2026-10-18

Día de la Madre con un lazo de amor y creatividad

La pasión murguera, ese sentimiento con el que madre e hija crecen juntas

Carina Spinozzi, directora del elenco de la Murga del Monte, y Federica Gargano, su hija, construyeron una historia de crianza, arte y afectos, con un espacio común, el teatro comunitario en Oberá, que las mantiene unidas a la vez que andan sus propios caminos

Carina Spinozzi y Federica Gargano comparten el vínculo de madre e hija y la pasión por el teatro. La Murga del Monte, el grupo de teatro comunitario de Oberá, forma parte de sus vidas desde que Federica era una bebé.

Hoy, mientras Carina sigue vinculada al proyecto que ayudó a construir y que dirige, su hija comienza a asumir nuevos roles y a encontrar su propio camino dentro de ese mismo espacio artístico.

Para Federica, la Murga del Monte estuvo siempre ahí. No hay recuerdos de una vida anterior a ese lugar, porque, como ella misma lo explicó, prácticamente nació entre sus paredes.

Su mamá ya formaba parte del proyecto cuando llegaron sus hijos, primero Valentino y luego Federica. Desde entonces, el teatro comunitario se convirtió en mucho más que un espacio de actuación, fue parte de su crianza, de sus vínculos y de su historia familiar.

“Para mí no existe nada antes de la Murga, porque yo no conozco nada antes de la Murga”, contó Federica. Lo que para otros pudo haber sido una actividad a la que se sumaron con los años, para ella fue algo natural. Creció viendo a su mamá dirigir, compartiendo ensayos y rodeada de personas que, con el tiempo, también se volvieron parte de su familia.

Experiencia maravillosa

Carina recordó esa experiencia como algo maravilloso. Para ella, la Murga siempre tuvo una dimensión familiar que iba más allá de su casa. Cuando nacieron sus hijos, ese entorno se amplió con una red de compañeros que acompañaron los embarazos, la crianza y el crecimiento de los chicos, “había como una cantidad de tíos y tías acompañando ese proceso”.

Esa posibilidad de criar a sus hijos en un lugar que ella misma había elegido y consideraba valioso fue una de las experiencias más significativas de su maternidad. Carina destacó que la Murga es un espacio donde encontró “cuidado, creatividad y una manera de compartir valores”, incluso en medio de las diferencias y las dificultades propias de cualquier grupo.

Sin embargo, compartir el mismo lugar no significó que la relación entre madre e hija se trasladara al escenario. Carina relató que siempre intentó respetar los procesos de sus hijos y evitar que su rol de madre se confundiera con el de directora. Las correcciones y las devoluciones no eran una obligación por ser familia; muchas veces, eran ellos quienes se acercaban a preguntarle cómo resolver una escena o qué les recomendaba.

Federica, por su parte, aseguró que nunca sintió esa experiencia como una presión. La Murga era parte de su vida y así la vivió, aunque reconoció que en su casa, “las canciones y los diálogos de las obras podían aparecer en cualquier conversación”.

Crecimiento y caminos

Con el paso de los años, los hijos comenzaron a construir sus propios caminos. Valentino se fue a estudiar a Posadas y Federica empezó a desarrollar su vida de manera independiente. La casa familiar cambió, y también lo hicieron las formas de encontrarse. Pero la Murga siguió siendo un punto en común.

“La Murga es un espacio que nos conecta, que permite que sigamos como en sintonía de un montón de cosas”, explicó Carina.

Los fines de semana continúan siendo una oportunidad para compartir tiempo, ponerse al día y encontrarse en torno a una actividad que forma parte de la historia de ambas.

Federica también extraña aquellas pequeñas rutinas que antes parecían habituales como levantarse juntas, tomar mate, jugar a algo o sentarse a conversar. Y hay algo que rememoró especialmente, “los almuerzos familiares”, una regla de la casa que nunca se negociaba, incluso cuando las actividades de cada una hacían difícil coincidir.

“Por ahí extraño el guiso de mi mamá, que ahora no sé cómo hacer para que me salga tan rico”, precisó entre risas.

Carina, por su lado, extraña llegar a casa y encontrar el movimiento de antes, las habitaciones habitadas y ese ir y venir de gente que llenaba los días. Hoy, con sus hijos más grandes, aprende a convivir con el silencio y con las nuevas formas de estar cerca.

Nuevo espacio

En ese crecimiento apareció también una nueva etapa para Federica. Actualmente coordina el espacio Semillas, dedicado a las infancias dentro de la Murga del Monte. Una tarea que disfruta y que, reconoce, tiene relación con su interés por los chicos y con su deseo de ser madre algún día.

Para Carina, verla asumir ese rol es una sorpresa y un motivo de orgullo.

Durante mucho tiempo intentó alentarlos a tomar responsabilidades dentro del proyecto, aunque sus hijos no siempre aceptaban. Ahora, ver a Federica construir su propio recorrido, tomar decisiones y trabajar junto a otros compañeros le permite observar cómo ese espacio que los vio crecer también puede transformarse con las nuevas generaciones.

En ese proceso hay algo que Carina procura cuidar: acompañar sin ocupar el lugar de su hija. Aunque conoce la Murga desde sus comienzos y tiene una larga historia dentro del grupo, hoy intenta mantenerse a cierta distancia para que Federica y sus compañeros puedan desarrollar sus propias ideas.

En vísperas del Día de la Madre, la historia de Carina y Federica habla de una maternidad atravesada por el arte, pero también por la libertad de crecer, elegir y construir una identidad propia.

La Murga del Monte fue el lugar donde compartieron los primeros años, donde encontraron una familia más amplia y donde todavía pueden encontrarse, aunque sus vidas ya no transcurran bajo el mismo techo.

Porque a veces el vínculo entre una madre y una hija no necesita de grandes declaraciones para mantenerse vivo.

Puede estar en una charla después del ensayo, en un mate compartido cuando los horarios coinciden, en una canción que aparece durante el almuerzo o en el recuerdo de un guiso que todavía ninguna receta logra igualar.

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