2026-04-29

Las cosas: Borges y la memoria en lo mínimo

El poema introduce una idea más inquietante: no es el sujeto el que pierde el tiempo, sino el tiempo el que deja de alcanzarle. Hay más vida recordable que vida disponible

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

 

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

 

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,

láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

 ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.

Jorge Luis Borges, ‘Las cosas’

Con esta enumeración inicial, Borges nos sitúa en un territorio engañosamente simple: el de los objetos cotidianos. Sin embargo, desde los primeros versos, queda claro que no estamos ante una lista, sino ante un proceso más íntimo y más grave: una despedida.

El poema avanza con una lentitud deliberada. Cada objeto aparece como si fuera observado por última vez. No hay acumulación sino pausa. Borges no reúne cosas: las deja ir. Y en ese gesto transforma lo mínimo en algo esencial. Porque esos objetos —el bastón, las monedas, el llavero— no son meras pertenencias: son fragmentos de identidad.

El bastón habla de la fragilidad del cuerpo; es apoyo, pero también señal de límite. Las monedas, en cambio, son impersonales: pasan de mano en mano, sobreviven a cualquier dueño. El llavero introduce otra dimensión: la de los accesos, los espacios que alguna vez fueron propios y que ahora empiezan a volverse ajenos. En los últimos años de su vida, ya ciego, Borges dependía de estos objetos como anclajes táctiles de lo real. Eran su forma de sostener el mundo.

A partir de allí, el poema introduce una idea más inquietante: no es el sujeto el que pierde el tiempo, sino el tiempo el que deja de alcanzarle. Las “notas que no leerán los pocos días que me quedan” no hablan solo de olvido, sino de insuficiencia. Hay más vida recordable que vida disponible. En esa tensión, Borges se acerca a una intuición proustiana: lo que persiste no son los hechos, sino las huellas —siempre frágiles— que dejan.

Los “naipes y el tablero” desplazan la escena hacia la metáfora del juego. Vivir es también participar de una partida cuyo final se aproxima. Como en tantas zonas de su obra, Borges sugiere una convivencia entre azar y estructura: el destino es, a la vez, cálculo y misterio. Un laberinto en el que creemos elegir, pero cuyo diseño desconocemos.

El poema se vuelve entonces más íntimo: “un libro y en sus páginas la ajada violeta”. La imagen es mínima y, sin embargo, contiene una densidad afectiva notable. Esa flor seca funciona como un monumento, pero no uno de piedra, sino de fragilidad. Conserva una emoción detenida —quizás amorosa— y encierra una de las paradojas centrales de la experiencia humana: algo puede ser, simultáneamente, inolvidable y ya olvidado. No retenemos los hechos, sino su intensidad.

Más adelante, el “rojo espejo occidental” donde arde “una ilusoria aurora” introduce una torsión del tiempo. El ocaso se vuelve amanecer. Borges sugiere que el tiempo no es una línea, sino una construcción perceptiva, acaso circular. No hay un orden fijo, sino una forma de mirar.

Hacia el final, la enumeración se expande: “láminas, umbrales, atlas, copas, clavos”. Ya no se trata sólo de lo íntimo, sino del mundo entero. Esos objetos “nos sirven como tácitos esclavos”: obedientes, silenciosos, siempre disponibles. Pero la relación es ilusoria. Lo cotidiano, como en Kafka, contiene una extrañeza latente: aquello que creemos dominar es, en realidad, lo que evidencia nuestra fragilidad.

El cierre evita cualquier énfasis dramático. Es sobrio, casi impersonal: las cosas perdurarán. No sabrán que nos hemos ido. El mundo continúa, indiferente.

En ese punto se revela la verdadera operación del poema: Borges no enumera objetos, enumera despedidas. Cada cosa dice, en silencio, “esto fue mío” y al mismo tiempo “esto quedará sin mí”. La vida aparece entonces como algo que sucede en lo mínimo —en lo casi invisible— pero que no nos pertenece del todo.

Y acaso ahí resida la ironía final: creemos habitar las cosas. Pero son ellas las que, silenciosamente, nos sobreviven.

Por Gisela Colombo
Escritora y docente

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