Alcibíades en la Argentina de hoy

Miércoles 17 de abril de 2019
Pamela Navarro

Por Rubén Emilio Tito García rubengarcia1976@live.com.ar

En la antigüedad hubo una ciudad-estado exquisita y diferente que brillaba con luz propia como ninguna otra. Merced a su ejército y poderosa flota de mar dominaban toda la región. La riqueza se expandía sin cesar y lo manifestaban  exhibiendo magníficos edificios, residencias y monumentos.
Así como surgieron nuevos ricos y poderosos, también hombres sensibles que se dedicaron al arte de la poesía, el teatro y la escultura. Sabios que intentaron definir la naturaleza de las cosas y explicar que los fenómenos que ocurrían no se debían al capricho de los dioses sino a leyes universales. Y discurrían que bien la vida podía tener origen en el agua, el pneuma, en la misma tierra o en el fuego. Filósofos que decían que la filosofía y el conocimiento del saber eran una misma ciencia y se metieron de lleno a estudiar las matemáticas, la astrología y la biología.
Tuvo su esplendor máximo con la llegada de un gran general estratega y estadista llamado Pericles, quien organizó con los otros pueblos satélites una gran confederación. Los 100 años de su influencia se reconocerían como el siglo de las luces, porque derramó luminosidad cultural en el cielo de occidente. Una de esas ciudades crecía belicosa y ambicionaba arrebatarle el mando hegemónico y así ocupar su lugar. A sus hijos no le interesaban la cultura ni las artes, cultivaban el arte de la guerra y la codicia del poder. A tal punto que no dejaron ningún rastro de civilización de su paso por la tierra, únicamente la historia de sus batallas y la extrema austeridad que practicaban, máxima virtud. Nacían guerreros y morían peleando.
Por supuesto que modos de vida tan distintos y la forma de gobierno -democrático uno y tiránico el otro-, sumado a la ambición de poder, los llevaría a enfrentarse. El choque se produjo cuando ya no existía el gran general estratega. En los 30 años que duró la larga guerra del Peloponeso, Esparta vencería a Atenas.
La debacle posterior en todos los ámbitos de la ciudad luz fue la consecuencia inmediata. Hombres inescrupulosos tomaron el gobierno. La inmoralidad, la corrupción y el peculado estaban a la orden del día. Para colmo, la peste negra azotó la ciudad sembrando muerte, desolación y llevándose parte de los jóvenes que aún quedaban con vida.
Algo parecido sucedió en Argentina. El golpe de Estado del 76 fue nuestra guerra del Peloponeso y la corrupción posterior su consecuencia. Al parecer se llevó a los mejores jóvenes de la generación  de los 60 y los 70, porque los que sobrevivimos no les estamos dejando un país decente a nuestros hijos y nietos. Por el contrario. La democracia anda en silla de ruedas, los partidos políticos nacionales son hilachas de las otrora organizaciones de pensamientos sólidos y discusión continua, perdidosos con razón por partidos provinciales.
La política de Estado dura exactamente lo que dura el gobierno de turno al mando de la república. Y los sucesores no rescatan nada bueno de los que se fueron y pretenden refundar el país con nuevos esquemas y modelos. Siempre al tanteo. Acusaciones entrecruzadas, algunas muy ciertas otras infundadas, ensombrecen la actividad política del país y nadie sabe dónde está la verdad. Y si bien no se tuvo la peste negra, se padece de la fiebre amarilla, el dengue y la leishmaniasis, entre otras pestes que pululan en este nuestro mundo globalizado.
¿Hasta cuándo seguiremos así? ¿Vendrá cambio alguno, alguna vez?  Por lo menos no deben perderse las esperanzas como aconteciera en la vieja Atenas, pues en medio del caos quedaron hombres brillantes que se encargaron de levantar la moral del pueblo y educar  al soberano dentro de valores éticos. Sobre todo poniendo énfasis en la juventud y en su renovación para que bien gobernara en el futuro.
Dejaron a un lado la discusión del origen de la vida, los fenómenos naturales y los antojos de los dioses para concentrarse en la enseñanza del ciudadano, del hombre común de carne y hueso inculcándoles los valores de la convivencia, la civilidad y la gobernabilidad. Y que el gobernante debe gobernar a favor del bien común y no para satisfacer apetitos personales. Remachaban que no hay democracia sin libertad ni justicia ecuánime. Y que éstas descansan en el respeto a las instituciones y las leyes.
De todos ellos, quien más sobresalió fue Sócrates, que tuvo como recompensa una pléyade de brillantes discípulos como Platón, otro maestro universal. Pero cuidado, también tuvo de alumno a Alcibíades. Joven apolíneo, de rica verba, dúctil funcionario y gran estratega. Pero tenía tres defectos: era soberbio, inescrupuloso y ambicionaba poder. Su ambición lo llevó a traicionar a su patria peleando al lado de los espartanos. Acusado de traición, por estos, se fue con las huestes del persa Darío y luchó contra la magna Grecia. Siempre al lado del poderoso de turno y sin rumbo fijo.
En Argentina también tenemos Alcibíades. No son de temer cuando se tratan de pequeños borocotó, o simples garrochistas que van saltando de uno a otro lado. Porque al final, estos, a lo sumo, deberán rendir cuentas a sus votantes.
En cambio, los Alcibíades que se mueven en las altas esferas del poder y ambicionan cargos elevados o ser presidente, son los peligrosos, porque soberbios no conocen el rango de la injusticia y traicionan, como el venal y escurridizo agrónomo actual. De ellos debemos cuidarnos y, a la vez, rogar que aparezcan muchos Sócrates en nuestra sociedad.

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