Recife: Capital brasileña de la muerte
sábado 26 de abril de 2008 | 2:00hs.
Con la mirada perdida en el vacío, Inés María da Silva describe frente a su choza cómo perdió a sus cinco hijos por la violencia que convirtió a Recife en la ciudad más mortífera de Brasil.
Su primer hijo murió hace quince años en una pelea por una muchacha. Otro, por decirle a una patota que no lincharan a un pedófilo frente a su casa. El tercero fue apuñalado cuando discutía con un amigo. El cuarto fue muerto a tiros confundido con un ladrón. El que quedaba, cayó abatido por una bala en pleno carnaval hace un año.
“Sólo quiero que me digan ¿por qué nadie es castigado?”, afirmó la diminuta viuda de 68 años, que ahora cuida de seis nietos y tres hijas desempleadas y recoge basura para alimentar a sus cerdos en la favela de Coque. “Hay gente que sólo mata como diversión”.
“Dos de los hombres que mataron a mis hijos son vecinos míos. Si yo tuviera dónde ir me habría ido hace mucho tiempo”.
Esta ciudad costera, favorita de los turistas europeos, recibe mucha más atención por los ataques de tiburones que mataron a 18 personas desde 1992 que por los homicidios, al menos 2.617 en el área metropolitana el año pasado. Aunque se advierte a los turistas que no lleven objetos de valor a las playas, al igual que en la mayoría de las ciudades brasileñas, poco se dice sobre la tasa de asesinatos, principalmente debido a que la violencia en gran medida se circunscribe a las zonas pobres.
No es Río
Mientras las violentas guerras entre narcos en Río de Janeiro concitan titulares internacionales, esta ciudad de un millón y medio de habitantes tiene una tasa de homicidios de 90,9 por cada 100 mil habitantes, más del doble que Río.
Actualmente, un grupo de periodistas policiales trabaja para mostrar el costo humano: “Durante diez años estuvimos escribiendo la misma historia; todo lo que cambia es el nombre de las víctimas, de los victimarios y de las autoridades que ofrecen la excusa del momento”, explica Joao Valadares. “Sólo va a cambiar cuando la gente se dé cuenta de la situación, cuando advierta que es gente que muere”.
Valadares y tres colegas lanzaron el cibersitio www.pebodycount.com.br con cifras actualizadas de asesinatos en el Estado de Pernambuco. Al 21 de abril, la cifra de este año alcanzaba los 1.403 y seguía subiendo. Los periodistas están trabajando con otro cibersitio que utiliza tecnología Google para señalar el escenario de cada asesinato. El grupo también usó pintura roja para indicar los cadáveres en las escenas de los crímenes durante un mes: 80 solamente en octubre pasado. Y el 30 de abril inaugurará un reloj en la avenida más transitada de Recife, Rua Joaquim Nabuco, que contará el número de víctimas.
Limpieza étnica
“Lo que ocurre aquí es efectivamente una limpieza étnica”, afirmó Eduardo Machado, uno de los fundadores del grupo. “La gran mayoría de las víctimas comparte el mismo perfil, varones negros pobres de 15 a 30 años que viven en las afueras y mueren abatidos por un revólver calibre 38”.
Más del 40% de los asesinatos son cometidos por escuadrones de la muerte, grupos clandestinos de policías fuera de servicio o retirados que se dedican a ejecutar a elementos indeseables, según José Luiz Ratton, sociólogo asesor del Gobierno en temas de violencia.
“Otras motivaciones incluyen el machismo rural: cultura de honor y matanzas por venganza”, dice Ratton. “En Río de Janeiro el problema es el delito organizado. Acá el problema es el desorganizado”.
Ratton recopiló un plan acerca de cómo el gobierno estatal podría empezar a combatir la violencia, pero hasta ahora poco se ha hecho.
Las matanzas sólo atrapan los titulares en las raras ocasiones en que muere gente de clase alta, o de clase media alta. Pero la carnicería de todas las noches alimenta a los tres popularísimos programas policiales televisivos, cuyos anunciadores compiten por narrar detalles con una mezcla de grandilocuencia indignada y regocijo sangriento.
Los reporteros y camarógrafos no van a los lugares de los crímenes antes que la policía por temor a ser atacados. Y los residentes de las favelas no hablan con los de afuera. “Aquí si uno habla demasiado, muere”, explicó un hombre que solamente se identificó por su sobrenombre “Biscoito” (bizcocho).
Esta ley del silencio es una realidad frustrante para la inspectora de policía Cleonice Bezerra, que lidia con once asesinatos por noche: “A veces, si quien muere es un niño o una mujer, una madre, todavía me conmueve. Pero lo triste es que una se acostumbra”.
Un grupo se reunió alrededor y varios chicos en bicicletas giran para evitar el cuerpo tendido en la calle. Pero hasta la viuda de la víctima dice que no vio nada.
Una hora antes, Araujo investigaba la muerte de un hombre muerto a machetazos en una casilla de una favela. Los vecinos dijeron que no conocían a la víctima. Para Araujo el caso no recibirá más que una investigación de fórmula.“Los asesinos probablemente jamás serán hallados”.
Su primer hijo murió hace quince años en una pelea por una muchacha. Otro, por decirle a una patota que no lincharan a un pedófilo frente a su casa. El tercero fue apuñalado cuando discutía con un amigo. El cuarto fue muerto a tiros confundido con un ladrón. El que quedaba, cayó abatido por una bala en pleno carnaval hace un año.
“Sólo quiero que me digan ¿por qué nadie es castigado?”, afirmó la diminuta viuda de 68 años, que ahora cuida de seis nietos y tres hijas desempleadas y recoge basura para alimentar a sus cerdos en la favela de Coque. “Hay gente que sólo mata como diversión”.
“Dos de los hombres que mataron a mis hijos son vecinos míos. Si yo tuviera dónde ir me habría ido hace mucho tiempo”.
Esta ciudad costera, favorita de los turistas europeos, recibe mucha más atención por los ataques de tiburones que mataron a 18 personas desde 1992 que por los homicidios, al menos 2.617 en el área metropolitana el año pasado. Aunque se advierte a los turistas que no lleven objetos de valor a las playas, al igual que en la mayoría de las ciudades brasileñas, poco se dice sobre la tasa de asesinatos, principalmente debido a que la violencia en gran medida se circunscribe a las zonas pobres.
No es Río
Mientras las violentas guerras entre narcos en Río de Janeiro concitan titulares internacionales, esta ciudad de un millón y medio de habitantes tiene una tasa de homicidios de 90,9 por cada 100 mil habitantes, más del doble que Río.
Actualmente, un grupo de periodistas policiales trabaja para mostrar el costo humano: “Durante diez años estuvimos escribiendo la misma historia; todo lo que cambia es el nombre de las víctimas, de los victimarios y de las autoridades que ofrecen la excusa del momento”, explica Joao Valadares. “Sólo va a cambiar cuando la gente se dé cuenta de la situación, cuando advierta que es gente que muere”.
Valadares y tres colegas lanzaron el cibersitio www.pebodycount.com.br con cifras actualizadas de asesinatos en el Estado de Pernambuco. Al 21 de abril, la cifra de este año alcanzaba los 1.403 y seguía subiendo. Los periodistas están trabajando con otro cibersitio que utiliza tecnología Google para señalar el escenario de cada asesinato. El grupo también usó pintura roja para indicar los cadáveres en las escenas de los crímenes durante un mes: 80 solamente en octubre pasado. Y el 30 de abril inaugurará un reloj en la avenida más transitada de Recife, Rua Joaquim Nabuco, que contará el número de víctimas.
Limpieza étnica
“Lo que ocurre aquí es efectivamente una limpieza étnica”, afirmó Eduardo Machado, uno de los fundadores del grupo. “La gran mayoría de las víctimas comparte el mismo perfil, varones negros pobres de 15 a 30 años que viven en las afueras y mueren abatidos por un revólver calibre 38”.
Más del 40% de los asesinatos son cometidos por escuadrones de la muerte, grupos clandestinos de policías fuera de servicio o retirados que se dedican a ejecutar a elementos indeseables, según José Luiz Ratton, sociólogo asesor del Gobierno en temas de violencia.
“Otras motivaciones incluyen el machismo rural: cultura de honor y matanzas por venganza”, dice Ratton. “En Río de Janeiro el problema es el delito organizado. Acá el problema es el desorganizado”.
Ratton recopiló un plan acerca de cómo el gobierno estatal podría empezar a combatir la violencia, pero hasta ahora poco se ha hecho.
Las matanzas sólo atrapan los titulares en las raras ocasiones en que muere gente de clase alta, o de clase media alta. Pero la carnicería de todas las noches alimenta a los tres popularísimos programas policiales televisivos, cuyos anunciadores compiten por narrar detalles con una mezcla de grandilocuencia indignada y regocijo sangriento.
Los reporteros y camarógrafos no van a los lugares de los crímenes antes que la policía por temor a ser atacados. Y los residentes de las favelas no hablan con los de afuera. “Aquí si uno habla demasiado, muere”, explicó un hombre que solamente se identificó por su sobrenombre “Biscoito” (bizcocho).
Esta ley del silencio es una realidad frustrante para la inspectora de policía Cleonice Bezerra, que lidia con once asesinatos por noche: “A veces, si quien muere es un niño o una mujer, una madre, todavía me conmueve. Pero lo triste es que una se acostumbra”.
Un grupo se reunió alrededor y varios chicos en bicicletas giran para evitar el cuerpo tendido en la calle. Pero hasta la viuda de la víctima dice que no vio nada.
Una hora antes, Araujo investigaba la muerte de un hombre muerto a machetazos en una casilla de una favela. Los vecinos dijeron que no conocían a la víctima. Para Araujo el caso no recibirá más que una investigación de fórmula.“Los asesinos probablemente jamás serán hallados”.