El regalo más grande

domingo 22 de diciembre de 2024 | 3:00hs.

En un remoto pueblo de Mendoza, cerca de la majestuosa cordillera de los Andes, donde los vientos acariciaban las laderas y el sol brillaba con fuerza, vivía Martín, un niño de doce años con una curiosidad insaciable. La Navidad se acercaba, y el pueblo empezaba a transformarse: las luces titilaban en las casas, el aroma a asado y pan dulce se esparcía en el aire, los vecinos deambulaban con un frenético espíritu festivo y, como una recua de mulas cargadas de regalos y provisiones, desandaban el camino del mercado hacia sus casas. En el interior de Martín, que todo lo observaba, se gestaba un vacío profundo, una desconexión con la festividad que lo rodeaba; todo le resultaba tan predecible que incluso sabía qué regalo recibiría.

No era el primer año en el que imaginaba cruzar la cordillera, a riesgo de soportar las más duras vicisitudes en alguna misión de suma importancia, a cambio de evitar los interminables preparativos para la Nochebuena y las insoportables indagaciones de sus padres en búsqueda de alguna pista de lo que había escrito a Papá Noel.

Aquella tarde de diciembre, mientras exploraba los alrededores en busca de algo que llenara ese vacío, se topó con una anciana de cabello plateado y rostro surcado y sereno. La mujer, que parecía salida de un antiguo cuento, observaba el paisaje con una mirada profunda y contemplativa. Se presentó como Abuela Carmen, y sus ojos reflejaban una sabiduría que intrigaba a Martín, como si conociera secretos que el mundo le había ocultado.

-¿Por qué andas tan pensativo, niño? -preguntó la anciana, con la voz tan suave y fresca como el murmullo del viento y el agua de deshielo que corría cerca.

Martín, sintiéndose a gusto con la abuelita, expresó su desasosiego:

-La Navidad parece ser solo luces y regalos. No entiendo lo que realmente significa.

Cada año se repite la misma rutina, y me pregunto si todo esto tiene algún propósito.

La anciana sonrió, como si conociera la naturaleza inquieta del niño:

-La Navidad es un tiempo para reflexionar sobre lo que realmente valoramos en la vida. Celebrar el nacimiento del Niño Jesús, nuestro Salvador nos invita a contemplar nuestra propia salvación. A veces el ruido de los festejos nos distrae de lo esencial.

Intrigado, Martín sintió una chispa de curiosidad que lo impulsó a seguir adelante.

Abuela Carmen le propuso entonces una pequeña aventura: juntos irían al pueblo para descubrir el verdadero significado de la Navidad.

Al llegar al centro del pueblo, se encontraron con un bullicio inusual. La plaza,

normalmente acogedora, ya no estaba excesivamente adornada con guirnaldas, medias, bastones de caramelo, campanas, ángeles y coronas. Un fuerte viento había hecho estragos la decoración y para colmo de males, había derribado el árbol de Navidad. Los habitantes, en lugar de unirse para solucionarlo, discutían entre sí, cada uno culpando al otro de la calamidad. Martín sintió que la tensión crecía, y la Abuela Carmen, con su calma habitual, le sugirió intervenir.

-Quizás sea el momento de recordar que el espíritu navideño no se encuentra en un árbol, sino en los corazones de quienes lo celebran -dijo, con su mirada fija en la confusión que los rodeaba.

Martín asintió, sintiendo el peso de su propia responsabilidad. Con un brillo en sus ojos, que solo otorga la determinación, se acercó a la multitud y con voz firme y un acento cuyano marcado por la convicción, exclamó:

- ¡Vamos! No podemos dejar que un viento nos arruine la Navidad.

Sorprendidos, algunos comenzaron a murmurar, pero otros se unieron a él, motivados por su entusiasmo. La Abuela Carmen observó con satisfacción cómo todos empezaba a colaborar.

Mientras levantaban el árbol, las tensiones se disiparon poco a poco. Algunos comenzaron a compartir anécdotas sobre viejos inconvenientes que resolvieron juntos: los desmanes provocados por un sismo, algún que otro camino anegado por las nevadas, alguna brusca avalancha, y hasta un ruinoso alud, entre otros recuerdos, y así iba cada quien recordando las Navidades pasadas. Las historias fluyeron entre risas y recuerdos, y Martín experimentó con fascinación esa genuina conexión de su pueblo, más profunda que el túnel cordillerano, más elevada que las altas cumbres.

Con el árbol finalmente erguido, adornado y apuntalado con lo que tenían a mano, la plaza cobró vida. Las luces brillaban con fuerza y las voces se unieron casi como si entonaran villancicos con ritmo de cueca que resonaban en torno al pueblo. Martín sintió una profunda satisfacción al ver las sonrisas en los rostros de sus vecinos, al percibir cómo el amor y la unidad superaban cualquier adversidad.

La Abuela Carmen, al ver el renacer del espíritu navideño, se acercó a Martín y le dijo, con un tono que parecía abarcar todo el peso de la historia:

-Recuerda, niño, como dice en Mateo 5:16: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. La Navidad no se trata solo de recibir, sino de compartir luz y amor.

Cada acción, por pequeña que sea, puede iluminar hasta la más densa oscuridad.

Mientras el pueblo celebraba, el aroma del asado y de los más distinguidos varietales flotaba en el aire. Las parras y viñedos de los alrededores parecían cantar en armonía, recordando a todos que ese néctar que algunos consideraban la sangre de Cristo simbolizaba no solo la celebración, sino también la unión y el sacrificio. Las copas se alzaban en brindis, y cada sorbo era un acto de gratitud por las bendiciones recibidas.

Aquella noche, después de un día agotador y provechoso, Martín se quedó profundamente dormido con una sonrisa en el rostro. En su sueño se vio cruzando los Andes, bajo el azote de los gélidos vientos, pero no estaba solo, guiaba a una multitud de personas con valentía y amor, sintiendo la protección de la Virgen del Carmen a su lado, y en su sueño, su misión era erguir con el espíritu navideño el árbol de la plaza en cada pueblo. En ese momento, comprendió que cada uno de nosotros puede ser un rayo de luz, siguiendo el ejemplo de aquellos que nos precedieron.

Al despertar, el resplandor de la mañana navideña iluminó su habitación. Martín entendió que había encontrado lo que tanto anhelaba. La Navidad, en su esencia, era un regalo que se compartía a través de la bondad y la comunidad. En ese pequeño rincón de Mendoza, bajo la mirada de nuestra advocación mariana más preciada, la Navidad se iluminó con un nuevo significado.

En la unión de esos grandes corazones, Martín halló su lugar en el mundo y comprendió que, al final, el regalo más grande era la capacidad de amar y ser amado, un amor que resonaba en la historia de aquellos que, como nuestro Cristo Redentor y nuestra Virgen del Carmen de Cuyo, siempre han estado presentes en los momentos de lucha y esperanza.

 

Carlos Ariel Kusiak

2º Mención Especial del Jurado del XII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral. Kusiak reside en Jardín América.

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