Reciben visitantes de todo el país
Querían decorar la casa y armaron un museo con casi 2.000 objetos
Estela Gallo y su esposo Rodolfo Betzel están unidos en matrimonio hace décadas y están unidos, también, bajo una pasión. Juntos crearon -dicen sin querer- una de las mayores colecciones de objetos que cuenta parte de la inmigración europea a Misiones, tallas líticas de las misiones jesuíticas y miles de enseres que, de alguna u otra forma, son testimonio del cotidiano vivir de años pasados. Costumbres y oficios que ya se perdieron, se guardan en recuerdos o en fotografías, ellos los traen de nuevo a partir de estos elementos.
El Museo Abolengo, sobre la avenida Güemes 268 de Leandro N. Alem, invita en un recorrido gratuito a viajar al pasado con dos guías que no tienen problemas en contar a quien quiera oír sobre cada una de las piezas que componen el lugar. El sitio ya tiene 16 años y abre de lunes a sábados por la mañana y la tarde, menos los martes (aunque tienen la cortesía de atender a El Territorio en el único día que se toman descanso).
“Con mi esposo comenzamos a juntar cosas para decorar la casa y cuando nos dimos cuenta teníamos más de lo pensado”, abrió el recorrido Estela mientras detallaba los pormenores de los inicios. “Se nos fue un poco de las manos”, agregó él entre risas. Ante el volumen de artículos reunidos decidieron decorar parte de su negocio comercial con algunos de ellos “pero seguíamos teniendo muchas más cosas en la casa. Entonces, este era un espacio verde así que decidimos cerrar y traer lo que podíamos. Y como seguíamos juntando más, esto nos quedó chico y tuvimos que ampliar”.
Hoy día -dijo ella- el museo les sigue quedando chico porque constantemente agregan nuevas cosas.
Pero lo que nació como un hobby por coleccionar no tuvo como fin ser exhibido recién hasta el segundo año en que ya habían reunido un gran número de objetos y tomaron dimensión del valor de cada uno de ellos.
Dependiendo del tamaño o el significado, las cosas se ubican sobre el piso, en mesas o repisas. Y si bien ellos son la cara visible del emprendimiento, todo es netamente familiar y colaboran u opinan los hijos y nietos.
“Cuando la gente empezó a ver lo que lo que había en el museo, lo que lo que fuimos juntando, quiso traer cosas para que se exhibieran también. El tema es que muy poca es la gente que dona, todos te venden. Si es algo que ya tenemos no lo adquirimos, porque ya no tenemos espacio, para que esté abajo de alguna mesa no tiene sentido. Pero si viene algo nuevo, sí”, comentó.
Vivirlo
Así, cuando el público pisa el museo comienza a vivenciar nuevamente su infancia, adolescencia, un primer trabajo o el día a día en la casa.
“En general no hay un objeto que a la gente le guste, sino hay objetos que le traen recuerdos. ¿Por qué? Porque lo vivió. Y la gente mayor es la que más se emociona cuando viene y ve, por ejemplo, las herramientas de trabajo. Dicen ‘esto usábamos con mi papá, con mi mamá, nos teníamos que levantar a tal hora para hacerlo’. Se le llenan los ojos de lágrimas realmente”, así describió Estela lo que sienten quienes visitan el lugar.
Por eso, continuó, “es emocionante, es gratificante que la gente se acuerde y reconozca y valore todo eso. Generalmente los jóvenes todavía no le dan valor. Pero la gente mayor a partir de los 40 sí, que es la gente que vivió en la chacra y después se tuvo que venir al pueblo. Pero los chicos jóvenes no conocen y cuesta identificarse con algo que uno no vivió, a menos que tengas familia en la chacra”.
Joyas
Aunque todos los objetos tienen un valor y sentimiento detrás, hay algunos considerados joyas y son aquellos que, principalmente, remiten a la sacrificada vida en la chacra. “Son más que nada las herramientas de trabajo porque muchas, como podés ver acá la rastra de dientes, al no tener dinero se las tenían que fabricar con madera dura, entonces eso es una joya acá”, dijo al tiempo que comentó que la mayoría de los objetos estaban en casas de familias de Alem o localidades vecinas y algunos incluso llegaron desde Corrientes.
“De este trapiche -contó mientras señalaba un molino utilizado para extraer el jugo de la caña de azúcar- sólo encontramos los rodillos y por eso le dimos a un señor cerca de San Javier y que había fabricado muchos en su época, y él lo armó acá con todas las maderas”, describió sobre otro objeto.
Ni Estela ni su esposo Rodolfo son de Misiones. Ella tucumana y él correntino amaron la tierra colorada a primera vista y el conocer de a poco la historia de inmigración de la provincia los llevó a querer saber más y fue también uno de los impulsos para la creación del museo.
“Mi esposo es descendiente de alemanes, su papá era alemán y yo soy descendiente de italianos. Así que traemos de alguna manera nuestras costumbres y nos adaptamos muy bien y nuestros hijos también”, comentó al respecto.
Y detalló sobre la llegada a Alem: “Vinimos por el trabajo de mi esposo y nos quedamos. Él trabajaba en una tabacalera. Entonces, como lo trasladaban, vinimos aquí hace ya 35 años y nos quedamos. Comenzaron a casarse los hijos, a llegar los nietos…”. Sobre la adaptación a la ciudad dijo que fue “espectacular, yo particularmente me sentí bienvenida”.
Un viaje al siglo pasado
De esta forma, entrar a este museo familiar no es más que un viaje al pasado. Época de hombres con camisas de cuello almidonado, gomina y mujeres dedicadas -mayormente- a los quehaceres domésticos. Algo que es fácilmente apreciable en los objetos y publicidades de reconocidas marcas que se conservan allí desde fines de 1800 a la primera y segunda parte del Siglo XX.
Lavarropas o mantequeras de madera, heladeras Siam a gas o kerosene, sillones de barbería, viejos instrumentos médicos, planchas a carbón, máquinas de coser Singer, viejos teléfonos ya inutilizados, los primeros modelos de televisores o radios donde llegaban las últimas noticias de una Europa en guerra forman parte del itinerario que se entremezcla con los objetos que los colonos usaban en la chacra y reflejan -también- cómo se las ingeniaban ante la falta de recursos materiales y de dinero.
“De todas las provincias tabacaleras, Misiones es la única que tenía esta prensa para tabaco que era de una empresa inglesa donde preparaban el fardo y salía directamente a Inglaterra. Y después también tenemos algo que es solo de acá, la cambota, el tabaco que es para hacerlo en cuerda, esa costumbre vino de Brasil”, detalló en otro punto del recorrido sobre los objetos que remiten a uno de los principales cultivos de la provincia.
Sobre qué tipo de cuidado le dan a los objetos que ya están en la exhibición, indicó: “una vez que ya están expuestos es solo limpieza, pero para la restauración hay veces que necesitamos de un carpintero o pintarlos con laca, si no mi esposo lo hace. A él le gusta eso”.
El recorrido completo demanda aproximadamente una hora o más. Hay mucho por ver y preguntar. Cada una de las piezas no es sólo un objeto inerte. Esconde tras él una historia familiar, vivencias que remiten a alegrías y tristezas de tiempos que hoy permanecen en los libros de historia, pero que en el Museo Abolengo se concentran todos en unos pocos metros cuadrados.
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