Cuando los muertos regresan a la mesa
El día en que los muertos iban a volver, Puebla amaneció con olor a flor. Nadie tuvo que anunciarlo. Desde hacía semanas el naranja venía ganando la ciudad por las orillas, primero en los puestos de los mercados, después en las plazas, más tarde en los zaguanes y las ventanas, hasta que una mañana no quedó esquina, oficina ni escuela que no tuviera su altar. Se sabía que iban a llegar. Se sabía la fecha, se sabía el camino por el que vendrían, se sabía hasta qué iban a querer comer. Lo único que ignoraban los vivos era cuánto iban a emocionarse cuando la espera terminara.

Los comercios lo advierten primero. Las casas de cultura de cada municipio, las dependencias públicas, los centros comerciales y las plazas se llenan de color con semanas de anticipación, y las escuelas organizan concursos de altares donde los chicos aprenden, sin que nadie se los explique del todo, que la muerte también se puede decorar. El estado de Puebla tiene 217 municipios, y en casi todos se repite, de una manera u otra, la misma ceremonia: cada familia levanta en su casa un altar para sus difuntos. Así como en otros lugares se arma el árbol de Navidad, aquí se arma el camino de regreso.

Una visita que se anuncia por turnos
Contra lo que muchos creen, los muertos no llegan todos juntos ni el mismo día. Según el calendario tradicional, la visita empieza el 27 de octubre con las mascotas que fallecieron, esos compañeros de la casa a los que también se les guarda un lugar. El 28 corresponde a quienes tuvieron una muerte trágica o violenta; el 29, a los ahogados. El 30 está dedicado a las almas olvidadas o solitarias, aquellas por las que nadie enciende una vela ni sirve un plato, y que por eso tienen reservado su propio día, para que a nadie le falte quien lo espere. El 31 es de los niños que no llegaron a nacer o que murieron sin ser bautizados.
Después viene lo que todos llaman el momento más tradicional. Empieza en la noche del 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, dedicado a los niños, a los angelitos, y culmina el 2, Día de los Fieles Difuntos, cuando llegan los adultos y las familias se reúnen para recordar a los que ya se fueron. Cualquiera que haya perdido a alguien sabe lo que significa tener, una vez al año, una fecha exacta en la cual esa ausencia se vuelve espera.

Los siete pisos del regreso
En el altar nada está de más. La estructura más tradicional tiene siete niveles, uno por cada paso que las almas deben atravesar para encontrar la paz, y representa la conexión entre la tierra, el inframundo y el mundo espiritual. Cada cosa que se coloca sobre ellos tiene un sentido.
Las flores de cempasúchil, con su color vibrante y su aroma intenso, trazan el sendero y guían a las ánimas hasta el altar. Las veladoras son la luz y la fe que iluminan el camino de vuelta. El agua está ahí para calmar la sed de quienes hicieron un largo recorrido. Las fotografías de los difuntos conviven con los platillos, las bebidas y las frutas que más disfrutaban en vida, mandarinas y plátanos entre ellas, como si el propósito de todo el montaje fuera uno solo: que el que llega se sienta esperado y encuentre sobre la mesa lo que le gustaba. Y en el centro, el pan de muerto, la hojaldra, uno de los símbolos más emblemáticos de la repostería de temporada.
Ese sentido se entiende de golpe cuando se piensa en lo que significa, en el fondo, un altar: un manual de instrucciones para el reencuentro, escrito con flores.

Las casas de puertas abiertas
Hay lugares donde la tradición alcanza proporciones que dejan sin palabras al visitante. En Huaquechula y en Tochimilco, y también en San Andrés Cholula, se levantan las llamadas ofrendas monumentales, las de las casas que sufrieron una pérdida durante ese año. Es una tradición que la Unesco reconoce desde 2008 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, aunque quienes la viven no necesitan ese reconocimiento para saber lo que valen.
Lo que distingue a esas ofrendas no es solo su tamaño. Es la puerta. En esas casas, la puerta permanece abierta para todo el que quiera ver la ofrenda, y esa apertura dice algo muy preciso: es la primera ofrenda del difunto. La familia que apenas ha empezado a aprender a vivir sin alguien recibe, con calidez, a vecinos y extraños que se acercan a admirar el altar y a conversar. Hay una paradoja que ningún forastero entiende a la primera: la casa más golpeada por la pérdida es la que más gente recibe.

Pan, chocolate y una mesa compartida
El protagonista de la temporada es la hojaldra, el pan de muerto tradicional, que simula tener huesitos y que en Puebla se disfruta de una manera muy precisa: sumergida en una taza de chocolate caliente, “chopeándola”, como dicen allá. Sobre las mesas aparecen también el mole, los dulces típicos de la región y las frutas de estación.
Pero hay un detalle de la tradición que quizás sea el más hermoso de todos. Una vez concluidos los días principales, toda esa comida se reparte y se comparte entre los vivos. Se entiende que los difuntos ya vinieron, que ya estuvieron sentados a la mesa y compartieron el alimento, y lo que queda es para los que se quedaron. La mesa, al final, es una sola.

Una mirada desde adentro
Alejandra Santamaría Llerandi nació y creció en Puebla, rodeada de esta cultura, entre altares en cada esquina, en cada escuela y en cada oficina. Para ella la celebración no es un espectáculo que se mira: es parte de la identidad desde la infancia, algo que se aprende antes de saber que se está aprendiendo.
Por eso, cuando se le pregunta qué fue lo que más la sorprendió, no habla de Puebla. Habla de Mitla, en el estado de Oaxaca, donde vio cómo toda la comunidad pasa la noche entera velando en los cementerios, con multitudes de velas encendidas, en lo que describe como una comunión inquebrantable entre la vida y la muerte. Es una forma distinta de vivir la misma fecha: en Puebla la noche transcurre en las casas y las calles; en otras regiones, en los panteones. Lo que cambia es el escenario. Lo que se mantiene es la certeza de que los muertos no se fueron del todo.
A los turistas que quieran vivirlo, Alejandra les deja un consejo que en realidad es una invitación: no tengan pena ni miedo de acercarse. “Si ven una casa con las puertas abiertas y una ofrenda, entren, acérquense y pregunten con confianza”, dice. Que pregunten por el significado de los niveles o por los platillos que le gustaban al difunto. “A los mexicanos nos encanta hablar de nuestra identidad, de nuestras familias y de cómo nuestros muertos vuelven una vez al año a sentarse a la mesa con nosotros”.

Lo que queda cuando se apagan las velas
En México se vive la muerte con una visión muy singular, hecha de cariño y de memoria en lugar de solemnidad triste. Tal vez sea esa la lección más difícil de traducir para quienes la miramos desde lejos: que recordar a un ser querido puede ser un acto alegre, que se puede llorar entre flores, que se puede comer pan frente a una fotografía y sentir que todavía hay alguien al otro lado de la mesa.
Cuando termina el 2 de noviembre, la ciudad no se vacía de golpe. Los pétalos siguen en las calles, la comida se reparte, las velas se consumen despacio. Y en algún rincón de Puebla, en una casa donde esta vez hubo una ofrenda por primera vez, alguien apaga la última veladora con una certeza tranquila, la misma que esperan los vivos todos los años: la de que volverán.

Cómo vivir las tradiciones
Cuándo ir:
Lo ideal es llegar a fines de octubre, para presenciar la llegada de las distintas ánimas. El momento más fuerte es entre la noche del 1 y el 2 de noviembre.
Dónde alojarse:
En hoteles cerca de los zócalos (plazas principales), tanto en la capital de Puebla como en los Pueblos Mágicos de San Andrés Cholula o San Pedro Cholula.
Cómo moverse:
Desde esos puntos es fácil recorrer los altares comunitarios, visitar los mercados llenos de cempasúchil y trasladarse a los municipios de la Sierra o la región de los volcanes, donde se montan las grandes ofrendas.
Qué ver:
Las ofrendas monumentales de Huaquechula, Tochimilco y San Andrés Cholula, y los altares de escuelas, plazas y casas de cultura.
Qué probar:
Hojaldra con chocolate caliente, mole, dulces típicos y frutas de estación.
Cómo respetar la tradición: si una casa tiene la puerta abierta y una ofrenda, se puede entrar. Preguntar es la mejor forma de conectar.
Fuente: Alejandra Santamaría Llerandi, vecina de Puebla.