Tiene 68 años y también le gusta hacer trabajos de jardinería
De las piernas inmóviles a las 23 cuadras que camina cada día
A las 5 de la mañana, cuando todavía falta bastante para que amanezca, Juan Carlos Vázquez ya está despierto. Tiene 68 años y una rutina que sostiene de lunes a viernes con constancia. Prepara un buen mate, escucha música, desayuna y, cerca de las 7, sale de su casa del barrio Ñú Porá de Garupá rumbo a la Escuela de Adultos 65, que funciona en el Hospital Geriátrico de Miguel Lanús.
Son 23 cuadras de ida y de vuelta que hace caminando, despacio, porque sus piernas todavía no le permiten avanzar rápido, por ello el trajinar le lleva una hora cada vez. Es que no siempre pudo caminar. Durante la pandemia de Covid-19 atravesó un momento difícil, después de que en apenas cinco meses murieran tres personas muy cercanas: su hermano, su cuñada y su compañera de vida. La tristeza derivó en una depresión profunda y, en medio de ese cuadro, sus piernas quedaron inmovilizadas. No se podía sentar y se arrastraba para trasladarse de un lugar a otro y tras días de espera en Hospital Madariaga para que lo internaran, una médica lo reconoció y consiguió que ingresara.
“Hasta ahora tengo problemas, en el tobillo más, pero gracias a Dios camino, me levanto y camino”, contó en diálogo con El Territorio. Pero el hecho de recorrer a pie todos los días el trayecto entre su casa y la escuela no responde solamente a la recuperación de sus piernas. Juan Carlos es jubilado y cobra $360.000, un ingreso que le permite pagar el alquiler de su pequeña casa, donde los servicios ya están incluidos, pero que no alcanza para hacer del colectivo una alternativa posible. Sólo el viaje de ida y vuelta le demandaría alrededor de 4.000 pesos por día, una suma que prefiere guardar para llegar a fin de mes.
“Me sale 4 mil pesos por día andar en colectivo, mucha plata, sino de qué vivo después”, explicó. Aun así, la caminata no parece pesarle tanto como podría suponerse. Tiene una sonrisa grande, una calidez que aparece rápidamente en la conversación y una sensibilidad a flor de piel que hace que las lágrimas lleguen con facilidad cuando recuerda a quienes ya no están.
El refugio de la escuela
De lunes a viernes llega a las 8 y permanece hasta las 10, rodeado de maestras y compañeros con quienes dice haber construido rápidamente un vínculo afectuoso. “Me encanta ir a la escuela, todas las maestras son piolas y yo me hago amigo enseguida”, contó. Además, es el abanderado de la institución y encontró allí muchos aprendizajes.
En la escuela aprendió a coser y actualmente utiliza una máquina para confeccionar, entre otras cosas, las fundas de los almohadones que cada año llevan a los chicos internados en el Hospital de Pediatría. Mientras algunos compañeros se ocupan de rellenarlos, él se sienta frente a la máquina y cose las fundas. También aprendió jardinería, una actividad que disfruta especialmente porque le encantan los jardines, cuidar las plantas y regarlas.

“Así me entretengo y mi novia está conmigo siempre”, contó, antes de hablar de María, su compañera desde hace casi cuatro años. Se conocieron en el geriátrico y desde entonces construyeron una relación que él describe con ternura. “Cuatro años van a hacer en septiembre, nunca peleamos nosotros, nunca discutimos nada, ella es una amor, le cuido mucho. Hasta la supervisora se sorprende. Estamos re enamorados”, compartió.
De la chacra a Posadas
La historia de Juan Carlos comenzó en Oberá, donde nació un 20 de octubre hace 68 años. Su infancia transcurrió entre la escuela y el trabajo en la chacra familiar. Su padre se levantaba temprano para preparar el reviro y poner en marcha la jornada, una costumbre que Juan Carlos conservó hasta hoy. Antes de salir hacia la escuela, trabajaba junto a su familia hasta las 11.30, después se bañaban, comían y él se iba a estudiar por la tarde al Colegio Nacional de Oberá.
Llegó hasta tercer año y abandonó los estudios a los 17, según admitió entre risas, por una historia de amor. Se había enamorado de una joven correntina que decidió regresar a Curuzú Cuatiá y él quiso acompañarla. La experiencia duró apenas unos meses porque esa vida no era para él.
“Estuve allá unos meses nomás porque no me gustan las vacas, las ovejas. Me rajé para acá de vuelta y mi papá me dijo ‘si no vas a estudiar más, vas a laburar’”, recordó.
Primero trabajó en una metalúrgica y, cuando cumplió 18 años, se instaló en Posadas con la intención de comenzar una vida independiente. Entró a trabajar como ayudante con un contratista de la construcción y con el tiempo hizo de la albañilería su oficio. Durante años realizó trabajos por su cuenta y aseguró que disfrutaba de esa tarea y sostuvo que si sus piernas no hubieran atravesado aquella crisis, probablemente todavía estaría trabajando.
Su vida familiar también estuvo atravesada por distintas etapas y pérdidas. A los 37 años se casó y tuvo una hija, que hoy tiene 29 años y vive en Buenos Aires junto a sus dos hijas, las nietas de Juan Carlos, de 9 y 2 años. Después de separarse de su primera esposa, conoció a Victorina, con quien compartió once años de vida hasta que ella murió de cáncer.
Antes había perdido a su hermano y a su cuñada, que trabajaban en el hospital de Oberá. Ella murió de cáncer de colon y, según recuerda Juan Carlos, sus hijos ya eran grandes, habían formado sus propias familias y se habían ido. Su hermano quedó solo en aquella casa y, para Juan Carlos, la tristeza terminó consumiéndolo. “Éramos cinco varones, murieron tres y quedamos dos”, dijo. Al recordarlo, se tapa la cara mientras las lágrimas aparecen nuevamente. “Soy muy sensible, lloro muy fácil”, reconoció.
Es que también lloró cuando un médico del geriátrico le realizó un estudio completo y, después de analizar los resultados, le dijo que estaba más sano que un recién nacido. Contó que sintió miedo mientras esperaba el diagnóstico y que después lloró al escuchar aquellas palabras. En su juventud fumaba y tomaba, pero dejó los cigarrillos cuando advirtió que el humo afectaba la respiración de María. Una noche se acostó pensando en eso y decidió no fumar nunca más.
Así la escuela se convirtió en un lugar donde volvió a aprender, donde encontró amigos y donde descubrió que todavía podía hacer cosas que no había hecho antes. “Yo me siento joven, con mi edad no me siento viejo, no sé por qué. Pero veo que hay gente de mi edad que están hechos bolsa”, confesó
Sus días transcurren entre la escuela, la casa, el amor, la jardinería, la costura, la música y la televisión. Vive con lo justo, cuida cada peso y sabe que los 4.000 pesos diarios que le costaría trasladarse en colectivo pueden significar la diferencia entre llegar o no a fin de mes. Por eso camina.