2026-02-08

Informe de Domingo

Objetos y museos que guardan memoria cotidiana

Por fuera del circuito oficial hay personas que se dedican a la silenciosa tarea de conservar antigüedades y algunas ya lograron tener un espacio para mostrar sus colecciones. Historias de museos familiares y proyectos de quienes cuidan la memoria y la comparten con la comunidad.

Hay personas que, sin proponérselo del todo, terminan armando museos en silencio. No responden al canon ni catalogan según normas internacionales. Se trata más de un impulso   vital por retener lo que el tiempo amenaza con borrar. El afán museístico de quienes coleccionan objetos del pasado por fuera de la academia suele nacer de una mezcla de afecto, curiosidad y la resistencia de cierta nostalgia. 

Estos coleccionistas no persiguen únicamente el valor histórico ni el prestigio de la conservación “correcta”. Buscan, más bien, salvar fragmentos de vida: una radio con antena, una fotografía en blanco y negro, un teléfono que disca tres dígitos... Cada objeto es huella de una experiencia. Un testimonio de lo vivido que no siempre encuentra lugar en los grandes relatos oficiales. Allí donde las instituciones priorizan lo excepcional, lo datable o lo representativo, el coleccionismo doméstico se permite atesorar lo cotidiano... lo mínimo.  

Neca Ríos guarda en su casa una colección de queridos objetos que pertenecieron a sus familiares. Hoy cada uno de ellos cuenta una historia. Foto: julian grondona

 

En ese gesto hay algo profundamente político, aunque no se lo nombre como tal. Conservar por fuera de las instituciones es disputar el monopolio de la memoria. Es sostener que la historia no pertenece solo a los archivos, también se aloja en casas, galpones en las chacras, talleres, bibliotecas y depósitos. Estas colecciones personales suelen narrar historias locales, familiares, barriales; memorias que no están en los libros pero que sostienen una identidad viva, horizontal,  fronteriza, de los bordes al centro.

Bien de familia

A diferencia del museo formal, donde el objeto se separa de su uso y se vuelve pieza, aquí el pasado no está del todo clausurado. Muchas veces los objetos siguen circulando, se tocan, se cuentan. El coleccionista es así a la vez guardián y narrador, alguien que no solo conserva, sino que recuerda en voz alta. En ese relato oral, el pasado vuelve a respirar y se transmite a las nuevas generaciones.

“Siempre sentí esa atracción por las cosas que me conectaban con mi niñez, con la vida de otra época. Mi hermana, que ya falleció, me decía ‘vos sos una acumuladora’. Y yo me reía, porque hasta los boletos del colectivo quería guardar”, contó Neca Ríos, vecina de la chacra 32 33, que conserva elementos de mucho valor sentimental que pertenecieron a sus familiares en una Posadas que ya no existe.

En esta entrega del informe dominical de El Territorio (páginas 3 a 10) se hablará de estas experiencias de coleccionistas y museos particulares, que están en desarrollo en nuestra provincia contando pasajes de una historia diversa y dinámica, porque la memoria no es un territorio ordenado de una vez y para siempre ni mucho menos neutral. Es una trama hilada de elecciones, de recuerdos, olvidos y afectos.

Memoria que tiene valor

El afán museístico siempre existió en nuestra provincia y en nuestro país, “tiene una larga tradición”, evidenció por su parte la antropóloga Ana María Gorosito Kramer, quien reflexionó acerca de este ejercicio de memoria de las comunidades.

La reconocida investigadora consideró que actualmente hay una transformación en lo que sería el motor de estos museos familiares, locales, y también en la manera en que nos vinculamos con los objetos del pasado, ya sea más cercano o lejano, la experiencia del museo está cambiando.      

“En este presente de incertidumbre, está la necesidad de la creatividad y de saber quiénes eran los que nos precedieron, para saber quiénes somos hoy. Porque sino dependemos demasiado de factores externos que te dicen quién sos con deditos levantados en las redes sociales y eso es muy solitario, muy triste”.

Así, la tetera de la abuela, las carpetas de crochet, manteles bordados, una olla que alimentó a muchos, unas herramientas, un mueble, son testimonios de un pasado que nos liga al origen. “Esas cosas a las que las personas adjudican valor, las guardan, las cuidan, porque esos objetos nos vienen a decir que de algún modo  el pasado nuestro, cotidiano, entra en algún lugar. Esa incertidumbre se combate de alguna manera con el objeto querido que dice ‘yo vengo de ahí, yo soy de ahí’”, sostuvo.

“Creo que sería muy lindo invitar a los vecinos a que amplíen la posibilidad del disfrute de la experiencia museo, cuando reconocen un objeto, cómo se usaba, etcétera, que lo cuenten, que lo digan, porque esto sí también es otra manera de abrir comunidad”, alentó Gorosito a conservar, a contar, a volver a mirar.

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