de sus consecuencias fue el incremento en la demanda de yerba mate por adopción de la costumbre de consumir la infusión entre los recién llegados, sumado a la competencia creciente en ese mercado con Brasil y Paraguay, el primero con la empresa Mate Larangeira a la cabeza -ocupaba mano de obra local- y la Industrial Paraguaya, que explotaba los imponentes yerbales de Tacurú Pucú.

En el año 1874, Juan Goicoechea -empresario del rubro- impulsó una expedición a cargo de Fructuoso Moraes Dutra, un “descubiertero” famoso y confiable en su época, baqueano brasileño, conocedor de la lengua y las costumbres tupíes, de los recursos de la selva, jangadero y pescador experimentado. Sus sapucais eran emblemáticos en la región, al igual que el grito “¡pinta yerba!” cuando encontraba un manchón, experto como pocos.

La comitiva ubicó yerbales de grandes dimensiones que prometían cosechas de miles de arrobas; Felipe Tamareu oficiaba de Comisario de Yerbales por entonces, e informó el hallazgo al gobierno correntino, pidió apoyo para la explotación y también dio aviso de la presencia de una tribu “hostil” en el área.

La historiografía tradicional da cuenta que por entonces existían dos caciques muy reconocidos en Misiones agrupando a los nativos: Maydana y Fracrán.

Este último jefe indio era casi una leyenda en la región; implacable en el resguardo del territorio nativo, estaba secundado por gran número de los pobladores tupíes de la región.

Francisco Maydana tenía unos diez años cuando su padre, el maestro de postas Roque Maydana, lo llevó en una expedición encabezada por Jacinto Galeano, en 1845 o 1846, que desde Santo Tomé salió en busca de yerbales silvestres en el Alto Uruguay misionero; fueron atacados y solo se salvó el niño, cautivo de los tupies; en el tiempo sus dotes y virtudes de líder fueron manifestándose y madurando hasta enfrentar la autoridad de Fracrán y ser designado cacique de un grupo de nativos enfrentados con el jefe señero. Ambos, pese a su rivalidad, compartían el criterio sobre mantener alejados a los “blancos” de la zona y por décadas lo habían conseguido.

El gobierno autorizó una nueva expedición para “abrir una picada” en los manchones descubiertos, Moraes Dutra solicitó unos veinte hombres armados, pero sólo le proporcionaron seis. La pequeña comitiva se puso en marcha, el objetivo: la aldea de Maydana.

Cuando llegaron a ella… Aquí nace el mito, el relato romántico o políticamente correcto. La aldea estaba desierta y sus habitantes escondidos esperando para emboscarlos. Se cuenta que Moraes Dutra -revólver a la cintura, machete en la espalda y escopeta apoyada en el brazo derecho- marchó solo, cruzó en medio de cuarenta y pico de tupíes y trató de dialogar con Maydana; tras unos momentos de mucha tensión, ambos depusieron las armas y se logró consensuar el permiso para abrir las picadas mulateras y proceder a explotar los yerbales.

Así, el área comprendida entre Corpus e Iguazú quedó al alcance de los industriales yerbateros. Este acceso siguió su curso hacia el Centro y Este de Misiones, bajo la atenta vigilancia de los grupos fieles a Fracrán, que se mantuvieron en el área.

Tiempo después, Maydana fue invitado a Posadas primero, donde fue agasajado por las autoridades; más tarde fue conducido hasta la ciudad de Corrientes, donde se repitieron las lisonjas, y desde allí lo llevaron a Santo Tomé, de donde era originario, y fue contactado por habitantes que conocían a su familia y su historia.

A fines de la década de 1880, Tamareu informó al enviado del gobierno correntino Alejo Peyret la existencia de yerbales en Santa Ana y San Ignacio. Desde allí, un manchón se ubicaba hacia la zona de Campo Grande y Campo Nuevo, con importantes dimensiones; un yerbal nuevo entre los ríos Uruguay y Paraná, también manchones considerables en Paranaí, Garuhapé, Piraí y aún más al norte, unas 3 a 5 leguas hacia el interior; otro yerbal inmenso en cercanías del arroyo Aguaray-Guazú, al norte de Piray, y varias leguas tierra adentro; más yerbales cerca del Uruguaí, otros en inmediaciones del río Iguazú que llegaban hasta los saltos, y el gigantesco yerbal de la zona de San Pedro, que nacía al final de la picada que salía desde Piraí y de manera perpendicular al río se adentraba al este, y que fuera el motivo del “pacto” con Maydana.

El relato romántico del llamado “pacto de la selva” es tan breve como inverosímil y no tiene ninguna referencia concreta sobre el destino de Bonifacio Maydana, salvo la duda sobre su reinserción en la sociedad santotomeña… abandonando la vida “salvaje”. Resulta por lo menos sospechoso que siete hombres armados -Moraes Dutra y comitiva- enfrentaran a más de ciento cincuenta tupíes y simplemente “convencieran” a su jefe de autorizar el paso de los “blancos”. En adelante, en el relato se apela -tal vez sin intención- a la esencia “blanca” de Maydana, ya que antes que “indio” era uno de ellos, por lo tanto no cabría la figura de traición sino de sentido común…

Ha pasado casi un siglo y medio desde aquel encuentro entre “la civilización y la barbarie”, en el que triunfó la primera sin mayor esfuerzo a pesar de la superioridad numérica de los segundos. Todavía repetimos el relato casi sin revisión ni crítica, aceptando mansamente que el potencial económico de la yerba silvestre se impuso sobre el acervo nativo.

Hasta el próximo viernes, ¡el año que viene!

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