El muerto

Oscar von Hof
domingo 23 de noviembre de 2025 | 3:00hs.

“De pronto, una campesina vieja que se había quedado junto al moribundo, retenida por el miedo de que aquello le sucediera pronto, apareció en la ventana y gritó con voz aguda.

— ¡Ha muerto! ¡Ha muerto!

Todos callaron y las mujeres se pusieron con presteza en pie para ir a verlo”.[1]

La noticia corrió por el valle del río y por los cerros de la selva como un reguero de pólvora. Don Eustaquio, campesino y chacarero de alma, pero también presidente comunal por muchos años y presidente honorario de por vida de la biblioteca del pueblo que el mismo fundara, allá en los años veinte, poniéndole de nombre Mariano Moreno, como se llaman casi todas las bibliotecas del país, siendo ésta una de las primeras fundadas en todo el territorio.

Una a una se fueron enterando las instituciones y las personas del vecindario, del paso de la parca por el pueblo y por la familia de Eustaquio. En aquella mañana muy temprano, ya cumplidas las horas pertinentes y no escucharlo respirar, Ana, su esposa lo vistió con zapatos negros, exageradamente grandes y con un traje del color del luto y de la muerte,  también desmedidamente grande para el enjuto y consumido cuerpo. Estaba acostado sobre la cama matrimonial del lado de la puerta, —por cuestiones prácticas vio— para pasarlo al cajón que prontamente traerían y luego pasarlo al living donde sería correspondientemente velado. Ni el médico y tampoco el cura habían certificado la muerte, pero ya habían sido debidamente avisados por el hijo menor de la familia quien heredaría todos los bienes, y ansiosamente, en silencio lo celebraba. Lo protocolar, lo religioso y lo legal debían ser cumplidos, cosa que Eustaquio no perdonaría si alguna de estas cuestiones, como trámites o alguno de los pasos en relación al estado y a la iglesia fuera obviado, olvidado o evitado.

Cómo es esto, cuando en una casa el espíritu ambicioso de calaveras se instala, todos estaban con cara compungida y triste, es más caminaban con la cabeza gacha para que no se vieran los ojos llorosos fruto de la tristeza y del duelo producido por la muerte. También se hablaba en voz muy baja, mejor dicho se evitaba hablar, temiendo molestar al difunto o tal vez a la misma muerte que se había  apostado como dueña de casa en la residencia familiar.

Desde la mañana temprano, nadie había ido a ver a don Eustaquio, en realidad la única que lo vio, lo vistió y lo declaró muerto fue Ana, su cónyuge y compañera fiel de años. Lo había conocido en uno de los bailes de primavera allá en su juventud cuando ambos eran integrantes y participantes del primer y único club del pueblo y los bailes de carnavales convocaba a toda la población formándose muchas parejas.  La convivencia no había sido fácil. Eustaquio prefería la vida social y estaba continuamente fuera de casa debido a sus compromisos institucionales. En cambio Ana siempre estaba en la casa velando  por una vida familiar ordenada, por una casa limpia y por la educación de los tres hijos del matrimonio.

Cuando llegó la primera ofrenda floral y Ana fue avisada de que en minutos llegaría el mismo intendente del pueblo, fue al dormitorio para arreglarse, acicalarse y ponerse el vestido negro que había encargado semanas atrás especialmente para la ocasión. Lógicamente el pedido lo había realizado sin que se enterara su marido que, según ella, hacía varios meses estaba “en lecho de muerte”.

Todo estaba en vías de un perfecto desarrollo para el velorio y el correspondiente sepelio. Cuando terminó de peinarse escucho un suave susurro, un murmurar y luego la palabra "agua". Guardó silencio y permaneció quieta ante el espejo desde donde veía los pelos blancos de su difunto esposo hundidos en el amplio traje negro.

—Agua. —Volvió a escuchar.

—Eustaquio, vos estás muerto, no podés pedir agua. —Atinó a decir.

Corrió la silla con la ropa recién colgada se acercó al muerto, le tocó el hombro y esperó.

—Quiero un poco de agua. —Susurró el supuesto muerto.

Salió casi corriendo para encontrarse con una sala llena de personas que intentaban acercarse para saludarla abrazarla y desearle los merecidos pésames. No sonrió, como lo hacía en otros tiempos, saludaba en silencio, recibía resignada los saludos, las expresiones de dolor y los deseos de consuelo. Carmen la abrazo fuerte y la entretuvo un tiempo eternamente largo con la historia de la partida de su propio esposo y se ofreció a servir café, mate o lo que sea, llevándosela a la cocina para que le indicara donde estaban los elementos para las infusiones. Doña Paula y otras vecinas se ofrecieron a hacer algunas tortas fritas por si alguno apareciera con hambre.

Al volver a la sala Ana se encontró con el párroco que conversaba animadamente con el médico, quien acababa de entrar a la casa con papeles en la mano para certificar la definitiva partida del ex edil, quien siempre alegaba haber sido el que propuso el progreso y el desarrollo de la pequeña comunidad, que era el pueblo.

El actual intendente al llegar se acercó a los dialogantes, es decir al médico y al cura, haciéndoles preguntas sobre el caso, la muerte y los pormenores. Cada uno ofreció contestaciones supuestas sobre los motivos de muerte, pero afirmándolas como si fueran verdaderas, indiscutibles y seguras, verdades que cada uno luego escribiría en sus registros. El cura en su acta de defunción que ha de quedar rubricado en el libro de los fieles difuntos. El médico en su certificación que enviaría luego al registro civil y el intendente para registrarlo en los anales municipales que luego le servirían para realizar actos recordatorios o tenerlas en cuenta en las estadísticas. No fue Ana quien se acercó a los tres sino el hijo menor quien ya estaba ansioso por llevar todos estos registros a su abogado para que sean presentados ante el juez y se declare lo más pronto posible la herencia a nombre suyo. 

La pregunta que estaba presente desde el principio, pero nadie se animaba a expresar, cayó como una piedra al agua generando grandes círculos de repreguntas. ¿Dónde está el muerto? Pregunta que nadie atinaba a contestar hasta que llegó el personal de la funeraria con el cajón.

Ana, evitando las preguntas, volvió al dormitorio, pero sin el vaso de agua. Al abrir la puerta no pudo creer lo que estaba viendo y escuchando, su marido, el ex intendente y presidente de por vida de la comisión directiva de la biblioteca, su esposo por casi sesenta años y padre de sus hijos, estaba ahí sentado en la cama reclamando su vaso de agua, cuando en realidad debería de estar muerto, bien muerto. Tan solo atinó a decir: 

— ¡O te mueres ahora o me voy de esta casa!

Con unos golpes suaves a la puerta, entro el hijo creyendo a su padre muerto. Sin pensarlo dos veces se le acercó susurrándole al oído.

—Si no me firmas ya la herencia te mato…

Apenas dicho esto entraron por la puerta el médico y el cura juntos. Don Eustaquio al ver a las autoridades reunidas junto a su cama tiene un acceso de tos, se toma el pecho, torna los ojos negros hacia el cielo raso y lentamente se deja caer sobre la almohada.

— ¡Eustaquio! —gritó Ana.

— ¡Papá! —gritó el hijo.

— ¡Por Dios! —gritó el cura.

— ¿Está usted bien? —gritó el médico, que tras la sorpresa lo auscultó. Miró sorprendido a todos y con voz clara y potente anunció. 

— ¡Fue un infarto! Posiblemente despertó de una catalepsia y, ahora sí, está definitivamente muerto.  

Todos quedaron en silencio, el medico firmó el certificado, el cura esparció algunas gotas de agua bendita y  tan solo agrego:

—Seguramente fue un buen esposo y mejor padre. Vuelvo a las dieciocho horas para el responso.

Los muchachos de la funeraria hicieron pasar el ataúd por la puerta de atrás. Se alegraron de que el muerto aún no tuviera la rigidez cadavérica con la cual continuamente debían luchar para acomodarlos en el cajón. Tampoco tuvieron que maquillar mucho al velado, ya que su cara aún sonrosada le daba un aspecto suficientemente presentable. 

Ana y su hijo, al salir, abrazaron al resto de la familia y a los vecinos que fueron acudiendo para participar del velatorio y de los funerales del muerto. 

 

Inédito. Von Hof publicó los libros De letras y tierra roja, Siesta en el río de los pájaros, De letras chicas y anotaciones al margen, entre otros.


 
[1] Guy de Maupassant. “El Viejo”. En Cuentos 11. Biblioteca fundamental del hombre moderno. Centro Editor de América Latina.

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