El establecimiento cuenta con 166 hectáreas en Bonpland

El IEA Nº 1 cultiva, cría animales y elabora alimentos con sus alumnos

La producción abarca hortalizas, mandioca, yerba y cítricos, además de cerdos, aves y bovinos. También elaboran mermeladas, encurtidos, almíbares y escabeches
sábado 08 de agosto de 2026 | 6:04hs.
Los alumnos trabajan en cultivos, manejo de animales y cosecha de frutales.
Los alumnos trabajan en cultivos, manejo de animales y cosecha de frutales.

La formación agropecuaria combina el aprendizaje en las aulas con el trabajo directo en distintos sectores productivos, donde los estudiantes atraviesan las diferentes etapas vinculadas a la actividad rural. En el Instituto de Enseñanza Agropecuaria (IEA) Nº 1 de Bonpland, un establecimiento con 53 años de trayectoria y un predio de 166 hectáreas, la propuesta incluye producción vegetal y animal, industrialización en pequeña escala, talleres y prácticas profesionalizantes.

A lo largo de los seis años de cursado, los jóvenes incorporan conocimientos mediante experiencias que abarcan desde el manejo de cultivos y animales hasta la transformación de materia prima, el uso de herramientas y maquinarias y el desarrollo de proyectos orientados a resolver problemáticas concretas de la producción.

“Contamos con 53 años de experiencia y trayectoria en la educación agropecuaria de jóvenes misioneros. La formación tiene una duración de seis años, con un Ciclo Básico y un Ciclo Superior, bajo la modalidad Técnico Profesional. Trabajamos con turno y contraturno, combinando la formación general y científica con la técnica específica en los sectores didáctico-productivos. La propuesta tiene un enfoque teórico-práctico y busca fortalecer el desarrollo agropecuario sostenible, incorporando tecnología, respeto por el medio ambiente, convivencia, inclusión y atención a la diversidad”, señaló la rectora, Julia Francisca Rodríguez.

En cuanto a las actividades, detalló que desarrollan producciones vegetales de flores y plantas ornamentales, cítricos, hortalizas, mandioca y especies forestales, además de trabajar con cerdos, aves, pollos parrilleros, ponedoras, conejos, bovinos para carne, peces y abejas. A ello se suman los talleres rurales, de mecánica y maquinarias agrícolas, junto con proyectos de producción de bovinos, plantas en vivero, yerba mate, resina y cerdos, que contribuyen al autofinanciamiento.

Estas experiencias buscan que los estudiantes aprendan a gestionar los recursos, manejar cultivos y animales y utilizar herramientas y maquinarias durante las distintas etapas del proceso productivo hasta su comercialización.

“La decisión de incorporar la chayotera, el maracuyá y la luffa (esponja vegetal) a los cultivos surgió de una inquietud conjunta con los estudiantes, a través de la investigación en sus prácticas profesionalizantes. En el caso de la luffa, despertó interés por ser un cultivo muy poco difundido en la zona y por sus diversas aplicaciones, como exfoliadores naturales, manoplas para higiene personal, alfombras, bolsas, jabones y adornos, entre otras”, sostuvo la directora.

En tanto, la chayotera y el maracuyá fueron incorporados por las posibilidades que ofrecen para la elaboración de helados, esencias, mermeladas, licuados, dulces, jugos y perfumes. El chuchú constituye un cultivo regional que complementa la dieta y favorece la diversificación productiva.

Los proyectos son desarrollados por estudiantes de sexto año: Amanda Ayelén Reineck y Adriana Belén Vogel trabajan con luffa, mientras que Luis Alberto Leiva y Adriana Maribel Leiva lo hacen con chayotera y maracuyá.

Las experiencias apuntan además a difundir los conocimientos adquiridos entre quienes quieran incursionar en estas producciones.

A partir de esas producciones, parte del aprendizaje avanza también hacia la elaboración. En segundo y quinto año, dentro de los espacios de Industrialización de Productos Agropecuarios e Industrialización en Pequeña Escala, los alumnos preparan pickles de pepino, chuchú, remolacha, morrón, zanahoria y luffa; mermeladas de durazno, mamón, rosella, mandarina, frutilla y limón; frutas en almíbar de distintas variedades y escabeches de conejo, aves y verduras.

IEA Nº 1
En segundo y quinto año elaboran pickles, almíbares y escabeches.

El trabajo comprende todo el proceso, desde la cosecha y selección hasta la preparación, cocción, envasado y etiquetado, con etapas específicas de pasteurización o esterilización según cada producto.

“En las actividades productivas se trabaja en equipo con distintos espacios curriculares, bajo el formato de ‘ayutorios’, por ejemplo, en una construcción, el cultivo de yerba mate, el control de malezas, el acondicionamiento de instalaciones, el manejo de animales o la cosecha de frutales. En estos procesos, el docente cumple el rol de facilitador y guía, acompañando a los estudiantes. A su vez, las Prácticas Profesionalizantes permiten consolidar, integrar y ampliar las capacidades y saberes vinculados con el perfil profesional, mediante proyectos productivos e interinstitucionales, pasantías y trabajos de investigación. Buscamos promover el trabajo colaborativo, la toma de decisiones, la responsabilidad profesional y capacidades relacionadas con el mundo laboral y la continuidad de estudios superiores”, comentó la coordinadora administrativa, Mirta Inés Gessinger.

Climatización de parideras

Uno de los proyectos que tomó forma a partir de una problemática concreta fue el de climatización de parideras. La iniciativa surgió debido a la considerable mortandad de lechones durante el invierno y buscó brindar una fuente de calor que permitiera reducir las pérdidas en los períodos de bajas temperaturas.

“Los lechones recién nacidos no pueden regular su propia temperatura corporal. Nacen húmedos, con poca grasa corporal y sin pelo protector, y pasan del útero materno, que está a unos 39°, a un ambiente mucho más frío. Durante los primeros días necesitan entre 32° y 35°, por eso la calefacción permite evitar la hipotermia y favorecer su supervivencia y crecimiento”, explicaron los alumnos de sexto año Mauricio Andrés Ferreyra Da Costa y Gonzalo Rafael Galeano.

Además de proporcionar una temperatura adecuada, el sistema genera un espacio cálido que atrae a las crías y las mantiene alejadas de la cerda, disminuyendo el riesgo de aplastamiento. La calefacción focalizada permite, a la vez, responder a las diferentes necesidades térmicas, ya que la madre requiere permanecer en un ambiente de entre 18° y 20°.

“A su vez, el calor favorece el consumo de calostro, porque un lechón con frío se deprime, se mueve menos y no busca el pezón de la madre para alimentarse. El frío también debilita su sistema inmunológico y lo hace más propenso a diarreas y problemas respiratorios que pueden ser mortales”, señalaron los docentes Marcos Daniel Szevaga y Ramón Aníbal Acevedo.

Para lograr esas condiciones, el dispositivo consiste en un recinto de chapa en forma de chimenea, similar a una campana, que toma aire del exterior. Este atraviesa una serie de resistencias donde aumenta su temperatura y luego es impulsado hacia el interior mediante un ventilador, aportando el calor necesario a la paridera.

El proyecto forma parte de las Prácticas Profesionalizantes de sexto año y es llevado adelante por Ferreyra Da Costa y Galeano, con el asesoramiento de Szevaga y Acevedo, este último profesor del módulo Producción de Cerdos y Alternativos de cuarto año.

“Para desarrollar el proyecto fue necesario integrar conocimientos de producción de cerdos y alternativos, porcinocultura, matemática aplicada, tecnología de control, carpintería, lengua, historia, geografía, biología, forrajicultura, mecánica, clima, Informática, costos, hojalatería, electricidad y plomería, entre otras áreas”, detallaron los estudiantes.

Por último, la directora agregó que las producciones obtenidas en los distintos espacios tienen diferentes destinos: una parte se utiliza para el aprendizaje de los estudiantes y el autoconsumo, mientras que los excedentes se comercializan. Los ingresos generados permiten autofinanciar los proyectos productivos de cada espacio curricular.

“Entre los próximos desafíos tenemos el mejoramiento genético de la producción animal y de las instalaciones, la incorporación de tecnologías y sensores, el fortalecimiento de los cultivos hidropónicos, la automatización de los sistemas de riego, la biorremediación y la continuidad de la recuperación de suelos”.

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