2026-07-18

El impostergable desafío de humanizar la inteligencia artificial

La inteligencia artificial (IA) es sin lugar a dudas el motor visible de nuestra cotidianidad. Desde los asistentes virtuales que gestionan nuestras mañanas hasta los complejos algoritmos capaces de diagnosticar enfermedades con precisión milimétrica, la tecnología avanza a pasos agigantados. Mucho más de lo que imaginamos.

Sin embargo, este vertiginoso desarrollo técnico expone una grieta profunda: la velocidad de la innovación corre el riesgo de dejar atrás nuestra propia humanidad. Un algoritmo puede calcular la probabilidad de reincidencia de un detenido o decidir la aprobación de un crédito bancario, pero no posee la facultad de evaluar la redención, el arrepentimiento o la desesperación de un individuo.

Humanizar la IA significa, en primera instancia, diseñar tecnologías que actúen como amplificadores de nuestras virtudes y no como sustitutos de nuestros vínculos. Esto implica que los equipos de desarrollo no apuesten sólo por ingenieros de sistemas, sino que integren de forma activa a filósofos, psicólogos, artistas y sociólogos. Es esta la llamada  gobernanza tecnológica con perspectiva humana que ya comienza a erigirse en ámbitos académicos y en algunos espacios de gobiernos

La reciente aproximación entre el gobierno argentino y el magnate tecnológico Peter Thiel, cofundador de la controvertida firma de Big Data Palantir Technologies, ha encendido los debates sobre el futuro del sistema democrático. Ante la proximidad de los comicios legislativos y presidenciales, la posibilidad de que sistemas avanzados de inteligenciaaArtificial intervengan en la estrategia y la gestión de datos públicos plantea un interrogante ético urgente. La tecnología promete una optimización analítica sin precedentes, pero expone un riesgo sistémico: la conversión del ciudadano y votante en un simple vector numérico manipulable en base a likes, visualizaciones o posicionamientos en redes.

Frente a la corriente de desregulación tecnológica extrema que busca consolidar mercados libres de control estatal, la humanización de la IA exige poner un freno ético al determinismo de las máquinas.

Humanizar la tecnología aplicada a la política significa garantizar de forma transparente que las herramientas de macrodatos respeten la privacidad fundamental y las garantías constitucionales.

Las plataformas algorítmicas no poseen empatía, sentido común ni noción del bien común; procesan patrones de datos, pero no interpretan las realidades socioeconómicas o el dolor de una población. Por ello, el desarrollo técnico debe estar supervisado por comités multidisciplinarios y marcos regulatorios que devuelvan el control real a los individuos.

 En este nuevo escenario, la necesidad de humanizar los algoritmos deja de ser una discusión filosófica para volverse una urgencia democrática.

¿Las urnas seguirán representando la expresión soberana de una sociedad o serán simplemente el resultado predecible de un experimento de optimización informática?

Por Carolina López Forastier
Especialista en Derecho e IA. Catedra DDHH (Unam)

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