El síndrome del Joker

domingo 18 de octubre de 2026 | 6:00hs.

Los jóvenes de derecha Nikolas Ferreira (30) y Lucas Pavanato (28) se convirtieron en los diputados más votados de la historia de Brasil en las elecciones del 4 de octubre.

Ferreira, de Minas Gerais, y Pavanato de San Pablo, fueron los que más votos arrimaron individualmente a la candidatura de Flavio Bolsonaro, que el próximo domingo disputará la segunda vuelta contra el presidente Lula Da Silva.

Pero ¿qué hacen? ¿cuál es el secreto de estos muchachos? Son influencers. Entre los dos acumulan más de 30 millones de seguidores en redes sociales. Ferreira no hace mucho completó la carrera de abogacía. Pavanato fatiga YouTube desde 2016, fue concejal y ahora diputado.

Los dos se definen como evangélicos y se volvieron expertos en discursos virales, con ataques a políticas de género, raciales y una exaltación extraña de la masculinidad. Ferreira acumula denuncias por expresiones golpistas y por ataques contra la comunidad LGBT.

El discurso es muy similar al de dos jóvenes libertarios argentinos que en su momento lideraron lo que llamaron la “lucha cultural”. Y al del uruguayo antifeminista Pablo Laurta que terminó preso acusado de asesinar a su esposa y a su suegra.

La clave del éxito de los influencers de derecha es que se apropiaron del entorno digital. Las plataformas premian la polarización y las narrativas de confrontación directa, lo que atrapa a futuros votantes en burbujas ideológicas de indignación compartida.

Pero ¿dónde buscan y cosechan votos estos señores? Ahí es donde se pone interesante el tema.

El sociólogo brasileño Jessé Souza investiga estos movimientos sociales desde hace años. El ascenso del bolsonarismo en 2019 profundizó su interés. Y se hizo esta pregunta: ¿por qué sectores empobrecidos apoyan a dirigentes que representan intereses contrarios a los suyos? De ahí el libro ‘Los pobres de derecha. La venganza de los bastardos’.

Para el sociólogo, el apoyo popular a la extrema derecha no se explica solamente por el conservadurismo moral o religioso. Detrás de esas adhesiones hay heridas más profundas: la humillación cotidiana, la pérdida de reconocimiento.

Le puso un nombre: Síndrome del Joker (por el villano de Batman). En su interpretación, la humillación golpea especialmente a quienes viven en condiciones de fragilidad, con bajos salarios y trabajos precarios. El debilitamiento de los sindicatos y de las instituciones agrava el aislamiento: el sufrimiento deja de entenderse como un problema social y empieza a vivirse como un fracaso individual.

Todo esto ocurre mientras se exalta la riqueza y se convierte el lujo en una aspiración permanente. ¿Qué queda para quienes viven una realidad cada vez más difícil de soportar? La desesperanza.

Lo que sigue, una de las claves del análisis de Souza: La dominación social más eficaz no necesita sostenerse únicamente en la fuerza, también consigue que los oprimidos interioricen su propia inferioridad. Muchos llegan a creer que la pobreza es responsabilidad individual, sin advertir los mecanismos sociales que reproducen las desigualdades.

Para Souza, los desfavorecidos tienen menos herramientas para comprender los mecanismos sociales que reproducen su situación. De ahí la importancia de los sindicatos, una prensa libre y una educación pública crítica. Es decir, instituciones que permitan comprender colectivamente lo que, de otro modo, se experimenta como un fracaso individual.

El sociólogo plantea que este fenómeno contemporáneo no es inocente ni casual. Creció en un escenario de concentración de grandes medios de comunicación y de las plataformas en manos de poderes vinculados a las elites financieras cuyos fines y métodos siempre son opacos. La capacidad de reflexión de la sociedad es cada vez más escasa. Sin pluralidad de opiniones el terreno se volvió fértil para la manipulación de los ciudadanos.

Souza observa que, en Estados Unidos, la nueva derecha comenzó a presentar el multiculturalismo y la defensa de las minorías como responsables de la decadencia económica y de la falta de oportunidades. El malestar social se desvía así hacia grupos vulnerables, mientras quedan fuera de discusión las estructuras que producen la desigualdad.

El odio se direcciona hacia los más débiles, los pobres, los inmigrantes o la comunidad LGBT (el discurso predilecto de estos influencers). Una canalización de la ira que garantiza dos cosas: la comprensión del mundo social de una forma sencilla y conveniente y la certeza de su superioridad sobre los demás.

¿Y dónde se desarrolla esto? En las redes sociales, el campo de batalla de la nueva política donde lo único que importa es ganar a cualquier precio. Allí surfean como expertos los influencers devenidos en políticos.

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