2026-06-28

El guaraní y la city XI: ¿Qué mirás, kurepi? Andá pa’ allá

Por Estefanía Baranger Doctora en Lingüística, licenciada en Letras. Docente (UBA)

Hace algunos días la selección paraguaya pasó a la historia tras la suspensión de Miguel Almirón por taparse la boca en un intercambio con un rival turco. La escena fue la primera aplicación de una nueva regla de la Fifa destinada a combatir expresiones discriminatorias dentro de la cancha. Pero, según Gustavo Alfaro, técnico argentino de la selección paraguaya, todo el episodio podría haberse evitado fácilmente: ¡Le hubieses dicho de todo en guaraní, qué te va a entender! Es como que a mí me insulten en turco. Sin embargo, el racismo como tal no parece ocupar un lugar central en el repertorio de injurias paraguayo, donde encontramos —además de los clásicos que cualquier misionero reconocería sin problemas— verdaderas piezas de poesía popular como jagua ry’ái ‘sudor de perro’, para personas o eventos insignificantes; ñandejára taxi ‘el taxi de Jesús’, homenaje al burro que lo transportó a Jerusalén, para quienes no gozan de agilidad intelectual; y molde vai arpa forro ‘deforme como forro de arpa’, una imagen cuya crueldad poética habla por sí sola.

La realidad es que, además, el guaraní no es ajeno a las canchas de fútbol. A David Galeano Olivera, presidente del Ateneo de Lengua y Cultura Guaraní, le resulta gracioso cómo la prensa boliviana se sorprende por los “códigos secretos” entre los jugadores de la albirroja en la Copa América del 2011, que no son más que llanos intercambios en su lengua materna. Proliferan entre los jugadores verbos imperativos en segunda persona del singular, que se identifican con la e- inicial: einupa ‘pegale’; emuña ‘seguilo’ o embojeroky ‘bailalo’; o acompañados por modalizadores, como el -ke final en jaháke ‘¡vamos!’ o pejopyke ‘¡aprétenlo!’. Este -ke en guaraní acompaña pedidos —o más bien órdenes— dotando de urgencia lo que de otro modo podría ser una sugerencia, y es el mismo que encontramos en nuestra ya conocida advertencia ¡chake! —como en ¡chake la víbora!— que no es más que el verbo echa ‘ver’ y este marcador lexicalizado.

Pero la historia de esta ventaja táctica paraguaya no empieza ni termina en una cancha. Durante la Guerra de la Triple Alianza, Francisco Solano López utilizaba la lengua para comunicarse con sus tropas, y de aquel conflicto nos quedó a los argentinos el mote kurepi, formado por kure ‘chancho’ y pi, apócope de pire ‘piel’, en referencia a las polainas de cuero usadas por nuestros soldados. Décadas más tarde, durante la Guerra del Chaco, el general José Félix Estigarribia incluso dispuso que el guaraní fuera la lengua oficial de las comunicaciones militares paraguayas. Los códigos incluían términos como ambere ‘lagartija’ para los cañones de 75 milímetros, kururu guasu ‘sapo grande’ para ciertas ametralladoras pesadas y kuña ‘mujer’ para municiones o proyectiles —pensemos que los norteamericanos harían algo parecido con los célebres code talkers navajos y comanches, pero solo recién durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque sospecho que el uso más práctico del guaraní en combate era otro: distinguir rápidamente a los propios de los otros. Quienes vieron la última de Paul Thomas Anderson, recordarán que Leonardo DiCaprio pasa buena parte de la trama intentando recordar una contraseña que le permita demostrar que es parte del bando correcto. Acá bastaba con pronunciar cualquier palabra en guaraní para evitar el fuego amigo.

Ahora bien, ¿no es curioso que una lengua hablada por millones de personas, oficial en un Estado, enseñada en escuelas, utilizada en medios de comunicación y hasta en el Parlamento paraguayo siga siendo catalogada por la prensa como un “código secreto” cuando irrumpe en el escenario internacional? Concordemos en que ningún periodista se atrevería a hablar en los mismos términos del finés o del alemán, a pesar de que en este contexto serían funcionalmente análogos —y acá le anoto un punto a Alfaro que puso al guaraní y al turco al mismo nivel. Parecería que a las lenguas indígenas —o, en este caso, de origen indígena— siempre les faltan cinco para el peso: incluso cuando son admiradas es precisamente porque se las sigue considerando excepcionales en ciertos ámbitos. Algunos elogios, a veces, no son más que condescendencia bien maquillada.

Pero el vínculo entre la cancha y el guaraní aparentemente dista mucho de agotarse en estas armas secretas. Según el gran estudioso del período jesuítico Bartomeu Melià —no encontré paráfrasis posible para atenuar la afirmación que sigue—, los habitantes de las antiguas misiones habrían sido los verdaderos pioneros en todo esto de jugar a la pelota usando los pies que tanto nos fascina. La tesis, retomada por el director paraguayo Marcos Ibáñez en el documental Los guaraníes inventaron el fútbol, se apoya en las cartas anuas enviadas por los jesuitas a Europa durante el siglo XVIII. Allí se refieren al manga ñembosarái, un juego que se practicaba los domingos —y nada más dominguero que un partido de fútbol, agrega Melià— en las plazas de los pueblos misioneros y que enfrentaba a dos equipos corriendo detrás de una pelota de caucho. De hecho, Antonio Ruiz de Montoya ya registraba vocabulario relacionado con esta resina y su uso para la fabricación de pelotas en 1639, y el mismo Melià atestigua su presencia en pueblos guaraníes que aún no habían tenido contacto con la sociedad envolvente. ¿Tal vez el verdadero secreto paraguayo no sea el idioma, sino llevar varios siglos de entrenamiento?

Vaticino que los europeos no deben estar muy interesados en abrir este debate, pero, si Melià tiene razón, los ingleses no inventaron el fútbol: apenas lo tradujeron. Y mientras esperamos el día en que la Fifa decida revisar la historia oficial, siempre quedará disponible un recurso menos diplomático para los momentos de tensión: terehóna ejapiro túnare, algo así como ‘andá a masturbarte contra un cactus’, firme candidato guaraní para competir con el inmortal ‘¿Qué mirás, bobo? Andá pa’ allá’. Porque si al mundo le gusta imaginar el guaraní como una ventaja táctica, sería una pena no aprovecharla.

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