El guaraní y la city XV: mbejú con formaggio y pitanga

domingo 25 de octubre de 2026 | 6:00hs.

Por Estefanía Baranger Doctora en Lingüística, licenciada en Letras. Docente (UBA)

Hace unos días, científicos peruanos descubrieron una nueva especie vegetal en los Andes y, dadas sus flores albicelestes, optaron por bautizarla Salvia messii, en homenaje al astro de nuestro fútbol. Por supuesto, no es la primera vez que pasa. Con la Eugenia uniflora, ese arbolito de la familia de las mirtáceas nativo de las regiones subtropicales de Argentina, Paraguay y Brasil, ya habían hecho algo parecido. Si Uniflora nos informa algo sobre sus flores —que pueden crecer aisladas en las ramas del árbol—; Eugenia, en cambio, nos dice bastante menos: es un mero homenaje al príncipe Eugenio de Saboya, porque algún botánico del siglo XVIII decidió que se lo merecía. Por nuestros pagos, sin embargo, la conocemos como pitanga, debido al tono rojizo de sus frutos.

Ahora bien, en su Historia naturalis Brasiliae (1648), Georg Marcgrave registra, para nuestra mirtácea local preferida, el término ubapitanga, que vendría de las voces tupí ‘yba y pytanga. El tema es que ‘yba, ya en tupí antiguo, significa algo más que ‘fruta’ —aunque acá hay una coincidencia hermosa, porque un hablante de español inmediatamente lo asocia con las uvas de la vid, que se pronuncian parecido—, y pytanga, análogamente, es bastante más que ‘rojo’. En su Diccionario de tupí antiguo, Eduardo de Almeida Navarro ofrece otros compuestos con la misma base: ‘ybaaîa, ‘fruta ácida’, que abarca naranjas y limones, y ‘ybae’ẽ, ‘fruta dulce’, para un tipo de sandía. Pero también registra ‘ybarema, ‘fruta hedionda’, para el ajo; y si le agregamos un aumentativo, tenemos ‘ybaremusu, ‘cebolla’. En nuestras clasificaciones, estos últimos son decididamente más bien bulbos o verduras que ‘frutas’ —aunque, para los fines identificatorios, podemos coincidir en que cualquier estrategia es bastante más útil que ponerle a una planta Eugenia, como a mi escribana—. Con pytanga, el escenario es bastante parecido: el autor registra una amplia gama de traducciones cromáticas que van desde pardo, rojizo, trigueño, moreno y rosado hasta ceniciento, y concluye que se trataría de un término que denota cualquier color aclarado por el blanco. Es decir, en principio tendríamos un sustantivo y un color —ambos de lo semánticamente más vago que un pobre cristiano puede pedir— y, como si fuera poco, con el tiempo el primer componente se pierde y nos quedamos solo con un tono súper genérico para designar una especie megaparticular —casi tan ridículo como si a los cítricos anaranjados los llamásemos naranjas.

Pero, claro, esta tampoco es la primera ni la única vez que pasa. ¿Alguna vez se preguntaron por qué en lenguas hermanas como las romances tenemos palabras tan distintas para decir lo mismo? O, más fácil, ¿por qué los italianos dicen formaggio y nosotros, queso? En muchos casos, las lenguas hijas tomaron distintas raíces latinas y griegas que ya estaban dando vueltas en el latín vulgar: el portugués conservó cadeira, del griego káthedra; nosotros, silla, del latín sella. A veces, también dentro de una misma lengua usamos raíces latinas para los términos cotidianos, como caballo o corazón, pero todavía encontramos las raíces griegas en cultismos y tecnicismos, como equino o cardiopatía. Con el tiempo, también se nos dio por amigar las raíces griegas con las latinas, y por eso hay quienes tildan de aberraciones hibridismos como el poliamor y la sociología —del griego polys y el latín amor, por un lado, y del latín socius y el griego logos, por el otro—. A mí, en lo personal, ambas me resultan seductoras en teoría, pero en la práctica ninguna me supo salir muy bien.

El formaggio de los italianos, igual, tiene más de la pitanga tupí que de los corazones, los caballos o los poliamores grecolatinos. Resulta que, al parecer, la palabra latina caseus —de la que, claro, no es difícil derivar nuestro queso— designaba el producto de cuajar la leche, mientras que caseus formaticus aludía al que se obtenía al darle forma en un molde. Con el tiempo, algunas lenguas conservaron el sustantivo —no solo nosotros, también los brasileros con su queijo— y otras, el otro término —el fromage de los franceses también va por acá, un poco como si a la leche le empezásemos a decir descremada, a secas. Aunque esa forma todavía la tenemos en nuestras hormas de queso, y la raíz caseus los italianos la conservan en sus fideos cacio e pepe, ‘queso y pimienta’ —porque, si el cambio lingüístico avanzara uniformemente, mi trabajo sería mucho menos divertido—.

Otra palabra que integra nuestro léxico gastronómico local y fue víctima de un proceso similar es mbeju, originalmente ‘cosa apeñuscada, en racimos’. Ruiz de Montoya —quien en el siglo XVII responde todo lo que yo me pregunto más de trescientos años después— ya advierte que esta palabra estaba en proceso de especializarse ella solita para referirse a nuestra ‘torta de mandioca’. Pero también registra locuciones en las que junto a otras palabras designa ‘gente apiñada’, ‘fruta apeñuscada’ y ‘maíz sembrado muy junto’. A diferencia de lo que le pasó a la pitanga tupí y a los quesos italianos, acá no se pierde ningún componente, porque, a veces, las palabras —al igual que la materia— no se crean ni se destruyen: solo se transforman.

Pero el motivo de fondo es bastante menos drexleriano: la economía, baby, no solo hace andar al mundo, también al cambio lingüístico. Pedimos una (cerveza) rubia, un (vino) tinto, un (café) cortado y una porción de (papas) fritas; pero también nos juntamos a comer participios masculinos, como un asado, donde el sustantivo nunca nos hizo falta. Todas formas que expresaban meras cualidades y terminaron convertidas en sustantivos a fuerza de decir solo lo estrictamente necesario en un contexto dado. Ahora, si a la Salvia messii le pasara lo mismo que a la pitanga y perdiera el primer componente de su nombre, en un par de cientos de años nos quedaría una especie vegetal homónima del goleador. Claro que el cambio lingüístico no es tan fácil de manipular, pero una chica puede soñar.

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