A medio siglo del fusilamiento de Valle

Domingo 18 de junio de 2006
Junio 16 de 1955. Aviones de la Armada Argentina bombardearon lisa y llanamente a la población que paseaba por las calles de Buenos Aires en plena Plaza de Mayo. Querían meterle miedo al presidente Perón para acelerar su derrocamiento. En aquella oportunidad hubo más de 300 civiles muertos, en una clara acción del ejército contra la población.
Pero aquel sector militar que odiaba al gobierno peronista y a su líder, apoyado por sectores políticos, religiosos y civiles, derrocó al Presidente Perón en septiembre del mismo año. Segundo acto de atropello militar contra el orden institucional en tres meses.
Con Perón en el exilio, y una vez en el poder, la autodenominada "Revolución Libertadora" se empeñó en destruir todo lo que fuera peronista. Inició una feroz persecución a militantes justicialistas, además de prohibir todo lo que estuviera relacionado con el peronismo.
Bajo un decreto-ley, se prohibió con prisión cualquier mención o manifestación con símbolos justicialistas y empezó así la proscripción del movimiento.
Pero la violencia y la muerte seguirían en manos del aquel gobierno defacto que tanto daño le haría a la vida política argentina desde aquellos años hasta el presente.
El 9 de junio de 1956, un levantamiento protagonizado por un sector del Ejército, liderado por el general Juan José Valle, y donde también participaron civiles, intentó devolver el poder al gobierno peronista, pero fue abortado desde sus inicios y sus miembros fusilados en manos de la dictadura del entonces Pedro Eugenio Aramburu. Era el tercer acto, pero no el último, ya no sólo de infamia sino de un terrorismo de Estado embrionario que iniciaría una triste tradición dentro de las Fuerzas Armadas.
La política de los “libertadores”
El golpe contra Perón fue encabezado por la derecha militar antiperonista, junto con el aval logístico de sectores también de derecha y antijusticialistas.
El 16 de septiembre de 1955, Perón era obligado a dejar el cargo, milicias obreras presionaban para resistir el atropello militar, y se presagiaba una guerra civil sangrienta. Pero el propio presidente frenó tal acción, y la respuesta impotente terminó con la quema de algunas iglesias.
Dentro de los golpistas existían claros enfrentamientos. El gobierno quedó a cargo del nacionalista Eduardo Lonardi, aquel de la frase: "ni vencedores ni vencidos". Lonardi era un conciliador que quería derrocar a Perón pero que no estaba de acuerdo con destruir las políticas implantadas por el justicialismo. Se negó a intervenir la CGT y a desmantelar la cúpula del aparato obrero peronista; y sumado a denuncias que lo culpaban de haber dejado escapar a Perón hacia el Paraguay, fue obligado a renunciar a su mandato que duró menos de dos meses.
El sector de la extrema derecha militar ganó la pulseada y fue reemplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, militar que contaba con el respaldo de la Armada, encabezada por el almirante Isaac Rojas, que sería su vicepresidente.
Aramburu hizo con los sindicatos lo que no acordó Lonardi y, además de intervenir la CGT e ilegalizar al peronismo, anuló la Constitución de 1949 y la reemplazó por una vuelta a la de 1853 con sus sucesivos cambios, y hasta convocó ilegalmente a una reforma en 1957.
A pesar del ampuloso nombre, con la "Revolución Libertadora" la libertad estuvo lejos de ser efectiva y la Argentina quedó sumida en un régimen militar que entre otras cosas permitió el ingreso al Fondo Monetario Internacional y con ello la agobiante dependencia financiera que hoy aún sufrimos.

La resistencia fusilada
Entonces todo estaba prohibido para los militantes peronistas. Sumado a que Perón estaba exiliado, a que el cadáver embalsamado de Evita había sido secuestrado y ultrajado, y a que miles de presos políticos habitaban en las cárceles, un sector del justicialismo comenzó a ver la manera de restaurar el orden constitucional y lograr la vuelta de su líder a la presidencia.
El fracasado levantamiento peronista en el que hubo militares y civiles fusilados, tuvo dos jefes, los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, que se ocultaron tras el fracaso. Valle se entregó y fue acribillado, y Tanco logró asilarse en la embajada de Haití.
El régimen de Aramburu, merced a los trabajos de inteligencia, tenía conocimiento de que se estaba planeando una resistencia, y hábilmente preparó una serie de decretos donde se declaraba la Ley Marcial y el fusilamiento de los responsables del levantamiento. Fue una estrategia  de escarmiento, para la cual era necesario que la insurrección fuera efectivamente realizada.
La noche del 9 de junio se preparó la avanzada peronista. Tres focos aislados lograron levantarse en Buenos Aires, La Plata y en la ciudad de Santa Rosa, La Pampa. La improvisación y el conocimiento por parte del régimen, fueron los causales de la rápida derrota, que fue efectiva a pocas horas de iniciado la insurrección.
Los derrotados del 9 de junio fueron masacrados en los basurales de José León Suárez, en Lanús, en cuarteles del Ejército y la Armada y en la ex penitenciaría de Las Heras y Coronel Díaz en la ciudad de Buenos Aires.
Tres días después, el 12 de junio se procedió a la ejecución de Valle junto a otras 23 personas. Pero la lista completa fue muy extensa y hasta algunos salvaron sus vidas, como Julio Troxler, luego asesinado por la Triple A durante el gobierno de María Estela Martínez.
Los fusilamientos estaban decididos de antemano. Los levantamientos ocurrieron entre las 22 y las 24 horas del día 9, y la dictadura implantó la Ley Marcial recién a las 0.32 del día 10. Esa madrugada, entre las 2 y las 4, cayeron los detenidos en Lanús; poco después, en los basurales de José León Suárez, la policía bonaerense ejecutó a doce civiles, de los cuales siete lograron huir. Uno de los sobrevivientes fue Juan Carlos Livraga, "el fusilado que vive", cuyo relato permitió la investigación del escritor y periodista Rodolfo Walsh (ver destacado).
Finalmente, al cabo de un juicio sumario por parte del Ejercito, se concluye que los detenidos no debían ser ejecutados, pero Aramburu ratificó su resolución, firmando un decreto con la lista de once militares que debían ser ajusticiados. En tres días, 18 militares y trece civiles fueron fusilados sin ninguna posibilidad de defenderse en un juicio.
Tales hechos aumentaron al máximo los rencores y rivalidades políticas y fueron después antecedentes de futuros episodios sangrientos. En 1970 el general Aramburu fue secuestrado y juzgado sumariamente por el grupo guerrillero peronista Montoneros, que lo condenó a muerte imputándole las ejecuciones de 1956 y la sustracción y ocultamiento del cadáver embalsamado de Eva Perón, dispuesto por su gobierno.
Para muchos historiadores, tal episodio de 1956 fue el inicio de una violencia institucional por parte del Estado que se commpletaría sistemáticamente veinte años mas tarde, con el régimen militar inaugurado en 1976.

Amistad, traición y muerte
La letra fría de la historia dice que Pedro Eugenio Aramburu ordenó fusilar al general Juan José Valle en 1956. Sin embargo, detrás de ambos se esconde otra historia, no tan conocida, y que hermanaba a ambos en una vieja amistad -que abarcó a la familia de ambos-, hasta la trágica noche del 12 de junio en que el general peronista cayó bajo las balas de la "Revolución Libertadora", o como otros la denominan, simplemente, "la fusiladora".
Valle y Aramburu ingresaron juntos al Colegio Militar de la Nación, donde se conocieron, fueron compañeros de banco y egresaron con el grado de subtenientes.
Allí comenzó una prolongada relación que se extendió en reuniones sociales y veraneos con sus respectivas familias en Mar del Plata.
Sin embargo, los duros desencuentros políticos (como en otros casos que registra la historia argentina: Lavalle-Dorrego fue el ejemplo más paradigmático) redujeron a la nada el vínculo personal entre ambos uniformados.
Incluso Susana, la hija sobreviviente del general Valle, según reveló, fue alzada en brazos por quien a la postre resultaría el verdugo de su propio padre.
Se conoce que la esposa de Valle imploró clemencia la misma noche del fusilamiento de su marido, pero recibió como única respuesta: "el Presidente duerme".
Este presidente "dormiría" para siempre en 1970, cuando fue vengativamente asesinado por un comando montonero en la primera y una de las más audaces acciones de la guerrilla peronista.
En su carta póstuma a su antiguo amigo, escrita horas antes de su muerte, Valle escribió: "dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado".
Y en un certero disparo a la conciencia del ex camarada, agregó: "entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija a través de sus lágrimas verán en mi un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan.
Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones".


Walsh y su Operación Masacre
El periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh, que tuvo la valentía de enfrentarse a la dictadura criminal de Videla y compañía, denunciando en su "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", las atrocidades vividas y por vivir a manos del régimen, y que le valdría su asesinato, relató majestuosamente lo sucedido en los levantamientos y fusilamientos de 1956 en su libro "Operación Masacre". Tal obra literaria inauguró el estilo del periodismo de investigación, en una obra de novela histórica, donde los personajes son protagonistas de un acontecimiento real.
A seis meses de ocurrido los hechos de 1956, Walsh estaba jugando ajedrez en un bar de la ciudad de la Plata con unos amigos, cuando escuchó una conversación donde se comenta que uno de los fusilados estaba vivo.
La curiosidad lo invadió en ese instante y comenzó una investigación que lo puso en contacto con aquel sobreviviente y descubrió de la existencia de seis mas.
El periodista se encontró con un gigantesco crimen organizado protagonizado y ocultado por el Estado.
En el transcurso de los meses siguientes, Walsh fue contactando a lo sobrevivientes uno por uno, al tiempo que, recluido en un  isla del Tigre, comenzó a reconstruir los hechos mediante la acumulación clandestina y extraordinaria de todos los documentos y evidencias.
El libro publicado en el año 1957 fue un éxito y el propio autor fue actualizando la publicación con nuevos datos a medida que continuaba con la investigación.
Como lo creyó el propio Walsh, el libro no logró poner presos a los asesinos que impunemente gozaban de libertad, pero desmintió la historia oficial, impidiendo el ocultamiento de la verdad.

Diego Schroeder