La Orquesta Roja
Por Juan Carlos Waldemar Avelli Licenciado en Historia
Se asomaba de la valija, ajado y amarillento. Es una reliquia familiar que sobrevivió mudanzas y al paso de las generaciones. Conserva una breve dedicatoria de mi madre a mi padre, sin fecha, aunque el año de edición lo sitúa a principios de los 80, el mismo año que nací yo (que no estoy tan ajado ni tan amarillento, por cierto). La Orquesta Roja, de Gilles Perrault, publicado originalmente en 1967, reconstruye la historia de una red de espionaje al servicio de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Sus integrantes reunían información militar y política, la transmitían clandestinamente mediante comunicaciones radiales y desarrollaban actividades de resistencia contra el expansionismo alemán. La inteligencia, la propaganda clandestina y el sabotaje formaban parte de aquel universo de guerra secreta.
La expresión Orquesta Roja (Die rote Kapelle) había sido utilizada por los servicios de contrainteligencia alemanes para identificar distintas redes vinculadas con Moscú. Hoy aquella historia adquiere una resonancia inesperada, porque las calles de Francia, Italia y otros países se han convertido en escenarios de un descontento que preocupa a los gobiernos. A las manifestaciones se sumaron episodios de violencia, enfrentamientos con la policía, incendios y saqueos. Y, junto con las preguntas sobre sus causas, reapareció una vieja sospecha: ¿hay alguna mano extranjera procurando alimentar los disturbios?
Las sospechas apuntan principalmente a Rusia. Y no son enteramente fantasiosas. Moscú tiene antecedentes documentados de operaciones de desinformación, campañas de desprestigio y manipulación de conflictos políticos en países adversarios. La Unión Europea ha identificado redes digitales vinculadas con intereses rusos que procuran exacerbar divisiones internas, desacreditar dirigentes y erosionar la confianza en las instituciones.
No sería difícil comprender sus objetivos. Una Europa enfrentada consigo misma, con gobiernos debilitados y sociedades polarizadas, tendría mayores dificultades para mantener una posición común frente a la guerra de Ucrania. Hasta ahora no hay pruebas públicas concluyentes de que Moscú haya organizado los disturbios recientes, aunque sí se han identificado esfuerzos de redes vinculadas con Rusia por aprovecharlos informativamente. La eventual intervención exterior debe investigarse, pero no puede sustituir la explicación de los problemas internos europeos.
Europa continúa siendo una de las regiones más prósperas del planeta, con sistemas sanitarios, educativos y previsionales que durante décadas constituyeron una referencia internacional. Sin embargo, una parte importante de las nuevas generaciones comienza a comprobar que vivir mejor que sus padres ya no es una perspectiva asegurada.
El encarecimiento de la vivienda es posiblemente la expresión más visible del problema. Entre 2010 y 2024, los precios inmobiliarios aumentaron un 53% en la Unión Europea y los alquileres un 25%. En numerosas ciudades, acceder a una vivienda propia se volvió extraordinariamente difícil, mientras los ingresos laborales encuentran crecientes dificultades para acompañar el costo de vida.
En Francia, las protestas estudiantiles por el deterioro de las condiciones educativas se extendieron hacia reivindicaciones salariales y sociales. En Italia, el estancamiento de los ingresos y las dificultades económicas alimentaron las movilizaciones. En España y Portugal, el acceso a la vivienda se convirtió en una demanda central.
El problema es especialmente sensible porque afecta los fundamentos del Estado de bienestar construido después de 1945. Aquel modelo que descansaba sobre economías dinámicas, aumentos de productividad, expansión del empleo y una población relativamente joven; hoy debe sostener prestaciones cada vez más costosas, financiar una población envejecida, afrontar un crecimiento económico modesto y responder a nuevas exigencias de seguridad y defensa.
En este escenario aparece inevitablemente la inmigración, uno de los asuntos más controvertidos del debate europeo. Durante las últimas tres décadas, Alemania, Francia, Italia y España incorporaron millones de inmigrantes, aunque por razones y con trayectorias diferentes. En conjunto, la necesidad de compensar el envejecimiento demográfico y sostener los mercados laborales tuvo un peso decisivo, junto con motivaciones humanitarias y políticas.
Alemania constituye el caso más elocuente. Desde su reunificación en 1990, su población apenas pasó de 80 a 83 millones de habitantes, mientras la proporción de nacidos en el extranjero aumentó del 9% al 20%. La inmigración resultó indispensable para evitar una importante contracción poblacional, sostener la actividad productiva y aliviar las presiones sobre el sistema previsional.
Francia siguió otra trayectoria, marcada por su pasado colonial y la llegada de trabajadores africanos en la posguerra. Durante décadas, los inmigrantes rondaron el 10% de la población y transformaron su composición étnica y cultural, sobre todo en las grandes ciudades y periferias.
Italia y España cambiaron más rápidamente. Entre 1990 y 2024, los nacidos en el extranjero pasaron del 3% al 11% en Italia y del 2% al 18,5% en España. Allí, la construcción, la agricultura y los servicios impulsaron las llegadas, seguidas por nuevas corrientes, especialmente latinoamericanas.
Sin inmigración, estos países habrían enfrentado mayores dificultades demográficas, económicas y previsionales. Y, aunque la población total apenas creció en algunos de ellos, su redistribución hacia las grandes ciudades, junto con el aumento de los hogares pequeños y el envejecimiento, incrementó la presión sobre la vivienda y los servicios públicos. No se trata de un problema de exceso de población, sino de distribución territorial, transformación de los hogares e insuficiente adaptación de la infraestructura.
Después de 1945, Europa consiguió transformar un continente devastado en un espacio de prosperidad, cooperación e integración política. El Estado de bienestar y la construcción comunitaria fueron respuestas institucionales a aquella catástrofe. Ocho décadas después, el desafío consiste en preservar las condiciones materiales y políticas que hicieron posible aquella prosperidad.
La Orquesta Roja pertenecía a una época en la que el destino de Europa también se disputaba mediante operaciones clandestinas, propaganda y espionaje. Hoy los instrumentos son otros: redes digitales, noticias falsas, inteligencia artificial y campañas de influencia. Pero hay una diferencia esencial. Las potencias extranjeras pueden aprovechar las debilidades de la UE; pero difícilmente puedan crearlas. El problema decisivo está dentro de la propia unión.
Acaso el mayor peligro para Europa no sea que vuelva a escucharse una orquesta dirigida desde Moscú, sino que sus sociedades pierdan la confianza en la partitura común que, con enormes dificultades, comenzaron a escribir después de la Segunda Guerra Mundial.