Qué puede hacer la cultura por un pueblo chico
Kamiyama, el pueblo que eligió despoblarse bien. Un pueblo de 4.700 habitantes en las montañas de Shikoku acuñó el concepto de “despoblación creativa”. En vez de pelear contra la caída demográfica, decidieron cambiar su composición: tendieron fibra óptica en los 2000 y hoy empresas tecnológicas de Tokio tienen oficinas satélite en casas de campo centenarias, conviviendo con residencias de artistas.
Paducah: los artistas que compraron un barrio. Veinte años antes de las casas italianas a 1 euro, esta ciudad chica de Kentucky vendió las casas históricas de su barrio más degradado a precio simbólico pero solo a artistas que se comprometieran a restaurarlas y vivir ahí. El barrio revivió, la ciudad es hoy Ciudad Creativa UNESCO en artesanías y arte popular.
Asilah, las paredes que se repintan. Desde 1978, cuando los artistas Mohammed Melehi y Mohamed Benaïssa invitaron a colegas a pintar los muros deteriorados de su pueblo natal, esta pequeña ciudad atlántica marroquí celebra cada verano un moussem donde artistas de África, el mundo árabe y Europa pintan murales sobre las casas blancas de la medina. El proyecto transformó un puerto pesquero en la cita cultural del país.
- Hay-on-Wye, el pueblo de los libros. En 1961, el librero Richard Booth empezó a llenar de librerías de usados un pueblo galés que hoy tiene 1.800 habitantes y más de veinte librerías. El festival literario que creció alrededor atrae a más de 100.000 visitantes en once días, y el modelo se replicó en una red internacional de “ciudades de libros” con sus respectivos festivales.
Barichara y las tensiones del desarrollo. El “pueblo más bonito de Colombia” atrae hace años a creativos urbanos que se instalan buscando inspiración en sus calles de piedra. Los llamados neoartesanos, conviven con los talladores y los fabricantes de papel de fique en una tensión que investigadores de la Universidad de los Andes documentaron: entre el oficio heredado y el oficio adoptado, entre el pueblo que produce cultura y el pueblo que la escenifica y se gentrifica. Las tensiones de Barichara.
Taquile: la posiblidad de una isla. En Taquile, los que tejen son los hombres. Aprenden de chicos y el gorro es parte de su identidad: el chullo del soltero es distinto al del casado, que es rojo. Las mujeres tejen las fajas-calendario, donde quedan registradas las cosechas y los casamientos de cada familia. En esta isla del Titicaca de unos 2.200 habitantes quechuas, la ropa es literalmente un archivo, y la UNESCO lo reconoció en 2005 al proclamar su arte textil Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. A fines de los 70, cuando llegaron los primeros mochileros, la comunidad compró sus propias lanchas y organizó todo el circuito: transporte, hospedaje en las casas por turnos rotativos, comidas y venta de tejidos, sin hoteles ni intermediarios. Fueron pioneros mundiales del turismo comunitario.
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