Tenía 17 años y preparación militar en la Infantería de Marina
“Los únicos héroes que hay son los que quedan en Malvinas”
En la redacción lo conocemos como Pocho o Pochocho y es una de las personas más entrañables que camina por la redacción de este medio de comunicación. Es parte de la historia de El Territorio, pero sobre todo de la memoria viva y destacada de esta nación. Rodolfo Ramírez -como lo bautizaron sus padres- tenía apenas 17 años cuando desembarcó en las Islas Malvinas. Hoy, con 61, casado con Mabel con la que tuvo dos hijos -Martín y Marcia- y cinco nietos, su voz es una de las tantas que sostienen el testimonio de la guerra, cuando se cumplen mañana 44 años de aquel 2 de abril de 1982.
“Con 15 años y medio yo ya sabía que quería eso”, recordó sobre su decisión de ingresar a la Infantería de Marina, que a diferencia de otros jóvenes fueron a las islas sin preparación militar. Aunque su padre inicialmente se opuso, la intervención de su padrino fue clave para que finalmente pudiera entrar a la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (Esim), en Mar del Plata.
La formación fue exigente, tanto física como mental. “Tuvimos una instrucción durísima”, contó. La disciplina incluía no sólo el entrenamiento militar, sino también la finalización de los estudios secundarios. “Tenías que forjarte no solo en la parte física, psíquica, también en el aula”, resumió.
En 1982, recién egresado, fue destinado al Batallón de Artillería de Campaña N° 1, con asiento en Puerto Belgrano, donde se desempeñaba como jefe de pieza de un obús de 105 milímetros. Pero lo que parecía una etapa más de su formación pronto se transformaría en algo mucho mayor.
“Nos mandan de comisión por algo de la instrucción, que era muy fuerte”, explicó. Al poco tiempo fue seleccionado junto a otros efectivos para participar de lo que inicialmente se presentó como “un ejercicio complejo en el Sur”. “Nos dijeron que era una operación compleja, pero nosotros ya algo sospechábamos”, relató. El aislamiento era total, dado que no podían salir del batallón ni tener contacto con el exterior.
El 28 de marzo marcó un punto de inflexión. Fue un domingo cuando vieron algo extraño, todo el batallón fue formado junto a los hangares donde estaban los cañones. La plana mayor realizó una especie de acto y los saludó uno por uno. “Nos dijeron que teníamos que poner todo para la misión”.
Fue así que embarcaron en el rompehielos ARA Almirante Irízar. A bordo también viajaban integrantes del BIM-1 y efectivos del Regimiento 25, donde estaba el misionero teniente Roberto Estévez. La travesía duró cinco días. Durante el viaje, la incertidumbre convivía con la intuición. “De día podíamos salir a cubierta y veíamos columnas de navíos, fragatas, corbetas… y decíamos ‘qué complejo es este ejercicio’”. La confirmación llegó casi al final del viaje y Pocho recordó que fue un guardiamarina quien les dijo que se iban a Malvinas.
La antesala del desembarco
El 1 de abril a través de los altoparlantes, una arenga atravesó todos los buques: “Nos dice que vamos a ser parte de la historia, que fuimos seleccionados para cambiar la historia después de casi 150 años de usurpación inglesa”.
Ese mismo día hubo una misa en el hangar, que rememoró que fue “un poquito fuerte” y que la bendición del religioso impactó en muchos. Así, recordó una escena que lo marcó: “Me encontré con un soldado que estaba llorando… me dijo que no tenía instrucción, que no sabía nada y que al otro día íbamos a la guerra”. Él intentó tranquilizarlo: “Le dije que ellos iban a bajar más tarde, cuando Malvinas ya esté tomada”.
“A las 6.15 más o menos nos dijeron que teníamos que desembarcar”, contó. La misión de su unidad era hacerlo entre el aeropuerto y la bahía, para luego reunirse con los obuses transportados en vehículos anfibios.
Pero nada salió exactamente como estaba previsto. “No nos bajamos donde se debía, nos dejaron más para atrás del aeropuerto”, explicó que había habido fuego enemigo a los helicópteros. “Antes de llegar al suelo a bajar, ya nos tiramos, con nuestros bolsos y otras cosas”, añadió. Finalmente, lograron reunirse con su artillería y ocupar una posición estratégica.
“Teníamos una vista amplia del pueblo: la iglesia, la Casa de Gobierno, la península Camber y las montañas al fondo”, describió sobre lo que sus ojos vieron al llegar. Desde allí escucharon los primeros enfrentamientos en la Casa de Gobierno. En ese momento, Ramírez fue el protagonista de una orden clave desde su obús, que así lo contó: “Me eligen para la misión de tiro directo y el objetivo era la Casa de Gobierno”.
“Hasta que se rindieron, pero nosotros nos quedamos con adrenalina porque hasta en la guerra hay acuerdos militares y si un enfermero le asiste a un herido, vos no tenés que darle, entonces cuando nos enteramos que dos enfermeros que quisieron asistir fueron heridos, nos agarró una adrenalina, que queríamos ir con el VAR (vehículo anfibio a rueda), con el VAO (vehículo anfibio a oruga) a hacer mierda todo”.
Un regreso inesperado
Su participación en el conflicto se limitó al Operativo Rosario, que tuvo por objetivo el desembarco y la recuperación temporal de la soberanía nacional de las islas. En aquellos días, predominaba la idea de que no habría una guerra prolongada: “Se pensaba que no iban a venir los ingleses, que se iba a dialogar”.
Por eso, tras el desembarco, su unidad regresó al continente. Pero el conflicto escaló. “Cuando ya estábamos en el continente, los ingleses se deciden a venir y se vinieron”, resumió. Desde entonces, vivieron en estado de alerta. “Nuestra misión era hacer un segundo desembarco, que nunca llegó”. La posibilidad de volver estaba siempre latente, hasta que el hundimiento del Crucero General Belgrano cambió el escenario. “Nos bajan línea de que era imposible porque había un submarino atómico, el Conqueror”.
El regreso no significó alivio. Para muchos veteranos, comenzó otra batalla que fue el de ser ocultados, no reconocidos. Pocho rescató, sin embargo, el acompañamiento del pueblo que los acompañó y apoyó.
“La milicia misma nos ocultaba. Los distintos gobiernos nos ocultaron”, lamentó. Ese proceso, conocido como desmalvinización, dejó huellas profundas. “Teníamos todo guardado en una valija, no queríamos hablar del tema, éramos los locos de la guerra”.
En 1984, decidió pedir la baja voluntaria de la Marina porque desde allí también no hubo reconocimiento. Pero tampoco fue fácil reinsertarse laboralmente. “En mi currículum ponía que tenía formación militar, era veterano de guerra, porque era un orgullo, pero no me tomaban”, contó. Esa experiencia fue compartida por muchos excombatientes.
En 1986 consiguió trabajo como chofer en Triade, una empresa vinculada al diario El Territorio. “Ahí nunca dije que era veterano, yo quería trabajar, no quería estar arriba de mis padres, que Dios los tiene en el cielo y le agradezco infinitamente todo lo que hicieron por mí”, mencionó. Pero cuando se enteraron de que era veterano de guerra, al contrario de lo que pensaba, fue reconocido y valorado como veterano de guerra.
“Estoy más que agradecido a la empresa, siempre los compañeros valoraron la causa Malvinas. Cuando se enteraron que era malvinense me empezaron a ayudar con las notas”, reconoció quien hoy es uno de los coordinadores de la Mesa de Producción de la redacción de este medio.
Romper el silencio
Durante años evitó hablar de la guerra. Hasta que su hermana, docente recién recibida, le pidió que diera una charla en una escuela. “Al principio no quería… no había hablado nunca de eso”, admitió.
Esa experiencia fue el inicio de una nueva etapa. “No fue fácil, porque me trajo muchísimos recuerdos”, reconoció, pero entendió la importancia de transmitir lo vivido. Hoy participa activamente en asociaciones de veteranos en Misiones. “Son espacios donde un veterano se reúne… eso es lo más lindo, que seamos unidos y sin diferencia”.
También impulsa la necesidad de cuidar el relato histórico. “Pedimos que en cada establecimiento se corrobore que sea realmente un veterano el que va a dar una charla”, explicó.
A más de cuatro décadas del conflicto, Pocho tiene una certeza que repite cada vez que puede: “Los únicos héroes que hay son los que quedaron en Malvinas”. Se refiere a los 649 caídos quienes dejaron su vida en distintas misiones.
En ese sentido, destacó el rol de los combatientes misioneros. “Acá nosotros tenemos muertos y sobrevivientes del Crucero General Belgrano, tenemos al teniente Estévez, en una misión prácticamente suicida y así lo hizo para que el otro contingente se pueda mover. Hay mucha historia viviente de misioneros que se la jugaron en el campo de combate”, remarcó.
Para él, hablar es una responsabilidad. “Hay que salir a hablar… porque el día de mañana no vamos a estar más”. Su historia, atravesada por la guerra, el silencio y la reconstrucción, es también parte de la memoria colectiva de un país que, cada 2 de abril, vuelve a mirar hacia las islas.
Hoy habrá misa y vigilia
En el marco de un nuevo aniversario del desembarco argentino en las Islas Malvinas tendrá lugar esta noche la vigilia cargada de simbolismo y memoria que reunirá a veteranos de guerra, autoridades y la comunidad en general. Las actividades comienzan a las 22 con una misa de campaña en la Catedral, que estará a cargo del capellán del Ejército, padre Víctor Benítez, y se hará la bendición de nueve antorchas, en homenaje a los soldados misioneros caídos en combate.
Finalizada la misa, los veteranos de guerra iniciarán una marcha hacia el monumento “Islas Malvinas”, ubicado en la Costanera. Se prevé que la columna arribe al monumento alrededor de las 23, donde se dará continuidad a los actos conmemorativos en honor a los caídos y a quienes participaron del conflicto bélico.