Me lo contó un policía (Basado en hechos reales)

Un mundo desconocido

sábado 11 de noviembre de 2023 | 6:00hs.

Cierta vez, realizando un procedimiento a raíz de un accidente de tránsito ocurrido sobre ruta nacional 12 en el que había dos fallecidos, una persona que me reconoció me dijo: “Yo no sé cómo ustedes no se conmueven ante éstas tragedias”. Solamente atiné a contestar que era parte de la profesión; en verdad, como dije en otras oportunidades, día a día nos debemos enfrentar a los sucesos más insólitos e inesperados, hechos desgraciados, fortuitos, curiosos y hasta aquellos que resultan graciosos, pero todos, absolutamente todos nos dejan alguna enseñanza, que a la postre la aplicamos en la vida profesional y particular.

Pero hay algunos que nos conmueven, nos causan compasión y hasta, a veces, nos producen bronca ante tanta falta de cuidado, atención, educación y protección, por parte de las autoridades que corresponden, de aquellas personas vulnerables, casi siempre muy humildes, que viven en el olvido y más absoluto abandono.

Cuando trabajaba en El Alcázar (años 1989/90/91), generalmente, cuando el servicio lo permitía, nos juntábamos con todo el personal en una improvisada cancha de fútbol contigua a la comisaría y organizábamos un picado. En eso estábamos en una siesta cuando vi llegar a la dependencia a una mujer de 30 años aproximadamente, con una pequeña criatura en los brazos; era época de verano, por lo tanto dicha señora estaba mojada por la transpiración y rojo su rostro.

Había caminado desde el Paraje Aguas Blancas, distante unos veinte kilómetros por la antigua ruta 211 que nos lleva hacia Dos de Mayo. Apenas miré a la criatura, noté que estaba sin vida, pues colgaban sus bracitos, tenía la piel amarilla y no tenía pulso.

La señora me comentó que vivía en un pequeño grupo de casas precarias ubicadas alrededor de un establecimiento maderero donde trabajaba su concubino; que mientras preparaba el almuerzo escuchó que su hijito (de 2 años) gritaba en el patio, que salió a la puerta y vio que el niño realizaba unos saltos y gritaba, por lo que pensó que estaba jugando, y regresó a sus tareas; que al cabo de un rato salió para llamarlo a almorzar y lo encontró tirado muerto en el patio.

Días antes, alguien realizó una reparación en el tendido eléctrico del lugar e imprudentemente dejó un pequeño rollo de cables colgando, pero que tenían corriente eléctrica. Fueron esos los cables que el pequeño tocó mientras jugaba y con una descarga le produjeron la muerte.

Nadie se solidarizó con esta infeliz mujer, su concubino debió quedar trabajando en el aserradero y así llegó sola a la comisaría. En el momento registramos el hecho, tomando fotografías del niño con una vieja máquina que guardábamos en la guardia, y se dio intervención al Juzgado de Instrucción de Puerto Rico, de donde se ordenó que se instruyeran las actuaciones pertinentes.

Pero lo que realmente me conmovió casi hasta las lágrimas es que a las dos semanas nuevamente llegó a la dependencia esta joven madre, la atendí y me dijo textualmente: “Señor, yo quisiera ver si usted me puede regalar una de las fotos que le tomaron a mi hijito ese día, porque yo no tengo ninguna foto de él”. Por supuesto, pese a lo tétrico de la situación, le entregué dos fotografías.

No culpo a nadie en particular, pero creo que todos, de alguna manera, y el gobierno de turno en particular, debemos ocuparnos para que no existan más estas familias sumidas en el abandono, la pobreza, la ignorancia y la indiferencia, que conforman un mundo desconocido para el común de la gente.

Ese niño no merecía ése final, esa madre no debiera caminar veinte kilómetros con el sufrimiento a cuestas, el imprudente e irresponsable obrero no debió dejar esos cables colgados, pero lamentablemente ocurrió.

Cuando suceden estas cosas, nos damos cuenta de lo afortunados que somos y lo mucho que debemos aprender, sobre todo, solidaridad y humildad, ya que no sabemos dónde ni cuándo una tragedia puede golpear nuestra puerta. Por todo ello, es que  cada día debemos dar gracias a Dios, pues es de buen cristiano no sólo predicar la palabra, sino también practicarla.

Por Luis Eduardo Benítez
Comisario general (RE), Abogado

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