A Macron se le dio vuelta el cuadro

Sábado 8 de diciembre de 2018

Por Eduardo Febbro Para Página 12

La República tiembla. 89.000 fuerzas de orden desplegadas (8.000 en París), 12 blindados en circulación, teatros y espectáculos públicos retrasados, museos cerrados, la Torre Eiffel clausurada, partidos de fútbol aplazados y centenas de interpelaciones, los chalecos amarillos pusieron a Francia en un estado de alerta global ante la perspectiva de la manifestación convocada para hoy por ellos y otros sectores opuestos al presidente Emmanuel Macron. Los claros gestos de apaciguamiento asumidos por el Ejecutivo cuando accedió en dos tiempos a la exigencia central de los chalecos amarillos no bastaron para desmovilizar este magma de bronca social que estalló hace unas semanas. El gobierno decidió primero suspender el aumento del gasoil, de la luz y la electricidad por un período de 6 meses y luego lo amplió a todo el año 2019.
Con justa razón ente lo ocurrido en París y otras ciudades en las manifestaciones que tuvieron lugar durante las últimas dos semanas, la Presidencia y el gobierno temen que la violencia llegue a los extremos. El mismo mandatario francés evocó la existencia de “un núcleo duro de varios miles de personas” capaces de venir a la capital francesa “para romper y matar”. Los chalecos amarillos sumaron apoyos no sólo en los sondeos sino también en la calle: estudiantes, agricultores y camioneros piensan sumarse a las manifestaciones. La dramatización del miedo responde a la densidad de la bronca observada en París el pasado fin de semana y a la posición intransigente de algunas cabezas de los chalecos amarillos. Una de sus figuras más visibles, Eric Drouet, convocó a tomar el Palacio del Elíseo (la sede de la presidencia francesa).
De hecho, es la convergencia de varias oposiciones y el protagonismo violento de las extremas derechas, de las extremas izquierdas así como la radicalización de algunos chalecos lo que ha tornado la perspectiva muy complicada. Según una nota interna de los servicios de inteligencia revelada por los medios, existe una “movilización de la extrema derecha que sueña con la revolución, otra de la extrema izquierda que pregona la insurrección” mientras que hay “una franja de los chalecos amarillos que se radicalizan en la violencia y la política”. El temor a actos desmedidos condujo a los sindicatos a intervenir en los llamados al normalidad. Las tres grandes centrales sindicales, la CFDT, CGT y FO, difundieron un comunicado en el que le piden al gobierno que atienda las demandas sociales y “garantice de una buena vez por todas negociaciones reales”.
El diálogo se ha perdido entre cielos oscuros. Francia parece saltar más allá de los cuestionamientos de una medida y de una política para instalarse en una suerte de repudio tajante de su presidente.
A Emmanuel Macron se le dio vuelta el cuadro. La Francia que él sedujo en apenas un año, la que lo admiró y llevó a la presidencia, ahora lo cuestiona con niveles de irritabilidad al rojo vivo. En 2017, Macron se vistió con el traje del hombre providencial que había salvado a Francia del populismo y la extrema derecha. Era joven, educado y nuevo. En 2018 aparece en cambio como un hombre testarudo, aislado entre bancos y lobbies, ignorante de las problemáticas de las clases pobres y de una arrogancia monárquica. Una columna-llamado publicada por Atac, la fundación Copérnico y firmada por decenas de sindicalistas, intelectuales, artistas e investigadores sintetiza la certeza polémica que el jefe del Estado instaló en el corazón del país. El movimiento de los chalecos amarillos “se caracteriza por su auto organización horizontal y plantea la exigencia de una democracia real contra una presidencia autoritaria y despreciativa”. En un chispazo repentino y casi sin aviso, el macronismo perdió lo que había conquistado en el póker político. Las imágenes difundidas en las redes sociales que muestran la dureza de la policía arrestando como delincuentes a jóvenes bachilleres movilizados contra Macron no hacen sino contribuir a asentar la idea de un poder vertical y autoritario. El ex banquero que en 2017 entendió a los electores, en 2018 dejó de entender a su país y, este, se lo hace saber.

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